El MAS: de “Instrumento Político” a burdo “aparato de poder”
Del 15 al 17 del presente mes el MAS se reunirá en su IX Congreso orgánico para la renovación de su estructura dirigencial y el tratamiento de asuntos estratégicos sobre su futuro. Congreso que a lo largo de cerca de un quinquenio había sido postergado de manera reiterada por los afanes gubernamentales de su principal líder. El MAS nunca fue un partido político como se perciben normalmente a estos institutos políticos. Ciertamente fue y es un dispositivo electoral de doble filo: por un lado: un “Instrumento Político” de las organizaciones campesinas del país bajo la hegemonía de los cocaleros y de las “comunidades interculturales” como hoy se los designa a los campesinos colonizadores. Y, por otro, un aparato político en manos del Gobierno, de su líder y de los grupos de poder asentados en la estructura y burocracia estatal.
En el primer caso fue y es aún el “Instrumento Político” de los campesinos para acceder a los espacios de representación política como para el ejercicio del poder público que de manera incremental y estratégica se despliega desde el nivel local (municipal) al nacional o central. Su presencia e incidencia es evidente en la dinámica política del país. Para constatar esta realidad nada más se requiere pasar una revista a la composición social de la mayoría de los gobiernos municipales rurales y de los centros poblados intermedios, las gobernaciones, como los espacios de representación nacional (Asamblea Legislativa Plurinacional) y sectorial del Estado (ministerios, viceministerios y otras reparticiones) donde se lima y definen el curso de sus intereses particulares. “Instrumento Político” cuya visión de país no alcanza a mirar más allá del beneficio de los intereses corporativos: cocaleros, productores agropecuarios, como de los apetitos de sus dirigentes que a lo largo de una década adquirieron poder y múltiples destrezas para garantizar su continuidad en las estructuras de poder sindical y político.
La fuerza del “Instrumento Político” radica en el fortalecimiento de sus estructuras de organización y de “autogobierno” de los sindicatos campesinos que han adquirido mayores capacidades de control territorial y de articulación gregaria de sus miembros. Es una fuerza que se asienta y crece a pesar de todo, navega contra viento y marea. Hacia adentro la política es de cierre de filas (cohesión) y gestión pragmática de intereses. Hacia fuera es la extensión de la discursividad en torno a su presencia política que ha dejado de ser legítima, creíble, para ser asumida y reconocida como simple representación simbólica y discurso oficial que reproduce una esquema banal de poder. El límite del “Instrumento Político” es el no haber logrado en los hechos la configuración del proyecto de país más allá del simbolismo de un Estado plurinacional, pues el resultado resultó ser una reproducción burda y mediocre (para algunos desastrosa) de la gestión del poder público y estatal, tal como sus antecesores la habían gestionado.
Ni que decir del nuevo modelo de sociedad y de economía que se pensó que debía configurarse. Se ha seguido y reforzado el mismo esquema y modelo heredado. La ausencia de líderes, intelectuales y dirigentes campesinos que expresen y doten de sentido a los referentes normativos e institucionales de construcción estatal, la “reforma intelectual y moral” que precisa toda transformación política, expresa el límite estructural de la impronta campesina en la política y en el poder político. En suma, al parecer, lo que sucedió no fue una revolución sino una revuelta campesina que dosificó y reforzó al viejo Estado. Todo indica, dada la situación del fracaso que establece el límite estructural al que se enfrentan los campesinos cocaleros e “interculturales”, que tardará mucho la re-emergencia del entusiasmo colectivo o nacional por ellos. En algún sentido su fracaso es nuevamente nuestro fracaso de concretar un nuevo Estado.
Como ha venido sucediendo a lo largo de los últimos años, estimo que en el IX Congreso del MAS ellos serán los derrotados por los grupos de poder que de manera instrumental y maniquea se han asentado en el Gobierno como la estructura de “conducción política”, convirtiendo al MAS de un “Instrumento Político” de las organizaciones campesinas del país en un burdo aparato de gestión del poder y, por ende de neutralización, desmovilización y manipulación de iniciativas y liderazgos políticos que vengan o emerjan desde abajo.
El autor es politólogo, presidente del Colegio de Politólogos de Cochabamba, docente de la UMSS.
Columnas de FERNANDO L. GARCÍA YAPUR

















