La educación y el desarrollo sostenible
Hace poco, al comenzar mayo, murió en Argentina, su país, Juan Carlos Tedesco. Pensador profundo y clarividente de la educación, a quien los educadores latinoamericanos debemos más de una línea en nuestros conceptos y más de un intento en nuestras prácticas. Desde la cátedra universitaria, las funciones técnicas en la Unesco y las responsabilidades políticas como Ministro de Educación, elaboró y difundió su pensamiento sobre las estrechas interacciones entre sociedad y educación.
Muchos reconocemos sus ideas en las nuestras, junto al compromiso con la educación por una sociedad más justa. Aprendimos, por ejemplo, que no es posible hablar de calidad de la educación si la escuela no garantiza igualdad en los resultados educativos. Y que esto depende de cuán iguales o equitativas fueren las condiciones sociales de las familias de los estudiantes. Lo cual es resultado de otras políticas sociales y, en definitiva, de cuánta equidad en sus ciudadanos pueden producir la estructura económica y las decisiones políticas de un país.
Tedesco puso en la agenda de discusión latinoamericana el polémico concepto de “educabilidad” con preguntas tales como: ¿Es posible educar de la misma manera sin importar el contexto social del que provienen los estudiantes? ¿Cuál es el mínimo de equidad necesario para que las acciones educativas sean exitosas? Dicho de otra manera ¿un niño que ha sufrido hambre en su primera infancia, tiene suficiente desarrollo neuronal para aprender a leer como lo exige hoy la sociedad? Las respuestas apuntan a que el éxito en la educación lo consigue la escuela con menor dificultad, cuando sus estudiantes disfrutan de las condiciones de vida digna que la sociedad debe garantizar a todos sus ciudadanos.
Éste ya no es, hoy en día, un tema sólo para la discusión académica. Está instalado, internacionalmente, en el ámbito de la política. El mundo se ha comprometido a lograr el desarrollo sostenible, mediante el logro de diecisiete objetivos, de los cuales el cuarto es una educación de calidad, equitativa e inclusiva. Así nos lo han hecho saber las autoridades educativas, como parte de los más de 130 Ministros de Educación que firmaron en el año 2015 la Declaración de Incheon, al concluir un Foro Internacional en esa ciudad de Corea del Sur.
Educar para el Desarrollo Sostenible posibilita a cada ser humano adquirir los conocimientos, las competencias, las actitudes y los valores necesarios para satisfacer sus necesidades de hoy, sin comprometer las posibilidades de las generaciones del futuro para atender las suyas propias. Implica formar ciudadanos —varones y mujeres— en principios de solidaridad y justicia social, como lo planteó Tedesco. La democracia no será sustentable —tampoco el desarrollo— sin una ciudadanía que se adhiera y se guíe permanentemente por el horizonte de la ética. Tarea enorme que está a cargo no solamente de la escuela, sino de todos los otros instrumentos que generan cultura, promueven valores y actitudes y modelan comportamientos. La escuela —desde el jardín de infantes hasta la universidad— es más que las cuatro paredes de las aulas. Es este periódico que usted está leyendo, la radio que escucha, las noticias, novelas y documentales que difunde la televisión, la publicidad que invade los espacios públicos, el casi ilimitado acceso a la información y al conocimiento que se brinda por Internet… La escuela es, también, la conducta de los padres, de los maestros, de los políticos, de las autoridades… Tarea descomunal de todos estos actores y espacios es buscar y lograr la convergencia en objetivos, intenciones y realizaciones éticas. Además de tremendamente difícil en un mundo en el que se deprecian cada vez más valores como la vida y la integridad personal, para dar lugar al culto de la muerte violenta y la corrupción. ¿Podrá la sociedad lograr semejante tarea?
Las políticas educativas de varios países de la región se revisan y actualizan, hoy en día, para incorporar en ellas los principios, las metas y las estrategias de una Educación para el Desarrollo Sostenible. Esta nueva visión requiere autoridades empoderadas y decididas a cambiar lo que tenga que cambiarse para alcanzar el grado de desarrollo que asegure aprendizajes y formación de calidad en todos los niveles de la escuela. Lo cual, a su vez, generará los ciudadanos capaces de impulsar y alcanzar el desarrollo humano al que tenemos derecho. La educación es resultado y, a la vez, factor de la sociedad.
Estas reflexiones se han inspirado en el deseo de honrar la memoria de Juan Carlos Tedesco, con cuyo pensamiento muchos educadores bolivianos estamos familiarizados. La mejor manera de hacerlo es fortalecer nuestro compromiso con la formación del nuevo ciudadano que requiere la sociedad equitativa, incluyente y que se propone usar los recursos de la naturaleza para una vida digna con sostenibilidad, y protección del medio ambiente que es la sociedad que queremos.
El autor es experto en educación, reside en Costa Rica
Columnas de JORGE RIVERA PIZARRO





















