¿Qué país queremos ahora?
Después de más de veinte años, Bolivia ha vivido unas elecciones limpias y sin observaciones, un hecho que devuelve la esperanza en la democracia y en la voluntad popular. Tanto el candidato ganador, Rodrigo Paz Pereira, hijo del expresidente Jaime Paz Zamora, como el candidato perdedor, Jorge Fernando Tuto Quiroga Ramírez, demostraron madurez política al reconocer los resultados: uno celebrando su triunfo y el otro aceptando con hidalguía su derrota. Ese gesto de respeto mutuo entre adversarios políticos marca un precedente valioso en la historia reciente del país y debería servir de ejemplo para las futuras generaciones de líderes.
Un pueblo con esperanza y cansancio. El pueblo boliviano, cansado de promesas incumplidas, espera que el nuevo gobierno marque un cambio real y visible. No más discursos vacíos ni excusas: lo que el ciudadano quiere es que se resuelvan los problemas que afectan su vida diaria.
El tema de los combustibles encabeza la lista. Las interminables filas para cargar diésel o gasolina se han vuelto una humillación cotidiana para transportistas, agricultores y trabajadores. Hay quienes deben pasar noches enteras en las estaciones, esperando un combustible que muchas veces no llega. El país necesita un abastecimiento estable y transparente, sin privilegios, sin mercado negro ni corrupción. Ojalá —dicen muchos con esperanza— que el nuevo presidente cumpla con su palabra.
Otra prioridad es la estabilidad del dólar y de la economía en general. El constante aumento del tipo de cambio ha encarecido los productos básicos y reducido el poder adquisitivo de las familias. El costo de vida sube, los salarios se estancan y la canasta familiar se hace cada vez más difícil de llenar.
Bolivia necesita una política económica clara, que fomente la inversión, proteja al productor nacional y garantice la soberanía alimentaria. Un país que no puede alimentar a su gente no puede hablar de progreso.
Justicia, corrupción y dignidad. Durante años hemos visto cómo los poderosos, protegidos por sus influencias, eluden los tribunales mientras el ciudadano común sufre castigos desproporcionados. Es hora de construir una justicia independiente, transparente y valiente, donde todos —ricos o pobres, funcionarios o civiles— sean iguales ante la ley.
La corrupción ha carcomido las instituciones del Estado. Millones se han perdido en contratos inflados, sobornos y obras inconclusas. Se exige que los culpables sean investigados, juzgados y encarcelados, como se hizo en países vecinos como Argentina y Perú, donde se demostró que nadie está por encima de la ley.
Otro tema urgente es la seguridad ciudadana. Los robos, secuestros y crímenes violentos se han vuelto frecuentes, afectando no solo a las familias bolivianas, sino también al turismo.
El visitante extranjero busca tranquilidad y hospitalidad, pero se encuentra con noticias de asaltos y corrupción policial. Bolivia tiene un enorme potencial turístico, con maravillas naturales y culturales únicas, pero si no se garantiza la seguridad, los turistas seguirán eligiendo otros destinos.
Un país se construye desde sus aulas y sus hospitales. La educación sigue siendo uno de los grandes desafíos nacionales. Hay miles de niños y jóvenes que abandonan la escuela por falta de recursos o por necesidad de trabajar. Necesitamos una educación moderna, tecnológica, con docentes bien formados y bien pagados, para preparar a una generación capaz de enfrentar el mundo globalizado.
En cuanto a la salud, urge revisar la presencia de los médicos cubanos, que durante años desplazaron a nuestros profesionales locales. Los médicos bolivianos, capacitados y comprometidos, merecen oportunidades justas y remuneraciones dignas.
El país que queremos no se construye solo con decretos ni discursos, sino con valores, orden, honestidad y trabajo.
En conclusión, nuestra esperanza de ver una nueva Bolivia con progreso y una economía estable.
Columnas de Constantino Klaric




















