“Los sin... huella”, de Gaby Vallejo

Cultura
Publicado el 13/06/2021 a las 0h00

“Los sin... huella” de Gaby Vallejo es una y múltiples historias alrededor de una maldición. El tema de la maldición es siempre atrapadora, conflictiva y fértil para la imaginación. La encontramos especialmente en la narrativa, en el teatro y en  el cine de misterio y terror. Recordemos la maldición contra la bella durmiente o la maldición contra Layo y su familia y toda la serie de tragedias originadas por sus consecuencias. La maldición del anillo recreado por Tolkiem. 

Los mitos y creencias populares se mezclan con los hechos de la vida real de modo que incluso el fútbol y hasta la historia,  por momentos, parecen movidos por importantes maldiciones que han marcado su decurso. Las maldiciones de las tumbas faraónicas, las de las brujas quemadas en hogueras, la maldición del jefe indio

Tecumseh contra los presidentes norteamericanos elegidos cada 20 años, maldición que parece haberse cumplido, al menos hasta Kennedy.  Ésa es su naturaleza: fatalidad, miedo, misterio, inexorabilidad; potentes detonadores para quien crea y para quien escucha o lee una historia.

La historia de una maldición

El relato de Vallejo atrapa desde el principio cuando en el primer capítulo los pobladores de un cerro, barrio periférico de la ciudad de Cochabamba, linchan a un muchacho, supuesto ladrón, y lo queman vivo.  Gaby Vallejo inicia su novela como una puesta en escena del episodio clave donde el lector, de entrada, se ve sumergido en el momento del crimen y lo vive desde el horror del muchacho inmolado por la gente del barrio. El primer capítulo es una suerte de monólogo o poema trágico de frases breves como versos.  

A partir de este momento es Thunupa la voz narradora que lanza a la Hidra sobre las vidas de los implicados en el linchamiento. La maldición se desata a través de ella, monstruo mitológico de la cultura griega, una especie de serpiente de la que nacen múltiples brazos que son también cabezas devoradoras. Un dios andino enviando a una deidad griega para castigar el crimen. En la novela, esta integración de divinidades está presente también en la coexistencia de Thunupa y del Cristo Crucificado, este último interlocutor y juez, pero también refugio y redención. Significativa coexistencia de estos dioses que fueron también sacrificados “por el pueblo” en definitiva por los intereses de los poderosos y la crueldad humana. En el fondo, es la divinidad o las diferentes “máscaras de Dios” de las que habla Campbell. 

El Dios de Vallejo es un Dios trascendente a las culturas, que se horroriza ante los actos abominables del ser humano. Por eso, también la autora inicialmente hace un ofertorio como poniendo en la mesa del sacrificio a todos los sin huella, los sin nombre, los sin techo, los olvidados de la historia y excluidos de la sociedad por la miseria, la violencia y la injusticia, los habitantes de la soledad, el desamparo, los vicios y la marginalidad, el lumpen social cuya existencia no es casual. Ellos son producto de las sociedades inequitativas que los generan. 

La estructura de la novela es también una hidra de múltiples brazos narrativos que constituyen pequeñas novelas por sí mismas, relatos que se cruzan dinámicamente, que se tocan por momentos, que se alimentan en ocasiones unas de otras. 

Así alrededor del “quemado” (nunca se sabe el nombre verdadero del joven ni su historia en detalle como las otras) se construyen las vidas de Juana Apaza, el hijo del forastero, Francisca y su hija; Vania  Nemecio y Bertha; la bruja Margara, el vecino del chicote, el Rococo y la virgen, personajes que participan de modos diferentes y por tanto con destinos distintos  en la tragedia central, personajes, casi seres vivos, construidos natural y orgánicamente a través de los hechos y sugerencias que los pintan enteros de un brochazo. 

La historia de El Viejo, testigo distante en el barrio del linchamiento que vive su propia tragedia, la soledad de los viejos, y es testigo también de la historia de las dictaduras, de los movimientos revolucionarios y de los héroes olvidados, seres sin nombre que nadie ha registrado a pesar de su sacrificio y consecuencia.  Por momentos, la voz narrativa es la del viejo, la voz de la memoria histórica y del gran amor. 

La espiral de la violencia

La novela adquiere significado en tiempos de “justicia comunitaria” y movimientos sociales cuya ley es su propia ley, protagonistas de eventos tan crueles como innumerables en los barrios y comunidades del país. Los linchamientos son presentados en el criterio del investigador Carlos M. Vilas como “reacciones ante la inseguridad y la ineficacia del Estado para prevenir o reprimir el delito” y “como formas brutales de lucha por el poder de aplicar normas de conducta, sancionar determinados hechos y reivindicar una cierta autonomía respecto y en contra del poder estatal.”

