Cines en Viacha: adaptaciones para el 7mo arte
Texto: Juan Eduardo Araos
Fotos: J. E. Araos y M. Pomier
Para llegar al cine 3D, en Viacha, hay que caminar unas tres cuadras desde la plaza principal hacia la calle Sucre, hasta un edificio de ladrillo visto de cuatro pisos donde funciona la tienda de doña María Vargas y su esposo Seferino Mamani. Ahí están los catálogos para escoger las películas, se puede comprar golosinas y pagar la entrada de cinco bolivianos. La sala, con capacidad para unas 20 personas, queda a unos metros, en un patio que está tras la primera puerta de la esquina.
Esa tarde del jueves 13 de junio la película es una mexicana de terror. En el cuarto, a una zancada de distancia de un baño público impregnado de un olor típico de ambientador, una pareja de jóvenes del colegio Ballivián ocupa el sillón más cercano a la pantalla y se abriga como puede para combatir el frío altiplánico característico de esta ciudad ubicada a 22 kilómetros de La Paz. Pese a la temperatura, unos 10 grados centígrados, los muchachos no piden las frazadas que suele facilitar doña María para los friolentos.
La mujer apaga la luz y los jóvenes quedan en penumbras atentos a la pantalla de 60 pulgadas y al sonido dolby stereo de los parlantes. Son los únicos en este cuarto que tiene otros dos sillones de cuerina negra desgastada. Si alguien más llega, podrá entrar a la función y esperar que acabe la película para ver la que haya escogido y si el sitio se llena, lo que pasa casi nunca, hay sillas plásticas apiladas al fondo. Así es el funcionamiento de uno de los dos cines caseros de Viacha.
“Las películas que damos ellos son los que se escogen, las primeras personas que vienen se escogen, tenemos una variedad de películas, entre terror, acción, comedia, ese tipo de películas”, dice doña María, quien montó la salita junto a su esposo hace unos tres años, cuando decidieron “hacer trabajar” el dinero de un crédito.
El negocio marcha, pero no como se quisiera, dice la dueña, quien reconoce que por lo general viene un promedio de cuatro personas al día, aunque los sábados es cuando más se llena. Por lo general se atiende a diario, pero sólo en las tardes y hasta las 20:00, porque luego “cerramos la tienda y nos dedicamos a tener nuestras actividades”.
El 3D no es el único cine casero que funciona en Viacha. Su competencia es el Perla Negra, que está justo en una de las esquinas al frente de la plaza Ballivián, la principal del pueblo, y forma parte de un “complejo” de diversión que tiene también karaoke y juegos electrónicos, que funcionan en otro local ubicado en un sitio al que le llaman “El Pradito” y que capta la atención sobre todo de los jóvenes.
El minicine se encuentra en un edificio de tres pisos y que luce un letrero pequeño y afiches de películas pegados en los ventanales de una puerta de vidrio corrediza. Al entrar al lugar, sin embargo, no hay ni un atisbo de pantallas ni butacas, en el espacio hay una peluquería.
“Suba, arriba está el minicine”, dice el peluquero sonriente y que ya debe bordear sus 65 años. Una escalera metálica de caracol que genera más desconfianza que seguridad, por su reducido espacio y aparente fragilidad, es el camino a seguir. Arriba es un ambiente con piso de madera e iluminado de forma natural que tiene en el fondo una puerta corrediza detrás de la cual está el minicine con una capacidad para 40 personas sentadas en sillones.
En la antesala se ofrecen caramelos, papas fritas, pipocas para microondas, refrescos y hasta sopas instantáneas en vaso. El dueño, que no supera los 30 años, no deja de hablar por teléfono sobre un servicio de cable y al colgar mira con desconfianza y luego de intercambiar unas cuantas palabras rechaza cualquier posibilidad de entrevista. Dice que apenas gana dos bolivianos por entrada y no quiere que venga impuestos a fiscalizarlo, aunque su negocio queda en la calle más céntrica de Viacha, a menos de 100 metros de la Alcaldía y tiene publicidad externa que lo identifica como tal.
img_1663.jpg

A GUSTO DEL CLIENTE
“Venimos de vez en cuando, nos gusta ver más de terror. Venimos una vez por semana.
Venimos porque el ambiente es más cómodo”, dice sonriente, Olinda, de 17 años, y estudiante de la promoción del colegio Ballivián.
Su compañero, Erwin, algo más tímido, coincide con ella: “Una vez por semana, cuando tengo tiempo. Me gustan las de terror. Vengo porque es más cómodo”, dice casi balbuceante.
Doña María sabe de los gustos de sus clientes, por eso tiene un stock de 400 títulos que renueva periódicamente. Su hijo es el encargado de comprar las películas en calidad Blu-ray de un distribuidor de la Eloy Salmón.
Comenta que las preferidas son las de terror y que la más vista hasta ahora es “La monja”. Eso sí, aclara sin que nadie le pregunte, en su cine no se exhiben películas prohibidas.
Incluso, en ocasiones, los muchachos son los que llevan los estrenos, aunque cuando “son piratas el aparato no lee. Los ponemos, pero no leen. Les cobramos como una entrada normal, (por eso) tiene que ser Blue-ray, no pongo piratas, puro Blue-ray colocamos”.
Ya pasaron más de 20 minutos desde que comenzó la película mexicana y al cine de doña María y Seferino aún no llegan más espectadores. La calle, polvorienta por los arreglos en la vía, cobra más movimiento por la hora de la salida de clases y los jóvenes desafían el frío mientras el Sol se esconde de a poco en Viacha.
Cerca de la plaza el ajetreo es intenso, la gente comienza a hacer fila en los puestos de hamburguesas, los minibuses pasan llenos y la estatua del general José Ballivián se vuelve medio dorada a causa de los rayos del atardecer. Algunos chicos se juntan en un quiosco que está en una de las esquinas y que fue donado por la organización juvenil de la morenada Flor de Oro en octubre de 1978.
Mientras, en el Perla Negra se ve al dueño mirar de reojo al periodista de la revista OH! detrás de los vidrios del segundo piso. El reportero, sin embargo, en esos momentos piensa si es que esta noche el Cine 3D de doña María Vargas y su esposo Seferino Mamani tendrá otra función antes de cerrar.




























