Hans y Gisa en Huata

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Publicado el 23/01/2023 a las 4h44
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Hace un cuarto de siglo, escribí sobre un hombre que había conocido profesionalmente: “Hans Petersen se queda en Bolivia”. Estaba sorprendida porque un alemán, que tenía las mejores oportunidades para gozar su jubilación en Berlín, escogía invertir sus beneficios en un espacio rural chuquisaqueño.

Era un momento histórico especial en el país y la región. Aparecía un horizonte optimista por la estabilidad económica, social y porque se profundizaba la democracia con mayores garantías constitucionales. La cooperación internacional estaba entusiasmada con las reformas, como la Participación Popular y la Descentralización, que eran parte de la agenda internacional.

Petersen tenía una larga biografía relacionada con agencias alemanas que históricamente ayudaron al desarrollo boliviano desde los años 60. Conocía el país profundo por los proyectos que lideró en distintas etapas.

Como sucede desde la llegada de Ulrico Schmidl en el siglo XVI, Petersen era otro germano enamorado de las tierras andinas. Era un joven profesional cuando ya tenía un sueño premonitorio relacionado con las montañas bolivianas y sus caminos llenos de curvas y abismos. Amaba las costumbres de este país, su gastronomía exótica y variada, su música, la arqueología, el paisaje. Ese desafío permanente de estar en un país donde todo es posible y nada seguro.

Contagió su entusiasmo a su amada Gisa. Ella había conocido los rigores y restricciones del régimen comunista en Alemania Oriental y apreciaba especialmente la abundancia en los mercados populares. Así que también la esposa aprendió a cocinar sopa de palta, lechones al horno, plátanos fritos. Eran famosas sus mermeladas de duraznos o de frutos rojos. Juntaba las excelencias culinarias germanas y andinas.

La búsqueda de un predio rural para afincarse en Bolivia se concentró en los alrededores de Sucre, pues sentían fascinación por la ciudad blanca y sus paisajes. La amistad con Klaus y Coquy Schütt, herederos de migrantes alemanes, les guió en sus paseos. Ellos mismos tenían una finca en Yotala y comenzaron a evaluar algunas posibilidades para Hans y Gisa. La idea de Huata apareció lejana porque prácticamente era inaccesible en vehículo.

Llegaron a la casona en mayo de 1996, la encontraron abandonada, mayormente vacía, habitada por burros y bueyes, con terrenos mínimamente cultivados, árboles descuidados y una iglesia convertida en rincón de los chivos. Supieron que ahí vivió el presidente Isidoro Belzu en el siglo XIX.

Al mismo tiempo, en medio de las ruinas era fácil escuchar el canto de decenas de aves con diferentes trinos, el sol calentaba las grietas y al fondo murmuraba el agua. La finca estaba cerca del río, contaba con aguas termales, una piscina sucia pero luminosa. Hacia el cerro, aparecía la silueta de una katari, de una amaru, dando aún más magia al ambiente, rodeado de centenarias arboledas.

Hans contaba a los amigos que estaba obsesionado por ese sonido cristalino. Repetía la historia que relacionaba las visiones de Huata con sus propios sueños de niño, refugiado entre campesinos durante la Segunda Guerra Mundial.

Terco, consiguió ubicar al propietario que representaba a los antiguos dueños. Conoció también que la piscina y los jardines habían sido testigos por décadas de excursiones domingueras y de alegres veladas. Generaciones de sucrenses tenían buenos recuerdos de esa propiedad y conocían sus leyendas.

Para los amigos y colegas, la intención de Hans parecía una locura. Confiaban en que la prudente Gisa lo convencería de retornar a la moderna y segura Alemania. Sin embargo, fue ella —como esas mujeres de la Atenas de Pericles— la que animó al guerrero a concretar su utopía. Juntos emprendieron la mayor aventura de su vida.

El papeleo fue entreverado durante meses. Lo más difícil fue comenzar las obras en 1998 porque todo requería una profunda rehabilitación. La idea —que hoy gozan los visitantes— era dar confort moderno al lugar, respetando un espacio decimonónico y campestre. El camino de llegada era un desafío aparte porque demandaba construir puentes, estabilizar la ruta, conseguir el respaldo del municipio, planificar el mantenimiento para las cercanas épocas de lluvias. Todo requería crecientes sumas de dinero y contratos de mano de obra.

