El engaño de las capacidades
LONDRES – Todos coinciden en que una mejor educación y mejores capacidades, para la mayor cantidad de gente posible, es crucial para incrementar la productividad y los niveles de vida y para enfrentar la creciente desigualdad. Ahora bien, ¿qué pasa si todos están equivocados?
La mayoría de los economistas están seguros de que el capital humano es tan importante para el crecimiento de la productividad como el capital físico. Y, en cierta medida, obviamente es así. Las economías modernas no serían posibles sin una capacidad para la aritmética y un alfabetismo generalizados: muchas economías emergentes están retrasadas porque las capacidades son inadecuadas.
Pero una característica asombrosa de la economía moderna es la poca gente calificada que hace falta para impulsar áreas cruciales de la actividad económica. Facebook tiene un valor de mercado de 374.000 millones de dólares, pero sólo 14.500 empleados. Microsoft, con un valor de mercado de 400.000 millones de dólares, emplea a apenas 114.000 personas. GlaxoSmithKline, valuada en más de 100.000 millones de dólares, tiene apenas 96.000 empleados en la nómina.
Las fuerzas laborales de estas tres compañías no son más que una gota en el océano del mercado laboral global. Y, sin embargo, ofrecen servicios de consumo que utilizan miles de millones de personas, crean un software que respalda mejoras de la productividad en toda la economía o desarrollan drogas que pueden brindar enormes beneficios para la salud de cientos de millones de personas.
Esta desconexión entre el empleo y el valor agregado refleja el papel de la tecnología de la información y de la comunicación (TIC), que es distintivo en dos aspectos cruciales. Primero, en línea con la Ley de Moore, el ritmo de la mejora de la productividad del hardware es radicalmente más veloz de lo que era en las primeras instancias del cambio tecnológico. Segundo, una vez que se crea el software, se lo puede copiar infinidad de veces con un costo marginal de casi cero. En conjunto, estos factores permiten una automatización de bajo costo de cada vez más actividades económicas, gracias a las capacidades desarrolladas de sólo una pequeña minoría de la fuerza laboral.
A pesar de este fenómeno, cada vez son más los que buscan niveles educativos más altos, evidentemente motivados por el hecho de que, a mayores capacidades, mejor salario. Pero muchos empleos con una remuneración mayor tal vez no incidan en la mejora de la productividad. Si más personas se vuelven abogados altamente calificados, los casos legales se pueden pelear de manera más efectiva y costosa en ambas partes, pero sin ningún incremento neto del bienestar humano.
Las consecuencias económicas de gran parte de las operaciones financieras son, igualmente, de suma cero. Pero también puede serlo gran parte de la actividad dedicada a desarrollar nuevas modas o marcas, con una alta capacidad y gran energía dedicadas a competir por la atención de los consumidores y por una participación de mercado, pero tal vez nada resulte, necesariamente, en un aumento del bienestar humano.
Que más gente reciba una mejor educación no quiere decir, por ende, que sus mejores capacidades en todos los casos generen un crecimiento de la productividad. Y los crecientes costos de matrícula y honorarios universitarios —que aumentan en Estados Unidos a una tasa anual tendencial de alrededor del 6 por ciento en términos reales— quizá no indiquen la necesidad de capacidades cada vez mayores para realizar trabajos específicos. Por el contrario, los futuros postulantes a empleos simplemente pueden estar dispuestos a invertir mucho dinero para hacerles notar a los empleadores que tienen capacidades de alto valor.
Las universidades, a su vez, pueden quedar atrapadas en una competencia de suma cero de un gasto cada vez mayor para atraer a los estudiantes que pagan. Y una deuda estudiantil de crecimiento rápido —de 400.000 millones de dólares a 1,3 billones de dólares en Estados Unidos solamente desde 2005— puede estar financiando, en parte, una competencia más intensa por empleos de salarios altos, no inversiones socialmente necesarias en capital humano.
De la misma manera, en el extremo inferior de la escala de ingresos, no resulta claro que las mejores capacidades puedan compensar significativamente la desigualdad creciente. Siempre se pueden crear nuevos empleos a medida que vayamos automatizando muchos empleos existentes, pero los empleos nuevos suelen estar peor pagados.
El crecimiento más rápido del empleo se registra en los servicios cara a cara como el cuidado personal. Estos empleos son más difíciles de automatizar que los servicios de producción o información; pero, según la BLS, requieren solamente capacidades formales limitadas o una capacitación en el trabajo. Y las categorías laborales que requieren capacidades especializadas de TIC ni siquiera están entre las principales 10.
Ahora bien, ¿acaso las mejores capacidades no le permitirían a la gente que hoy trabaja en categorías laborales de rápido crecimiento pero de bajo salario conseguir empleos mejor pagados? En muchos casos, la respuesta puede ser no. Aunque más gente pueda programar, sólo una cantidad muy pequeña alguna vez estará empleada por sus capacidades en programación. Y aún si alguien que hoy tiene un empleo de bajas calificaciones puede estar preparado para realizar uno de altas calificaciones por lo menos de manera adecuada, ese empleo tal vez siga yendo a un empleado con capacidades aún mayores, y la diferencia de la remuneración puede seguir siendo grande: en muchos empleos, la importancia relativa de las capacidades puede importar más que la capacidad absoluta.
De manera que “mejor educación y más capacidades para todos” puede ser menos importante para el crecimiento de la productividad y una herramienta menos potente para compensar la desigualdad de lo que supone la sabiduría convencional. Pero eso no minaría en lo más mínimo el valor personal y social de la educación.
El autor es presidente del Instituto para el Nuevo Pensamiento Económico y fue presidente de la Autoridad de Servicios Financieros de Gran Bretaña. Su último libro es Between Debt and the Devil.
© Project Syndicate y LOS TIEMPOS 1995–2016
Columnas de ADAIR TURNER

















