La Guerra del Chaco (V): El pueblo exige represalias
Concluido el feriado por el aniversario cívico de La Paz, el año 1932, la prensa abre sus ediciones con grandes titulares que dan cuenta del “alevoso e intempestivo ataque paraguayo contra el Fortín Mariscal Santa Cruz”, exigiendo en sus editoriales una dura y firme respuesta por parte de Bolivia, como se lee en uno de los matutinos: “Si es que el Paraguay quiere la guerra; si a ese terreno nos quiere llevar, esté seguro que el gobierno con el pueblo y el pueblo con el gobierno, movidos por un santo ideal y un sagrado deber, han de saber rubricar en los campos de batalla los derechos que asistieron a Bolivia en sus campañas diplomáticas” (La Razón, La Paz, julio 19 de 1932:6).
Leídos esos titulares y comentarios, no es de extrañar la explosiva reacción ciudadana pocos días después, exigiendo al Gobierno que proceda a ejecutar represalias contundentes, las que, incluso, lleven a la guerra contra el que consideraban un vecino felón y desdeñoso de la soberanía boliviana. También en el Paraguay los ánimos se habían caldeado y el pueblo de ese país estaba dispuesto a respaldar una acción más decidida de sus gobernantes.
Ese mismo día, se producen grandes manifestaciones, las que se dirigen a la plaza Murillo proclamando la decisión de defender el girón patrio agredido por el invasor y reclamando que el presidente se pronuncie sobre sus demandas. Salamanca, aunque expresa sus dudas sobre lo realmente ocurrido en el Chaco, exhorta al pueblo “a cumplir con el deber que la patria impone” para defender su honra y soberanía, exclamando: “Si una nación no reacciona al sentir lastimada su dignidad, no merece ser nación. Y si el gobierno de esa nación no supiera cumplir su deber, tampoco merecería ser gobierno” (El Diario, La Paz, julio 20 de 1932:1). Por decisión popular prácticamente unánime, los dados de la confrontación bélica estaban echados.
Luego de amagar el abandono de la Conferencia de Washington, los delegados paraguayos anunciaron que volverían a la mesa de negociaciones, pues consideraban que habiendo sido lavado el honor nacional con la retoma de Pitiantuta “no se cometerá ningún acto de hostilidad contra Bolivia”. Sin embargo, la inquietud de los neutrales surgió por razón de la actitud del otro contendiente: “El gobierno de La Paz expresó a los Neutrales, el 24 de julio, que no podía continuar las conversaciones sobre el pacto de no agresión ‘sin mengua de la dignidad de nuestro país’, pues el Paraguay se había retirado de ella para atacar a Bolivia, en guerra no declarada. Los Neutrales rogaron al país del Altiplano que reconsiderara su actitud, en vista de que el Paraguay acababa de prometer el envío de detalles completos para empezar una investigación. Vigorosa pero estérilmente los Neutrales exhortaron a ambos países a abstenerse de realizar actos hostiles” (Zook, La conducción de la guerra del Chaco, 1962:105).
Transmitida al Estado Mayor General la orden de represalia —tomar los fortines paraguayos Toledo, Corrales y Boquerón— Osorio y Quintanilla dudaban sobre cómo proceder, pues temían que las fuerzas con que el país contaba en la zona de conflicto sean muy magras en efectivos y recursos materiales. Buscando hacer cambiar de criterio al presidente, el 25 de julio le solicitan y obtienen audiencia. Desconfiando de su propia capacidad de persuasión, los militares se hacen acompañar con el general Ismael Montes. Salamanca escucha los argumentos de los generales Quintanilla y Montes; entretanto, Osorio parece no haber emitido criterio alguno de peso, a pesar de ser quien mejor debía conocer la capacidad del Ejército boliviano para cumplir el mandato del Poder Ejecutivo. Al final, se impone el criterio del presidente e incluso Montes, cuyas diferencias con Salamanca marcaron la política boliviana de los últimos 30 años, se aviene en buenos términos a proceder lo antes posible con la revancha contra el Paraguay.
A pesar de lo ya acordado, el jefe del Estado Mayor General se muestra reticente a cumplir esa instrucción, alegando que sería bueno esperar el resultado de lo que se discutía en la conferencia de neutrales en Washington, lo que obliga al presidente a llamarle severamente la atención, para luego rememorar: “Esa conducta me exasperó. Él había concurrido decisivamente a precipitar el conflicto, y llegado el momento de reparar la honra de Bolivia, pedía el socorro de la diplomacia” (Alvéstegui, Salamanca, T4:48).
Conocidas en La Paz las noticias de la toma exitosa de los fortines paraguayos, el diario La Razón publica un triunfal editorial con el título de “Ha sonado el clarín de la victoria”.
Con esa acción, Bolivia dio un paso al vacío, sin que el gobierno cuente con los recursos financieros ni materiales para desplazar oportunamente hasta la zona de conflicto a los hombres e impedimenta, que permitan sostener las posiciones ganadas al enemigo e iniciar la esperada ofensiva. Además, los oficiales encargados de etapas demostraron ser incapaces de organizar eficientemente el transporte y el despacho a los fortines de los combatientes y sus equipos de combate. Muy pronto habrían de sentirse esas trágicas falencias.
Columnas de RAÚL RIVERO ADRIÁZOLA



















