Se arman ofrendas y mastaku en memoria de los difuntos
La tradición de recordar a los muertos se ha transformado de generación en generación con la incorporación de nuevos elementos; sin embargo, la esencia de presentar una ofrenda por el alma del difunto no ha variado a pesar de que cada vez se imponen más limitaciones para armar este ritual en los cementerios. El sentido de la mesa o mast’aku que se elabora en memoria del difunto representa un rito sagrado y espiritual a través del cual se establece una comunicación entre el mundo de las almas y el terrenal.
El profesor Wilfredo Camacho explicó que la mesa es una “ofrenda de amor y cariño para el alma que se fue”. Por tanto, resaltó que su armado y elaboración requiere conocimiento, dedicación y tiempo.
Explicó que, el mast’aku debe reflejar tres niveles. El primero, Janaq Pacha o mundo de arriba; el segundo, Kay Pacha o mundo terrenal y el tercero Ukhu Pacha o mundo de las profundidades. Cada dimensión cuenta con una distribución espacial y elementos simbólicos cargados de sincretismo.
El primer nivel representa el cielo, donde se hallan el sol y la luna, que permiten la vida en la tierra. Está es acompañada de la t’antawawa que representa la semblanza del difunto, junto a los ángeles y la cruz.
En el segundo considerado la tierra, se sitúa la escalera, para que el alma descienda y asciendan del mundo de los muertos y los vivos. Además, de los platillos favoritos del difunto, urpus, pastillas, cigarro, frutas, coca, juguetes, suspiros, bebidas, masitas y canastas de dulce.
Entretanto, en el tercer nivel o inframundo se encuentran los lagartos y serpientes que acompañan a los difuntos al submundo. Para el profesor Camacho, el ritual del mast’aku inicia con la elaboración de los urpus y t’antawawas por los familiares. “Hay que prepararse dos meses antes (…) La familia está en constante movimiento con entusiasmo y alegría porque saben que el difunto vendrá en forma real y compartirán con él (…). Ése es el mundo del masaco. La masa y los urpus tiene que ser realizados por la familia”, dijo.
Diferencias
El antropólogo José Antonio Rocha informó que existen variaciones locales para esperar al difunto. En el mundo amazónico, los dolientes no preparan mast’akus; sin embargo, el 1 de noviembre asisten al cementerio donde encienden velas para acompañar al alma. “Ellos conversan, disfrutan y hablan sobre las buenas cosas que hizo el difunto junto a una vela, la cual significa que el difunto está ahí con ellos”, aseveró.
Entretanto, el mundo andino arma mast’akus. La mesa quechua introduce elementos modernos como helicópteros o bebidas como el whisky. En contraposición, los aimaras mantienen los tres niveles de la mesa y mantienen las bebidas y comidas tradicionales. “Probablemente entre los quechuas se ha perdido la mesa con tres niveles, que en las mesas aimaras son claros y con los elementos de este mundo”.
Para Camacho el mast’aku en la región aimara introduce elementos como la caña de azúcar, cebollas y pasankallas. Las primeras dos representan un recipiente de agua para saciar la sed del difunto cuando marcha al más allá. En el mundo quechua los dolientes colocan un vaso de agua.
Inmortalidad
Camacho explicó que el armado de la mesa desde la cosmovisión andina parte de la idea de que el alma es inmortal. Ello debido a que la vida es cíclica y existe el “eterno retorno”. De ahí que el mast’aku es un nexo de comunicación entre la vida y la muerte.
Añadió que las almas también se convierten en achachilas o protectores. Estos adoptan formas naturales.
Origen
Por su parte, el antropólogo y docente de la Universidad Mayor de San Simón (UMSS), Amilcar Zambrana, expresó que el ritual para conmemorar la muerte en el mundo andino, comenzó antes de la Colonia con los pueblos Huancaranis y Urus que habitaban el altiplano.
En los “rituales de la muerte” estos desenterraban a sus difuntos y los lavaban. Posteriormente, tendían una mesa con la comida y bebida de su preferencia para honrarlos. La misma fue sustentada por la concepción andina de la muerte, entendida como “volver al nacimiento”, dentro del Pachacuti que maneja la idea de que el tiempo y espacio regresan.
El ritual está “íntimamente” vinculado al calendario agrícola, debido a que entre octubre y noviembre comienza el periodo de lluvias y con ésta la regeneración de la vida y la fertilidad. Este momento es clave para pedir a los ajayus lluvia.
Resistencia de los ritos
Zambrana añadió que al llegar la Colonia, la Iglesia Católica intentó extirpar las idolatrías. y para ello “hacían aparecer” imágenes de vírgenes y señores donde se realizaban los rituales de la muerte. También prohibieron sacar a los muertos de sus tumbas con amenazas de castigos.
A pesar de ello, en 1600 la población continuaba el rito del desentierro. “En Sabaya, territorio de la frontera con Chile en la actualidad, sacaban a los muertos de sus tumbas, los limpiaban, preparaban la comida, los llevaban en andas hasta la iglesia para que vayan a escuchar la misa”, relató.
Enfatizó que a pesar de la posterior oposición católica a las prácticas “paganas” los rituales continuaron desarrollándose. Sin embargo, en los valles estos eran realizados con una particularidad; cantos o coplas, vinculados a la fertilidad, eran difundidas para amenizar la fiesta.

























