Ruperto Salvatierra: La magia que nutre el amor por el arte
Con la mirada perdida en el horizonte, disfrutando del olor a campo y libertad, solo; pero con la compañía de sus sueños, Ruperto Salvatierra Lazarte empieza su obra.
Una línea lleva a la otra y su pincel se mueve como tomando vida propia. La imagen ya está terminada en la imaginación y creatividad del pintor, ahora sólo falta plasmarla en un lienzo y darle vida a la quimera que revoloteaba en la mente del artista.
Sus trazos son delicados y llenos, pero cargados de pasión, porque Ruperto es un artista del amor. Pinta la belleza escondida en la mirada perdida de una bella cholita qhochala o en un girasol que creció en un lugar recóndito donde la naturaleza nos da una lección de poder, porque nadie puede enfrentar al capricho de la naturaleza que nos rodea.
Ruperto siempre encuentra el punto exacto de la perfección porque, para él, cada cuadro encierra una bella historia para ser contada a través del color, la expresión de los ojos y la sonrisa casi siempre presente en sus obras.
“Pinto por amor al arte y agradezco a quienes escuchan mi voz llena de esperanza y de fecuando se quedan mirando uno de mis cuadros. Sepan, amigos, que les hablo mucho a través de mi pintura”, nos comenta Ruperto en la intimidad de su estudio.
Una casita de adobe en la que se respira arte, belleza y amor. Ahí, en su rinconcito, Ruperto Salvatierra Lazarte nos abre su corazón, y eso es literal, porque en esta casa se encuentran más de 50 años de vida dedicada a la acuarela en los cientos de cuadros que tristemente están apilados en los rincones de este bello lugar. Ruperto no deja de pintar porque no deja de soñar. “A veces —cuenta— me levanto sobresaltado porque tuve un sueño y en mi mente está el rostro que no quiero dejar ir, y la mejor forma de que perduren es a través de mi pincel”.
Una historia que comparte, con risas de por medio, es que sembró papa en su jardín y, el día de la cosecha, las vio tan bellas y sublimes, que preparó su lienzo y simplemente la eternizó. Las papas imillas qhochalas fueron modelos al vivo, como él las llama.
Ruperto rememora su niñez, humilde, allá porChávez Rancho, una localidad cochabambina rodeada de árboles, flores y arbustos. Ahí nacieron él y su habilidad.
De niño, jugaba con barro y construía sus primeros juguetes, camiones, tractores, autitos. Su mamita fue su musa inspiradora. “Mi santa madre no era sólo santa madre, sino mi crítica de arte. Desde que empecé mis primeros dibujos, todo lo que pintaba o dibujada, siempre me alentaba con su frase más hermosa: ‘Ah, qué lindo, hijito… qué bello’. Cada cosita que hacía, se alegraba”. Ese aliento fue muy grande, recibía una fuerza tremenda para seguir adelante, cuenta Ruperto con los ojos cristalinos mientras recuerda al ser que le dio vida plena, que le enseñó a amar las cosas más simples. “Nunca está lejos de mí, cobra vida a cada instante”, afirma el artista. Su madre, Leonor, típica chola qhochala, de carácter, lo incentivó hasta el final de sus días. Ruperto lleva en la sangre el arte y el amor por el pincel, porque su abuelo materno, Manuel Lazarte, a quien no conoció, dejó unos hermosos murales en las humildes paredes de adobe en su casita de campo, pintados con alquitrán.
Tomando un delicioso refresco de membrillo de la fruta de su árbol, Ruperto no deja de hablar de su larga historia como pintor, llena de anécdotas, unas buenas, otras malas, pero todas conllevan una experiencia de vida que cobra sentido cuando se plasman en su lienzo y su pincel empieza a bailar de un lado para el otro hasta darle forma a su inspiración.
Pintó su primer cuadro siendo aún muy niño, pero con el tiempo fue perfeccionando su técnica, y no podía ser de otra manera. Su primera y gran inspiración, su musa, fue su madre Leonor, a quien tuvo que rogarle para que pose y pueda ser eternizada en una majestuosa y bellísima obra de arte al óleo. “Posaba maravillosamente bien”, recuerda nuestro artista, con nostalgia y algo de tristeza.
Qué suerte la de Ruperto, porque quién no quisiera tener la habilidad de pintar con sus propias manos el rostro de mamá.
Quienes no nacimos con ese don, nos conformamos adentrándonos en la profundidad de los rostros y la obra de arte de este insigne pintor cochabambino.
Los cuadros son bellos, pero son mejores cuando quien los aprecia se encuentra en cada color, en cada expresión y se desata un torbellino de emociones. Es increíble, pero una misma imagen puede causar distintos efectos en el espectador, y es que todos sentimos diferentes sensaciones al ver un girasol… unos pensarán en su amor lejano y otros mirarán el color dorado de esa flor llena de vida. Ésa es la magia que Ruperto quiere estampar en cada una de sus creaciones, él quiere desatar vibraciones en el corazón, quiere que la gente alimente su alma al reencontrarse consigo misma y su equilibro y armonía a través de un cuadro.
Un artista hecho y derecho. A sus 68 años, vive inmensamente feliz, con problemas como todos; pero “soy grande”, dice con los brazos abiertos y con su mirada en el cielo, y los grandes no dejan de luchar cada día, cada minuto por alcanzar sus sueños. Ruperto no deja de pintar porque el día en que no pueda mover sus manos y agarrar un pincel será el día en el que habrá alcanzado la cúspide de sus carrera y estará junto a su santa madrecita, apoyado en su pecho y escuchando su voz cálida, diciéndole: “Ah, qué lindo, hijito… ese tu cuadrito es el mejor de todos”.
El próximo lunes es un evento imperdible porque las obras inéditas cobraran vida esperando las miles de miradas, los suspiros y, sobre todo, el aliento que el artista de corazón necesita para seguir creando hasta el infinito de sus sueños.
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INICIOS
Empezó a pintar y a moldear arcilla desde los seis años, en greda, mientras pasteaba ovejas
ESTILO
Experto al óleo, sus obras son por lo general paisajes costumbristas y retratos
EXPOSICIÓN
Mañana abre una nueva exposición en el salón Gíldaro Antezana




























