El mundo de ayer y las cenizas del progreso
Hace años leí un libro autobiográfico que, más que una confesión individual, es el testimonio de una generación “bisagra” que estuvo atrapada entre dos épocas. El autor confiesa no sentirse lo necesariamente importante como para relatar su propia vida; más bien intenta trazar cuadros de escenas, personajes y situaciones de su tiempo, imbuido de una nostalgia debida a una cultura humanística destruida por las dos guerras mundiales. El mundo de ayer: Memorias de un europeo (1942) podría ser también el manifiesto de un amante de la cultura aristocrática de la Europa occidental, una Europa que ya no sería la misma a partir del asesinato del archiduque Francisco Fernando, en 1914.
Todo parecía seguro, predecible, acaso eterno. Estabilidad podría ser la palabra que, al menos para una persona de la clase social de Stefan Zweig, describía aquella vida de prosperidad y alta cultura de la Europa de antes de la Gran Guerra, ese “mundo de ayer” que terminó en ruinas. “Hoy -confiesa el autor-, después de la gran tormenta hace tiempo ya que la ha destrozado, sabemos definitivamente que aquel mundo de la seguridad fue una fantasmagoría. Sin embargo, mis padres vivieron en este castillo de naipes como en una casa de piedra”. No obstante, el sonido de los clarines de la guerra irrumpió y todo se vino abajo. Entonces ya ni el estatus social, ni el dinero de los burgueses, ni las fronteras patrias pudieron detener la tormenta que lo pulverizaría todo.
Aquella Viena de la infancia y la adolescencia de Zweig era una especie de Atenas finisecular. En ella se respiraba teatro, música y literatura. Los cafés estaban atiborrados de cultos tertuliantes; los quioscos, de revistas y periódicos de alta calidad intelectual. El estatus social no se medía solo por el apellido de las familias tradicionales, sino también por el consumo de buen arte y acumulación de cultura. Recuerda el autor con nostalgia: “Y así como Florencia, como Roma, atrajeron durante el Renacimiento a los pintores y los educaron en el sentido de la grandeza, porque cada cual sentía que en competencia constante, en presencia de la totalidad de los ciudadanos, debía superarse a sí mismo y a los demás ininterrumpidamente, así también los músicos y actores conocían en Viena la importancia que tenían para la ciudad”.
En muchos sentidos, 1914 representó para aquella generación algo así como el fin de la infancia y el inicio del conocimiento del mundo, un mundo implacable y hostil. El patriotismo (el patrioterismo) se inflamó en muchos jóvenes que marchaban llenos de un optimismo ciego hacia el frente de batalla, pensando que para las Navidades de ese mismo año ya estarían de vuelta con sus familias. Lo que pasaban por alto es que aquellos ejércitos casi decimonónicos pronto estarían dotados de armas modernas; y así, la tecnología, que siempre se desarrolla durante las guerras, transformó en poco tiempo aquellas románticas y nacionalistas ilusiones en una carnicería industrial sin precedentes.
El libro también relata cómo fue la Europa de entreguerras. Las crisis económicas empobrecían a las clases medias y los partidos políticos de masas irrumpían para no salir más ya de la escena pública. La popularidad del Führer subía como la espuma, mientras que las democracias occidentales no sabían cómo reaccionar. Cuando Hitler finalmente arremetió, los intelectuales y políticos de más peso no supieron cómo resistir aquel fenómeno de masas. Y sobre todo los primeros, los intelectuales, no sabían cómo un país culto como Alemania podía caer en la barbarie del totalitarismo.
¿Cómo siente su espíritu un europeo letrado, de tendencia liberal y amante del arte y las humanidades, cuando es perseguido e incluso despojado de su ciudadanía, convirtiéndose en una suerte de fugitivo político? El escritor vienés se convirtió en un apátrida; debido a esto, tuvo que peregrinar por varios países de su querida Europa que ahora ardía en llamas por la guerra, hasta terminar en Estados Unidos y, hacia el final de su vida, en Sudamérica, en Brasil (uno de sus últimos libros fue un ensayo sobre este país). Judío y pacifista, su temple no estaba hecho para bregar en un continente que se debatía entre el totalitarismo comunista y el totalitarismo nazi o fascista. Poco a poco, su salud mental se fue deteriorando, hasta que, en Petrópolis, decidió ingerir barbitúricos para terminar con su sufrimiento.
Como el gran novelista y poeta Victor Hugo, él también soñaba con una Europa unida, civilizada y sin fronteras, como una confederación de Estados con una cultura esplendorosa y común. Pero los nacionalismos recalcitrantes se negaban a ese cosmopolitismo y ese humanismo que pretenden los espíritus elevados. Luego de la luz de la razón y la civilización, debía sobrevenir casi fatalmente la oscuridad de la intolerancia y la barbarie. Coleccionista de manuscritos, libros y papeles raros, sufrió la itinerancia; debió dolerle la trashumancia, pues con ella perdió parte de sus colecciones de autógrafos y libros y, sobre todo, la paz necesaria para la faena del pensamiento y las bellas letras.
Leer El mundo de ayer no solo nos ilustra sobre la historia de la primera mitad del siglo XX europeo, sino que además nos lleva a reflexionar críticamente la actualidad, marcada por la aceleración, la inmediatez y el estímulo digital. ¿Es eterno o seguro el progreso técnico? ¿No nos está llevando a un vaciamiento espiritual? ¿No tenemos cada vez menos capacidad para detenernos a contemplar? ¿No está siendo la razón amenazada por las nuevas tendencias postmodernistas, que fragmentan la verdad y relativizan los valores universales?
El libro de Zweig no es solo el epitafio de una Europa que ya no es más, sino también una advertencia para nuestra propia época, para nosotros, porque nos recuerda que detrás del progreso técnico puede estar agazapada la oscuridad del totalitarismo, la soledad y el nihilismo. Lectura de una amenidad notable y bellamente escrito, El mundo de ayer es un libro de una vigencia incuestionable.























