Primer día de clases en el Colegio Nacional Sucre de Cochabamba
“Recuerdo el primer día de clases en mi Colegio Nacional Sucre, tenía 12 años, pensaba que iba a ser un día con mucha tolerancia, relajado, conocer a mis nuevos compañeros, los profesores y las aulas”, recuerda Edgar Valdez Carrizo,bachiller de la promoción 1969, médico especializado en salud pública y reconocido a escala nacinal e internacional por sus actividad en la prevención y tratamiento del VIH-Sida .
“A mi llegada, la puerta de madera maciza estaba cerrada y reflejaba los años y las huellas por los que pasaron miles de estudiantes desde el 3 de febrero de 1826, cuando fue fundado el colegio.
Por algunos espacios de la puerta quienes acabábamos de llegar observamos que varios alumnos ya estaban pasando clases. Los regentes: el Sr. Angulo y el Sr. Araníbar nos comunicaron que la entrada a clases es a las 7 en punto de la mañana y que nosotros estábamos retrasados.
Luego, nos hicieron ingresar al patio para ponernos en fila. El director, Óscar Arévalo, caminó lentamente. Cada paso que daba resonaba inspiraba temor. Se acercó a cada uno de nosotros de manera amenazante, con su voz firme y molesto, nos regañó por el retraso. Los dos regentes lo seguían, nos dieron la orden de permanecer firmes, pies juntos, manos pegadas a las piernas, mirando al frente, sin moverse ni responder nada, sólo escuchar.
El director se acercó a mí, bajó el cuello de la camisa y me dio una fuerte palmada que hizo retumbar el patio con un certero golpe que se transformó inmediatamente en un silencio tan intenso que pude escuchar los latidos de mi corazón. Nos reprendió a todos durante al menos media hora.
Hasta que finalmente tocó la campana para el recreo y recién pudimos ingresar a nuestros respectivos cursos. Creo que fue mi primera lección aprendida sobre la importancia de la puntualidad y la disciplina personal.
Por los problemas que tenía en mi familia por la separación de mis padres, nunca fui buen alumno, tenía malas notas y estaba considerado entre los peores del curso. Había varios compañeros con pocos recursos económicos como yo, pero algunos tenían más y solo tenían que estudiar.
Casi todos los años tenía “desquites”, es decir volver a realizar exámenes en las vacaciones para poder pasar de curso. No fui bueno en matemáticas, física, química, castellano, religión, inglés o francés. Pero, tenía buenas notas en geografía, filosofía, dibujo, música, ciencias naturales e historia. Nunca terminaré de agradecer a los profesores que me reprobaron, porque me exigieron más, así aprendí a esforzarme cada momento que tenía tiempo para hacer las tareas, estudiar y trabajar.
No olvido a mi profesor de Geografía Serafín Antequera, que, con sus descripciones de los continentes, países, ciudades, ríos, lagos, montañas, etc. me hizo viajar a través de fotos, postales y mapas por diferentes partes del mundo. A la profesora Teresa de Gordillo que mediante la Historia me hizo sentir la crueldad humana de las guerras, el elogio a la violencia de los “vencedores o héroes”, de políticos nacionalistas que conquistaron pueblos y naciones para enriquecerse.
A través de la Historia aprendí que otro factor de crímenes de la humanidad es el dogmatismo religioso, que a nombre de Dios provocaron guerras “Santas” para obtener una recompensa espiritual, la salvación eterna, también destruyeron civilizaciones como la Azteca, Inca, guaraní, Iroqueses, Sioux. etc., apoderándose de las riquezas y estableciendo la esclavitud como fue la conquista de América Latina y el África por españoles, portugueses, ingleses, franceses, etc.
Recuerdo, que una vez me hice expulsar de la clase de religión, porque mi profesor afirmó que la Biblia refiere que 144.000 personas serán salvadas en el juicio final (Apocalipsis 7:3-8 y 14:3-5). Le pregunté, entonces ¿por qué nos va a castigar si ya tiene en su lista los que se salvarán, a pesar de que yo cumplo todo como la Biblia lo dice?
No me respondió, me tomó de mi oreja y me llevó al patio por ofender la Biblia. Desde entonces empecé a preguntarme ¿cuál es el sentido de la vida?, ¿de dónde venimos? ¿Dónde está Dios? ¿Qué es la religión?, ¿Y el porqué de mi existencia?
Participé en múltiples manifestaciones en contra del Gobierno. No siempre entendía el porqué, pero estaba junto a mis compañeros o profesores y en esos momentos eso era importante para mí: estar unidos.
Cada desfile cívico para mí era un nuevo compromiso con Bolivia, salíamos cantando La Marsellesa, que es el himno nacional francés, con mucha gallardía, firmeza, convicción y compromiso de luchar por el bien de nuestra tierra, de defender nuestras riquezas naturales que se reflejan en nuestra tricolor, y además no olvidar la sangre derramada en las guerras con países vecinos.
El último año, no reprobé ninguna materia y pude graduarme en noviembre de 1969 junto a mis 30 compañeros.
Agradezco al director Oscar Arévalo, a todo el cuerpo docente del Colegio Nacional Sucre y también a mis compañeros, algunos continuamos siendo compañeros en la Facultad de Medicina, porque fueron la base para mi resiliencia. En estos 200 años, de existencia de Nuestro Colegio Nacional Sucre, sólo me queda decirle ¡Mil gracias!”.



















