Iglesia socialista
Los imprudentes que estos días mandan callar a la Iglesia y les encargan rezos, ¿sabrán que fue y seguramente sigue siendo socialista, y mucho más fiel que los ídolos cubanos?
El 27 de abril de 1969 moría el entonces presidente militar René Barrientos, y el acontecimiento hace cambiar groseramente la actitud del Gobierno cubano que hasta aquel día había ejecutado acciones de dirección y logística para el reinicio del foco guerrillero después de la muerte del argentino-cubano Ernesto Guevara, casi 19 meses antes, respondiendo a una iniciativa inaplazable del Ejército de Liberación Nacional boliviano sobreviviente. Los ojos del mundo entero estaban puestos en la (in)consecuencia de los patriarcas cubanos, quienes por lo pronto ordenaron mantener en funcionamiento el aparato logístico. Un primer contingente de combatientes entrenados en la isla ya estaban en tránsito hacia Bolivia vía la Chile del socialista Allende, pero se dejó “estacionados” al segundo grupo de guerrilleros en el lugar de entrenamiento y, no se autorizó o se impidió de mal modo el desplazamiento de los tres cubanos sobrevivientes: Pombo, Benigno, Urbano, quienes habían entregado su palabra de hombres nuevos para volver a las montañas. Como antes para el bienamado Che, cuba enmudeció, cesó contactos, apoyo monetario y militar por completo. En aquellos años, todas las guerrillas latinoamericanas dependían casi absolutamente de la inteligencia cubana que reclamaba para sí la dirección político-militar de cualquier revolución. Sin embargo del discurso cubano que elevaba el uso de las armas, su realidad era que para entonces su Gobierno había fracasado económicamente y su Estado era casi absolutamente dependiente de la URSS, y el politburó soviético era ostensiblemente contrario a las guerrillas. No les faltaba razón, habían sido derrotadas en Bolivia, Guatemala, Colombia y Venezuela, y en el hemisferio ya no había grupos insurrectos, dejando muy mal parada la teoría guevarista del foquismo que señalaba a un pequeño grupo de hombres valientes alzados en armas en la selva que alcanzarían la adhesión del campesinado y victoriosos todos marcharían provocando ecos en las ciudades y liberando el continente entero.
Por aquel tiempo, Cuba cambia de anteojos y ve con buenos ojos los Gobiernos militares nacionalistas de Velasco Alvarado en Perú, de Omar Torrijos en Panamá y, de Ovando Candia en Bolivia. Los emisarios se entrevistan con autoridades cubanas y hay compromisos de apoyo mutuo. ¿En qué?
Se afirma que las coincidencias ocurren en serialidad, y durante los meses siguientes cae el mejor combatiente y organizador boliviano que sobreviviera al Che: Inti Peredo. Otros hombres y mujeres clave para la red urbana y combatientes de campo son exterminados por las fuerzas combinadas de la Policía y el Ejército antes de siquiera partir a Teoponte. ¿Quién asume el deber de reorganizar la guerrilla que habrá de liberar a Bolivia? La Iglesia. Ni los partidos comunistas o socialistas o trotskistas, ni la central obrera, ni los campesinos, ni nadie más que la Iglesia a través de sus jóvenes. Así, tal cual.
Como no es creíble que Fidel Castro no supiera de las acciones cubanas en contra de la guerrilla boliviana de 1969, tampoco creeríamos que la jerarquía eclesial no supiera de la acción organizativa de jóvenes de la Congregación Mariana, la Juventud Obrera Católica, la Juventud Demócrata Cristiana, el Colegio San Calixto, el Colegio Irlandés, la carrera de Sociología de la UMSA, entre otras obras lideradas por sacerdotes y monjas Oblatos, Jesuitas y Franciscanos. Junto a ellos, el Partido Social Cristiano, el Partido Demócrata Cristiano y todas las organizaciones de la pequeña intelectualidad estudiantil y universitaria de clase media de La Paz y Cochabamba. Casi toda la red urbana fue reconstruida por ellas y ellos al mando del ELN.
De los 67 hombres combatientes en Teoponte —la guerrilla con liderazgo boliviano— 55 bebieron de aquella vertiente de Fe. La católica y la universitaria. Varias iglesias cristiano-evangélicas los socorrieron humanitariamente.
Entonces, ¿que sigan rezando o podríamos aprender de la Iglesia socialista?
Columnas de OMAR SUCRE PÉREZ



