Después de largos meses de trabajo se tuvieron los primeros resultados: la refacción, restauración y modernización minuciosa de la casona histórica que, al mismo tiempo, facilitaba el alojamiento y estadía de visitantes y la realización de eventos. Los trabajos se extendieron a las dependencias y demás espacios, como las piscinas, la iglesia, un antiguo molino, el caserío del fundo vecino.

Paralelamente, la rehabilitación, ampliación y reactivación de talleres, establos y cercados; el talado y provecho de cientos de eucaliptos; la forestación diversificada de la cumbre y laderas; amplios defensivos contra rebaños de chivos y otros animales; el saneamiento y extensión de calicantos y demás medios de defensa contra las riadas del río y quebradas; la rehabilitación de numerosos andenes deshechos; saneamiento y ampliación de áreas frutales; en particular, la instalación y manejo comercial de un vivero de plantines frutales; sembradíos de productos locales; implantación de jardines y más ambientes verdes, senderos ecológicos. Además, se criaban animales de granja.

Hasta 2009 no había luz eléctrica y todo se iluminaba con velas. Se usaba leña y gas para cocinar y para contar con agua caliente.

Quienes gozamos de esa hospitalidad, no olvidaremos jamás la experiencia. Los cuartos impecables, los baños limpios, sábanas blancas, edredones de plumas y todo el confort europeo en un espacio iluminado por las estrellas, silencioso, con aire transparente y el recorrido de las aguas.

Ahí compartían todos juntos la misma mesa, los dueños, los invitados, los campesinos, las jardineras y hasta un duende que molestaba quitando sombreros y otros fantasmas inquietos.

Gisa y Hans regalaban con su esfuerzo a Sucre y al país un rincón verde, productos agrícolas ecológicos, oxígeno, descanso. Además, él también tocaba el piano para deleite de la población.

Como un aporte adicional, la pareja financiaba la investigación en archivos bolivianos para conocer más y mejor la historia de Huata, la presencia de Belzu, los sucesos en la zona, las sucesivas familias que pasaron por ahí, el impacto de la Reforma Agraria, la decadencia. Esa documentación está acumulada esperando que se edite en algún momento.

Con los sueños hechos realidad, faltaba preocuparse por la sostenibilidad de lo alcanzado. Los Petersen con euforia aceptaron la invitación de los anteriores propietarios del lugar, de conformar una sociedad para conjuntamente, en el espíritu de la amistad que hasta hoy une a las dos familias, consolidar la obra alcanzada en lo económico, organizacional e institucional, así como oportunamente llegar a aún mayores niveles de actividades, resultados y bienestar.

Otra cosa es con guitarra. Bien pronto surgieron los problemas que conocedores del modelo ya habían advertido como casi inevitables: incongruencias de prioridades, estilos de administración, comunicación, evaluación de iniciativas. Las recetas para lograr el autofinanciamiento se fueron alejando en un ambiente nacional cada vez más adverso.

En el marco de la sociedad, con recursos financieros y mano de obra minimizados, sin perspectiva de que cambie esa situación totalmente opuesta a las condiciones, intenciones, preferencias y prácticas que los Petersen vivieron en tiempos de su soberanía en Huata. Ellos como tantos extranjeros que aman Bolivia, finalmente volvieron a su país desilusionados.

Desde Berlín Hans y Gisa piensan qué perdurará de su trabajo de dos décadas. En un siglo, desde la importante presencia alemana en Bolivia, no es un caso aislado. Son varias las tristes biografías de quienes invirtieron en este país, pero que se fueron frustrados. Sobre todo, porque no entienden por qué la burocracia los traba permanentemente o por qué el boliviano no suele respetar las reglas del juego, por qué es tan difícil amar a Bolivia.

(*) Este artículo es una respuesta a un artículo aparecido en la Revista OH! en noviembre, el cual incluye datos errados e incompletos sobre la Hacienda Huata que fue del presidente Isidoro Belzu. Lamentablemente, la nota solo consultó una fuente oral que equivoca las fechas sobre la presencia de Juana Gorriti en esa localidad cerca de Sucre, pues ella ya no estaba con Belzu cuando él adquirió Huata, como se establece en distintas biografías sobre esta escritora de origen argentino.

Tampoco es correcta la datación y pertenencia de algunos muebles que actualmente existen en la casa.

Para quienes conocimos cómo ese espacio fue recuperado desde casi los escombros a una bellísima casona, llama la atención cómo se pasa por alto a Hans y Gisa Petersen, los responsables para devolver a Chuquisaca esa herencia.

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