Travesías en la cuarentena: el desafío de mantener abastecida una tienda de barrio
Claudia (nombre ficticio) se da modos para abastecer su negocio durante los días de prohibición de circulación determinado por el Gobierno ante el Covid-19. Su negocio no es un supermercado, un frial ni algo por el estilo; se trata de una tienda de barrio en la zona sur que no tiene licencia de funcionamiento, como muchas otras que existen en Cochabamba.
Esta semana, cuando la presidenta Jeanine Áñez decretó estado de emergencia sanitaria y que la circulación sería a través de la terminación numérica de la cédula de identidad. Claudia llamó a sus dos hijos y a su esposo para revisar los documentos de su familia y ordenó: el jueves, el hijo mayor; el lunes, la hija, y el miércoles, ella junto a su esposo.
No hay transporte público en la ciudad porque aquel conductor que sea sorprendido en la calle recibirá una sanción de 2.000 bolivianos y ocho horas de arresto, según el decreto. Arriesgarse a ser uno de esos infractores no es una opción para esta familia, por eso se desplazan en una bicicleta, un medio de transporte que sólo utilizaban cuatro veces al año, en el Día del Peatón.
Los miembros esta familia no se dirigen al mercado más cercano, como ordenó el ministro Arturo Murillo, sino a La Cancha, porque los insumos son mucho más económicos allí para luego generar un poco de ganancia en la tienda y mantenerse durante el tiempo que dure la crisis. Cuando un efectivo policial o un militar los detiene en el camino, suelen esquivarlo diciendo que ellos viven por la zona y se dirigen al mercado, aunque siempre cumplen con el barbijo y el gel para manos que llevan en sus bolsos.
“Cuando me falta algo en la tienda, voy a la ciudad y suelo traer hasta en taxi, pero estas semanas ahora estamos trayendo lo que podamos. Además, la venta ha bajado, aún así, no podemos darnos el lujo de cerrar. ¿De dónde vamos a traer dinero?”, menciona Claudia al explicar del porqué de su travesía diaria.
Una situación similar vive Juana (nombre ficticio), dueña de una pequeña tienda de barrio. Explica que hay algunas cosas que pueden durar semanas, pero otras tienden a caducar. “No me estoy arriesgando a traer carne, pero sí estoy saliendo como puedo”, señala.
No tiene apoyo para las compras. Su hijo aún no ha pasado los 18 años y, por decreto del Gobierno, no puede salir de casa; por eso ella madruga, pero noche antes ya gestiona con algunas llamadas para reservar lo que requiere. Recorre grandes distancias para ofrecer a sus clientes carne y pollo (la venta de este producto genera ganancias más que los dulces u otros productos de su negocio).
¿Y no te detuvieron en el camino ya que hay restricciones que prohíben la circulación de personas por la terminación numérica del C.I.? “Si no me sacrifico yo por mi familia, ¿quién lo hará?. Además la policía recién empieza a patrullar más o menos a las 7:00, hasta eso tengo tiempo”, responde.
En la zona sur aún hay transportes que recorren con gran número de pasajeros y los trasladan a La Cancha. Saben por dónde o qué rutas tomar para esquivar a las autoridades. El pasaje —según cuentan vecinos— no es el usual (2 bolivianos), sino que ahora va desde los 2,50 hasta los 7 bolivianos.
“Es mucho arriesgarse. El problema es ir y después no sabes cómo volver, y si te pilla la Policía estamos en problemas. Pero sí hay personas que lo hacen porque realmente lo necesitan”, indica una vecina.
La determinación de estado de emergencia sanitaria nacional concluye el 15 de abril. Es dudoso que en los próximos días el Gobierno intensifique aún más las medidas para evitar la circulación de personas y, por ende, la propagación del virus, que ya suma más de 60 casos confirmados en el país.
Lo cierto es que muchos comerciantes aún suelen arriesgarse a realizar maniobras o crear estrategias para abastecerse tanto en sus negocios como en sus casas. No muchos se esperanzan con la promesa de la Presidenta sobre la dotación de “canastas familiares” a más de un millón de beneficiarios. “Ni han actuado a tiempo para combatir este virus (coronavirus), dudo que vayan a entregar pronto esas canastas. Si no nos mata esa enfermedad, nos vamos a morir de hambre en nuestras casas”, dice otro vecino que prefirió mantener su nombre en reserva.
Otra realidad de Bolivia, en tiempos de cuarentena.



























