Las “organizaciones sociales” y el fin de ciclo
Durante las dos décadas del régimen masista, las denominadas “organizaciones sociales” han tenido, a través de sus dirigentes, una presencia política de primer orden en todos los órganos de poder del Estado.
Con el cambio de Gobierno, este estilo prebendal-corporativo de ejercicio y reproducción del poder llega a su ocaso. En 20 años, la cúpula del partido azul, había afianzado su poder sobre la base de alianzas estratégicas, con los dirigentes de estas organizaciones sindicales, también, llamadas “movimientos sociales”.
El resultado de las últimas elecciones, en la primera y segunda vuelta, reflejan el fin de esta hegemonía. Divididos y enfrentados, propiciaron el retorno de la “derecha”, dejando a los dirigentes del “bloque popular” lejos de todos órganos de poder del Estado. En la Asamblea Legislativa, apenas tienen cinco curules entre sus representantes. Es más, incluso, casi pierden la sigla.
En anteriores elecciones, la derecha preparaba el terreno para las contundentes victorias del masismo. En esta última, las facciones del MAS y el propio Evo Morales, “tendieron la cama” para el retorno de la derecha. Evo Morales es culpable, dicen, de que la Asamblea Legislativa este conformada hoy por “puro corbatudos”, sin representantes de la “tierra profunda”.
Es sin duda, un cambio radical. No solo no tienen representación en el Órgano Legislativo. También están excluidos del Ejecutivo, sin ninguna presencia en el gabinete de ministros. El fin del ciclo masista, prebendal-corporativo, parece irreversible.
El instrumento político que fue concebido para que las organizaciones sociales tomen el poder, se convirtió más bien, en un aparato de robo y asalto para sus dirigentes. A las bases nunca llegó la prosperidad del Estado Plurinacional. Los únicos beneficiarios, de esa relación prebendal con la cleptocrática elite azul fueron los dirigentes, los nuevos ricos azules del “proceso de cambio”.
En ese sentido, tomaron un protagonismo central los dirigentes de: los cocaleros del Chapare con sus seis federaciones (que tuvieron la hegemonía durante los tres gobiernos de Morales), la Confederación Sindical Única de Trabajadores Campesinos de Bolivia (Csutcb), los interculturales con su Confederación Sindical de Colonizadores de Bolivia (CSCB), la Federación Sindical de Mujeres Campesinas Bartolina Sisa, los “Ponchos Rojos”, la Central Obrera Boliviana (COB), la Federación Nacional de Cooperativistas Mineros (Fencomin) y la Confederación Nacional de Juntas Vecinales (Conaljuve), entre otros.
Ahora, claro, la alianza no solo perseguía estabilidad. Los dirigentes de estos movimientos sociales, rápidamente ingresaron a la lógica perversa de reproducción del poder impulsado por Evo Morales. En ese intercambio de votos y estabilidad por espacios en todos los órganos del Estado, tuvieron un nutrido número de representantes en el Legislativo. Se cuotearon cargos y espacios también en el Órgano Judicial. En la Asamblea Legislativa, ellos decidían quienes iban de candidatos a magistrados. También estuvieron presentes, con cuotas y vocales, en el Órgano Electoral Plurinacional.
En el poder Ejecutivo, la cúpula de estos movimientos sociales, se apodero de varios ministerios. Los interculturales, por ejemplo, manejaban el Ministerio de Obras Públicas, instancia que gestionaba casi toda la inversión pública. En los primeros lustros, los dirigentes de la Csutcb, a su vez, se apoderaron del ex Fondo Indígena (Fondioc).
Las bartolinas, por su parte, tuvieron bajo su control, otras carteras, entre estas, el Ministerio de Relaciones Exteriores. Colocaron a sus allegados y dirigentes, como representantes diplomáticos y funcionarios consulares en varias embajadas y consulados.
En suma, la alianza prebendal-corporativa con la elite azul les permitió participar, con mucho peso político, en ese pernicioso y cínico cuoteo del Estado.
Ahora bien, desde el Estado, luego, estos dirigentes, traicionaron al “proceso de cambio” y a sus bases. Estas, solo eran utilizadas como “rebaño” electoral y carne de cañón en conflictos, movilizaciones y bloqueos.
Las bases no tuvieron el vertiginoso ascenso social de sus dirigentes. Hoy, de acuerdo con los últimos reportes, están más pobres que hace 20 años. Los dirigentes, sin embargo, aumentaron exponencialmente sus fortunas. Desde el Estado, con voraz apetito, comenzaran a favorecerse en licitaciones, contratos, proyectos y todo tipo de compras.
Si son sometidos a procesos de investigación de fortunas, difícilmente podrán explicar el tamaño de su patrimonio. Tan perversos fueron que, en determinado momento, afirmaron que aprovecharse de los fondos fiscales era legitimo.
Como subrayé en el inicio, el instrumento político se convirtió en un instrumento de asalto. Hoy, esa forma de ejercer el poder y gestionar la política parece haber llegado a su fin.
En esta nueva era de la política en Bolivia, esos dirigentes ya no tendrían cabida. Y, como dice el propio Rodrigo Paz, “se acabó la mamadera” del Estado. Sin embargo, las bases no pueden ser abandonadas. El nuevo Gobierno, debe hacer todo, para conquistarlas con políticas públicas efectivas que, en verdad, mejoren su calidad de vida, dejando de lado el engaño del pasado.
En el nuevo ciclo, las organizaciones sociales deben transformarse y recuperar su espíritu, demandando planes de integración y desarrollo eficientes, sin participar del Estado.
Poner fin al Estado prebendal-corporativo será una tarea compleja, pero no imposible. Este es otro de los grandes desafíos a la virtud de Rodrigo Paz.
El autor es profesor de la carrera de Ciencia Política de la Universidad Mayor de San Simón
Columnas de ROLANDO TELLERÍA A.




















