De trámites, libretas militares e himnos
(...) solamente faltaba que los militares se ocupen de componer un zalamero, cursi y mal escrito “himno” al actual Presidente y rellenar el repertorio de coros desafinados y acríticos con los que nos aturden desde la niñez
Mientras más débil se perfile la institucionalidad de un país, más enredado, moroso y leguleyo será el aparato burocrático. Bolivia, en ese sentido, bate el récord, porque además tenemos internalizada una cultura que exalta el lamento y el sacrificio, así que no reaccionamos ante el maltrato cotidiano que suele implicar la atención al usuario en las instituciones públicas y privadas. Las largas filas para todo son un prototipo de aquello, sin que escatimen los que estén dispuestos a dormir en las aceras, soportar las inclemencias del tiempo y, por si fuera poco, luego humillarse frente al humor podrido del funcionario/a de turno para obtener un servicio.
Lo terrible es que este fenómeno nutre praxis fascistoides propias de un aparato burocrático kafkiano y en el que los funcionarios, a través de su pinche, mezquino y coyuntural poder, colocan al ciudadano entre la espada y la pared. Tal es el caso de la tramitación de documentos fundamentales como la cédula de identidad, los títulos profesionales, el pasaporte y, oigan bien, la libreta de servicio militar.
Con tanta perorata contra las dictaduras militares que asolaron al país, con la ilusión de que se honrara la memoria de los que murieron por los abusos de las mismas y esperando un mínimo de coherencia ideológica, se creería que después de más de 10 años de “proceso de cambio”, el militarismo en la cultura política boliviana disminuiría drásticamente. No obstante, ha sucedido exactamente lo contrario. No sólo aumentó el presupuesto para las FFAA o los privilegios de los que gozan sus mandamases, sino que en el ámbito de lo simbólico y de las representaciones, da escalofríos el culto a lo militar que practican algunas de las principales autoridades y no pocos ciudadanos.
Cuando se gestó la Asamblea Constituyente muchos anhelamos la instauración del servicio militar voluntario, propuesta de varias organizaciones sociales. Actualmente, estamos muy lejos de lograr ese avance y, para rematar, es motivo de la más sórdida persecución el no contar con la libreta de servicio militar. En otras palabras, para profesar la ciudadanía plena en este país, en el caso de los varones, es preciso pasar un año aguantando arbitrariedades y humillaciones que, lo sabemos, se generan en los cuarteles. Es obligatorio presenciar o efectuar las bárbaras torturas de perros, es inexcusable tragarse ese mundillo de jerarquías y de repetidores de consignas, en el que los ideales se resumen a la “subordinación y constancia” y donde el más vacío, constreñido y chovinista concepto de “patria” se antepone a la razón, la lógica o la vida.
Por otra parte, si algo refleja el militarismo y la tendencia al autoritarismo insertada en lo profundo de nuestra cultura política, es la propensión al caudillismo, esa especie de hambre de “salvadores”, “benefactores”, “redentores”, que también tuvimos la esperanza de que se transformara a partir del mal llamado “socialismo del Siglo XXI”. Allende de que se perpetúa la predisposición de la educación cívica que se alimenta de desfiles ovejunos e interpretaciones históricas estrechas y maniqueas, solamente faltaba que los militares se ocupen de componer un zalamero, cursi y mal escrito “himno” al actual Presidente y rellenar el repertorio de coros desafinados y acríticos con los que nos aturden desde la niñez. En ese marco, cualquier líder que actúe con la ética, idoneidad, humildad y honestidad necesarias para ejercer la conducción, coyuntural, de un Gobierno, debería considerar ese hecho no cual un halago, sino como una injuria.
La autora es socióloga.
Columnas de ROCÍO ESTREMADOIRO RIOJA


















