El tema de nuestro tiempo y la actualidad
El tema de nuestro tiempo (1923) es una colección de ensayos cortos de José Ortega y Gasset. En realidad, la primera parte se trata de un curso dividido en 10 lecciones que aquel dio entre 1921 y 1922 en la Universidad Central de Madrid; la segunda, de un apéndice de cuatro ensayos: “El ocaso de las revoluciones”, “Epílogo sobre el alma desilusionada”, “El sentido histórico de la teoría de Einstein” y “Ni vitalismo ni racionalismo”.
La obra, como es usual en la obra de Ortega y Gasset, presenta ideas profundas, pero no empaquetadas en un sistema filosófico complejo; tiene una idea unitaria (superar el concepto de subjetividad del racionalismo), pero una exposición fragmentaria y algo dispersa, como no es poco usual en el filósofo español. Además, está escrito en un lenguaje claro. En esto (en claridad de lenguaje y fragmentación de ideas) se podría comparar con Voltaire.
Uno de los ensayos del curso versa sobre racionalismo y relativismo, es decir, los dos extremos teóricos o doctrinarios a los que puede ir el ser humano en su afán de interpretar el mundo. El pensador español comienza explicándolos de una manera sencilla. Racionalismo: teoría que postula la existencia de una verdad absoluta e invariable y atribuye a la razón humana la facultad de develarla, anulando la vida; relativismo: doctrina que propone que la verdad no existe, sino solo verdades relativas o parciales sujetas a la condición de cada individuo, y que puede devenir escepticismo y este, a su vez, “teoría suicida”. Al final, Ortega y Gasset, en una mediocridad aristotélica, critica ambos extremos, aduciendo que, por un lado, el racionalismo anula la espontaneidad vital, y, por otro, que el relativismo termina “evaporando la razón”.
En “Cultura y vida”, otra de las lecciones del curso, continua la misma reflexión, solo que ahora en diferente clave. Ahora, “cultura” sería razón o racionalismo, y “vida”, relativismo o espontaneidad vital. Los fenómenos vitales, fruto de una espontaneidad biológica, no deberían ser cercenados o limitados por una razón castradora de la realidad orgánica; y la espontaneidad biológica debería someterse a una ley, la cual es resultado de la razón y la imaginación humanas. En realidad, en esta división de cultura y racionalismo, por una parte, y vida y relativismo, por otra, encontramos un lejano eco de tiempos clásicos, pues fue Platón quien dividió el mundo en dos partes: el de la razón y el de los sentidos. Mientras que en el segundo hay opiniones y creencias, en el primero, el de la razón, sí existe la verdad, la certeza, porque usa la lógica.
Con el descubrimiento de la facultad racional, Sócrates fundó la filosofía como tal, pero el pensamiento filosófico occidental se sistematizó más claramente y bifurcó para siempre con Platón, pues a partir de este comenzó una marcha paralela de dos corrientes: la una racionalista/idealista, la otra relativista/materialista. Podríamos asegurar que cada pensador, cada escuela filosófica, cada corriente intelectual, cada obra literaria/filosófica, incluso si no pertenecen a la tradición filosófica occidental, se enmarcan en una de aquellas dos grandes corrientes del pensamiento. Fue Platón quien identificó que podía haber representaciones (ilusiones, falsedades, creencias), ejemplos concretos de la realidad y, por último, ideales: Justicia, Bondad, Amor, Belleza, etc. Por ese motivo, mientras existan seres humanos en el mundo, la filosofía clásica será inmortal.
Pero volvamos a la obra de Ortega y Gasset.
En su lección “El doble imperativo”, el pensador madrileño continúa su crítica de los extremos, tanto racionalistas como relativistas: “La vida inculta es barbarie; la cultura desvitalizada es bizantinismo”. Esto es, mientras que la vida sin razón y sin educación es desorden y anarquía, por otro lado, la razón sin espontaneidad y empatía es un laberinto de razones sin eco vital, sin pálpito, sin vida, sin humanidad. Ningún extremo debería ser la solución. Hay que evitar estas “situaciones de extrema anomalía”, pues cuando una idea científica o política parece acertada por cuestiones de razón pura (“por razones geométricas”) y no suscita en nosotros una confianza en virtud de nuestra “orgánica exigencia”, hay que dudar de ella y tratar de hallar una salida más moderada o razonable (“lealtad con nosotros mismos” merced a los “imperativos vitales”).
En palabras sencillas, lo que plantea el filósofo es la moderación, la mediocridad de oro que hacía dos mil trescientos años ya había propuesto el filósofo de Estagira, pues en los seres humanos no gobierna solo la razón, sino además una serie de pulsiones sensibles que no se dejan someter por esa razón pura que criticó -más que haber glorificado- Immanuel Kant.
En la lección “Las dos ironías, o Sócrates y don Juan”, Ortega y Gasset indica que la historia de Europa es gloriosa y trágica por la eterna pugna entre cultura (razón) y vida (espontaneidad vital); cabría decir, sin embargo, que en la actualidad aquella punga se ha diseminado por otros continentes debido a la alienación y el avance de la aceleración de la vida moderna. Ortega y Gasset le critica al “tema del tiempo de Sócrates” haber pretendido reducir la vida humana a la razón pura. ¿Podía la vida humana reducirse a las fronteras del puro intelecto? La verdad es que la razón pura no pudo suplantar a la vida. Se trata del problema actual de la razón; a saber, de su insuficiencia por quedar atrapada en ella misma, de su corrupción progresiva por no alcanzar a ser razonable, a ser vital. Un problema, por lo demás, que ya cosechó muchas páginas de filósofos posteriores, como los de la Escuela de Frankfurt.
En una de las últimas lecciones, “La doctrina del punto de vista”, el autor propone la problemática del perspectivismo, es decir, la afición del ser humano a juzgar las cosas desde un determinado punto de vista. Y así, el libro va problematizando los extremos, proponiendo lo razonable. En conclusión, ¿cuál es “el tema de nuestro tiempo”? Según Ortega y Gasset, es la correcta interpretación histórica de la generación presente (la de los años 20 del siglo XX) y su compromiso con aquella. No toda generación se da cuenta de su “misión” histórica, de su papel en la realidad. Es menester que las generaciones sepan darse cuenta de qué es lo que les corresponde históricamente.
Creo que en la actualidad ese consejo es adecuado, pues fenómenos como la IA o la digitalización de la vida merecerán una permanente actividad crítica y una defensa inclaudicable de la libertad.























