Páginas de ayer y otros poemas, el talento de Tula Mendoza, una poetisa discreta y brillante
Páginas de ayer y otros poemas titula el libro póstumo de Tula Mendoza Loza, madre de Matilde y de Gabriela Casazola Mendoza, y abuela de Gabriel Chávez Casazola.
El volumen, presentado el último jueves de abril de este año en el Museo Colonial Charcas, de Sucre, recupera su obra para los lectores actuales, incluyendo el libro inédito Páginas de Ayer, conformado por poemas escritos entre 1927 y 1930, así como poemas posteriores: los dos premiados, citados anteriormente, además de otros que se hallaban dispersos y fueron recopilados por su hija Matilde, poeta y compositora. Su otra hija, Gabriela, dibujante y cultora secreta de la poesía, el dibujo que acompaña este texto es de su autoría.
Tula Mendoza fue premiada en dos ocasiones: en 1932 en La Paz, con su poema “La balada de la rueca”, y en 1935 con su “Canto al Soldado Desconocido”, ganador de la medalla Estrella de Los Andes en el concurso nacional convocado por el Ateneo Femenino durante la Guerra del Chaco.
El segundo premio correspondió a la después célebre poeta Yolanda Bedregal, y el tercero a Martha Mendoza, hermana mayor de Tula.
Gabriel Chávez Casazolal —único nieto de Tula Mendoza y uno de los poetas contemporáneos bolivianos más conocidos a escala mundial y cuyas obras han sido traducidas a varios idiomas— escribió el prólogo que reproducimos a continuación.
“Un acto de amor”
“Es muy posible que el hipotético lector de este libro se esté preguntando ahora mismo qué sentido puede tener publicar los poemas, casi todos inéditos, de una mujer que vivió 86 años de un siglo que ha dejado caer ya sus hojas del calendario; los poemas de una mujer con muy breve renombre público como escritora y que pasó discretamente la mayor parte de su existencia en una casa solariega que envejecía junto a ella, en una ciudad pequeña de paredes encaladas y atardeceres magníficos.
De principio, sus descendientes queremos declarar que el rescate de los poemas de Tula Mendoza es un acto de amor. Y los actos de amor no deben explicarse.
Pero, además, quienes la conocimos sabemos que publicar estos poemas es un acto de justicia. Nacida en una familia de tradición literaria y artística que había perdido su fortuna mas no sus talentos, era una mujer muy singular: aguda, inteligente, tenaz, de una apertura mental insólita para su época, heterodoxa en muchos sentidos y a la vez poseedora de una religiosidad firme y sencilla que oscilaba entre el catolicismo a lo andaluz y cierto panteísmo naturalista.
Por sus aptitudes, merecía haberse dedicado a la música y la poesía, para las que parecía predestinada, y que sus creaciones se difundieran en vida. No fue así por elección suya, ya que en determinado momento –obligada por las circunstancias a fijar prioridades– escogió dedicarse casi por completo a criar a sus dos hijas y a las labores de casa, ese eufemismo que figura en el documento de identidad boliviano y que quiere decir (y callar) tantas cosas.
Nunca se arrepintió —al menos en público— de su opción existencial, pero se aseguró de estimular el talento artístico de esas hijas y, más tarde, de su único nieto, que es quien firma. Por supuesto, nunca dejó de leer, de tocar la guitarra (aunque debió vender su piano) y de componer música en silencio. Eso sí, abandonó la escritura de poesía, ella que siendo muy joven le había arrebatado el primer premio de un concurso nacional a la después célebre Yolanda Bedregal.
Tal vez si viviera hoy en día, Tula Mendoza no tendría que elegir entre la familia y la literatura o la música, aunque aún ahora es difícil dividirse (o multiplicarse) entre estas pasiones, en particular para las mujeres. Por todas estas razones, nos pareció un acto de justicia publicar la obra poética que no pudo seguir desarrollando en vida.
Hay aquí poemas de hondo lirismo, que tienen un lenguaje y rasgos formales propios de cuando fueron escritos: la primera mitad del siglo XX, pero cuyos temas siguen conmoviendo y emocionando, pues no tienen fecha de caducidad. Son, en síntesis, poemas humanos con un no sé qué de búsqueda de lo divino.
Espero que el hipotético lector de este prólogo pase adelante y lo compruebe por sí mismo. Mientras visita sus páginas, podría imaginar a Tula Mendoza viendo el atardecer en la huerta de su antigua casona, a la que cantó en un poema que celebra su primer día en ella:
‘Una esplendente claridad bullía /
entre el ropaje de sus muros. Coro / de los instantes por venir. Tesoro / de lo desconocido todavía’.
Lo propio puede decirse ahora de su redescubierta poesía”.
“A mi madre...”
Ese es el título del epílogo de Páginas de ayer y otros poemas: escrito por Matilde Casazola y cuyo texto la rememora así:
“De tus dedos surgían lagos trémulos por los besos de una brisa infantil y amanecida.
Eran arpegios deliciosos en los registros agudos agudos del piano, que se entretejían con los graves, se superponían un instante a ellos y producían esa sensación de espacio semejante a la de un lago estremecido.
Era un preludio del abuelo que tocabas con delicadeza exacta, tal cual cual Dios creara las alas milagrosas en mil tonos y arabescos, de las temblantes mariposas”.
La discreta vida de una poetisa brillante
Tula Mendoza Loza fue hija del multifacético escritor, médico y pensador chuquisaqueño Jaime Mendoza Gonzáles, quien formó familia con Matilde Loza Oporto, a quien conociera en los años en que ejerció la medicina en los centros mineros.
Nacida en Uncía el 28 de diciembre de 1909, Tula se trasladó muy niña, en 1915, junto a sus padres y hermanos, a la ciudad de Sucre, de donde era originaria su familia paterna.
Poeta, compositora e intérprete de piano y guitarra, en su juventud se dedicó a la enseñanza de la música.
Ganó dos premios nacionales de poesía en la década de los 30, a los 22 y a los 25 años. Nunca publicó un libro, aunque sí poemas dispersos.
Cuando formó familia en 1939, Tula Mendoza se dedicó por completo a ésta, abandonando poco a poco la escritura y la enseñanza, aunque no el cultivo de la música ni de la lectura.
Casada con el lingüista Juan Casazola, tuvo dos hijas cuyos talentos no dejó de estimular: Gabriela (1940), dibujante, cultora secreta de la poesía, y Matilde (1943), reconocida poeta y cantautora.
Fallecida el 11 de marzo de 1996 en Sucre, Tula Mendoza pasó sus últimos años cuidando la huerta de su antigua casa.



























