Destitución de Rousseff: ¿crimen de responsabilidad?
Se debería cortar las conexiones ocultas de la política con el sistema económico. Es un desafío al que Dilma Rousseff no fue capaz de responder y que sigue desafiando a la clase política brasileña.
La destitución de Dilma Rousseff de sus funciones de presidenta de Brasil por la decisión de la mayoría del Senado constituye una especie de harakiri del sistema político de este país, reconociendo la imposibilidad de juzgar el conjunto de las instituciones corruptas y eligiendo como cabeza de turco a la responsable más visible de esta situación. Al parecer Dilma cayó no por lo que hizo, sino por lo que dejó de hacer.
Después de horas de debate marcado por insultos y lágrimas, los senadores decidieron el miércoles 31 de diciembre la destitución de la presidenta Dilma Rousseff por 61 votos contra 20, o sea, más de los dos tercios necesarios para su salida definitiva. Un voto evidentemente político más que un juicio de responsabilidades, pero aparentemente conforme a los deseos de un 60 por ciento de la población del país.
“El Senado tomó una decisión que entra en la historia de las grandes injusticias. Ha cometido un golpe de Estado parlamentario” --declaró la presidenta de 68 años, reafirmando su ‘honestidad e inocencia’. ‘Regresaremos’ --señaló--. Acusada del ‘crimen de responsabilidad’ la delfina de Lula da Silva (2003-2010) se consideró la víctima de una terrible injusticia. ‘La historia se encargará de absolver a Dilma Rousseff’ concluyó José Eduardo Cardozo, quien fue a lo largo del proceso su abogado y antes, su ministro de Justicia.
El motivo principal de la destitución es una manipulación contable, llamada ‘pedaleo presupuestario’ (que consiste en trasladar gastos e ingresos presupuestarios de un año al otro a fin de buscar equilibrio) que ha permitido a Dilma Rousseff ‘maquillar’ la realidad del déficit presupuestario del país en violación a las reglas fiscales vigentes y así ayudar a su reelección en 2014. Pero en realidad es el conjunto de su política, sus errores tácticos, sus fallas personales, su incapacidad de gobernar con el Congreso hostil, así como las andanzas de su partido (PT, izquierda) que fueron, en el curso de los últimos cinco días del proceso, puestas en acusación.
Chivo expiatorio de los males de Brasil, Dilma Rousseff fue juzgada como principal responsable de la crisis económica, de la recesión y del desempleo, de la parálisis y de la inmoralidad políticas en seguimiento al escándalo ‘Lava Jato’ que ha expuesto a la luz pública los meandros de un sistema de corrupción tentacular implicando los grandes partidos políticos, incluyendo PT, el grupo petrolero Petrobras y otros.
Más que un juicio, la presidenta y los 81 senadores han ofrecido un espectáculo de combate retórico, transmitido en directo por los canales de televisión brasilera (a continuación de los JO del Río). En la defensa se denunció la infamia de la democracia brasilera, mientras los acusadores han respondido recordando las mentiras de Dilma Rousseff, su sordera política, su gestión desastrosa del país y la demagogia irresponsable del PT. De manera paradójica, el tema de la corrupción y ‘Petrolao’ –el escándalo de la corrupción ligado a Petrobras, que dio inicio al enojo popular y las manifestaciones pro-impeachment de los últimos meses– estuvo muy poco presente en los debates. “La oposición no pudo insistir sobre este punto, siendo ella misma mojada en el escándalo” dijo Silvio Costa, fundador de un sitio de monitoreo del Congreso. Sin embargo, la corrupción fue una de las causas implícitas de la censura, pues sería ingenuo pensar que Dilma Rousseff, como presidenta del consejo de administración de Petrobras, ignoraba las irregularidades.
Responsable sí, pero no culpable más que sus jueces, que la han destituido, Dilma Rousseff presentó un recurso de apelación a la Corte Suprema. Temer, el nuevo presidente del Brasil, que ya juró oficialmente al cargo, declaró que su gestión se anuncia difícil. Efectivamente, ahora para ser consecuente se debería reformar el sistema político del país y sobre todo cortar las conexiones ocultas de la política con el sistema económico. Es un desafío al que Dilma Rousseff no fue capaz de responder y que sigue desafiando a la clase política brasileña.
El autor es comunicador social.
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