Gaby Vallejo va al fondo del problema humano. Para ella es el espacio irracional  del desahogo de las violencias contenidas  cuando los seres humanos  renuncian a su humanidad. Entonces, hasta los dioses maldicen ante las bestias humanas. La culpabilidad o inocencia del personaje sacrificado termina siendo secundario. Luego queda la culpa colectiva que persigue cada una de sus vidas y con ella, la superstición, la evasión, las historias de miedo, la autoexpiación. El barrio mismo se convierte en territorio de espacios vedados, de silencios, de palabras, de horas prohibidas. El relato introduce al lector en el mundo oscuro, misterioso de la creencia popular, de las experiencias lejanas a la razón, a la ley, a toda lógica, ese  mundo que a veces se la califica de ignorancia… 

La Hidra es en el fondo la violencia que ejercida contra otros se multiplica generando más y más violencia en espiral continua e interminable, destruye lo que toca y es la causa de la infelicidad de la persona, de la familia, del barrio y de la sociedad. La novela parece decirnos que todo acto de violencia no es impune e inexorablemente se vuelve en contra del que la ejerce. Y cuando creemos llegar al final de la novela con una suma de catástrofes, en medio de las grandes tragedias humanas, surgen los pequeños milagros. Solo cuando el ser humano se desarma, cuando a pesar de las terribles consecuencias de la violencia se desiste del odio producto de tantas y tantas violaciones, cuando caen los juicios implacables, es posible ver una luz al final del túnel. Juana, la mujer destruida, la madre destruida, da pasos pequeños, tímidos hacia la lejana, ya olvidada Pispirila que amaba la Llamerada. No son hechos extraordinarios y fantásticos los que salvan, son un abrazo, el queque de plátano de la infancia, la salteña compartida con la amiga, el humeante chairo, “el plato de chorizo que nos merecemos”, el poder de la pregunta y la escritura con su don de desanudar esos tremendos nudos en los que la vida nos ha entrampado: son los pequeños milagros. 

Entonces, recuerda quien es ella, en esencia quienes somos todos, solo seres humanos. La Hidra empieza a perder uno a uno sus brazos-fauces devastadores. Cuando el Rococo deja partir a su virgen y ella –“Dios está en esto. Te ha perdonado –Y besó los ojos del hombre– No llores más.”

Los pequeños milagros son también los encuentros entre quienes recuperarán a los héroes y la memoria aparentemente perdida para siempre: las lágrimas de Santiago, el nieto y la periodista tal vez continúen la historia y les den nombre a los héroes sin huella. Tal vez entonces se recupera en alguna medida el lazo social destruido y el tejido social también puede repararse. Solo los hechos cotidianos, pequeños milagros, parecen restaurar la esperanza.

La historia de El Viejo nos conecta con esa parte de la historia del país recurrente en la novelística de Gaby Vallejo: la guerrilla y la dictadura, los jóvenes idealistas y las luchas sociales, el eterno sueño de la revolución, una revolución que nunca se concreta para transformar el país y justificar el sacrificio porque a pesar de los sueños revolucionarios y de los discursos en nombre de los sin huella “nada cambia”, palabras lapidarias de la autora. A pesar de las guerras del agua que generan películas extranjeras siguen habiendo barrios donde se compra el agua como antes, como siempre ha ocurrido. Es parte de otra maldición que no nos permite llegar a esenciales transformaciones. Somos el país de los discursos y las consignas, subimos la cuesta una y otra vez para volver a rodar como en el mito de Sísifo.

Nuevamente en esta novela el placer y la muerte, ese nexo que no abandona a Gaby, está presente en varias mujeres de esta nueva obra. Vivir intensamente sus deseos y luego morir a manos de su asesino. Y otra forma de morir: mujeres que apuestan todo para vivir su deseo en plenitud con hombres que resultan verdadera maldición en sus vidas. Disfrutan con ellas de horas deliciosas, pero las abandonan a la hora del compromiso, mientras siguen naciendo niños para el desamparo. Mujeres castigadas por desear y cumplir sus deseos. “No tuvo una vida feliz, porque los hombres no se acercaban a ella para quererla, sólo para hacer los arreglos de pasiones oscuras”

El lenguaje conmovedor de Gaby Vallejo

Gaby toca las almas con las palabras, punza y despierta sensaciones visuales, olfativas, auditivas, táctiles. Son los secretos de su prosa sinestésica poblada de imágenes cercana al guión cinematográfico. Es propio de ella la intensidad que conmueve hondamente.

“Negro manto de la madre, palidez del miedo,  miedo blanco que empalicede el barrio”

“Ni los perros pasaban por el lugar todavía negro. No había cambiado el color del lugar ni con las lluvias constantes del verano. Cuando alguno veía la cosa oscura, se persignaba. Era mejor no mirar. Un sentimiento extraño les fue ganando. Las cenizas, aunque permanecían iguales, habían crecido y se habían metido dentro de las piedras y la tierra y con las lluvias caminaban. Debajo la tierra estaba el agua de los pies, de los brazos, del corazón del chico y caminaba. Lo había sentido primero la Margara, la curandera, la más vieja del barrio.”

Su prosa de frases breves y ágiles en esta novela se torna casi en texto para el teatro. Preguntas interminables, exclamaciones, puntos suspensivos, frases separadas por barras. Dibuja con el tamaño de las letras el horror y describe los silencios con espacios blancos, sin palabras, son los silencios cargados de dolor, de miedo, de tristeza en el encuentro entre personajes. Juegos tipográficos y espaciales. Su técnica narrativa encuentra en el uso de la primera, segunda y tercera personas y en los juegos con el tiempo, las historias que se cruzan e intercalan, los recursos al servicio de una novela de tan hondos y dolorosos significados.

El final se queda abierto a nuevas historias que solo conoce Thunupa…

Los invito a leer a Gaby, siempre nueva y sorprendente en esta novela de maldiciones terribles y también de esenciales milagros.

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