Cáncer democrático
La notoria descomposición de la política y la función pública propiciada, entre otras causas, por un claro empoderamiento de la corrupción, son factores que han coadyuvado a la asunción de gobiernos distantes al Foro de Sao Paulo y al populismo encarnado en el pernicioso socialismo del siglo XXI.
Nunca como ahora, la corrupción en esferas públicas ha calado en lo más hondo del ciudadano, quien, como cualquier habitante de determinado territorio, merece contar con administraciones públicas eficientes y con gobiernos no de pillos sino de servidores públicos.
Sin embargo, la tonalidad con la que se han presentado gobiernos autodenominados del cambio o progresistas, ha traído consigo una realidad que ha quedado, con el paso del tiempo, corroborada con acciones. Esos gobiernos se han servido del poder y de las arcas públicas para edificar redes de corruptela que han trascendido fronteras al punto que han propiciado la adjudicación de obras públicas de enorme cuantía y sobrevaluadas, y han financiado la reelección o permanencia en el poder de aquellos regímenes autoproclamados revolucionarios. Pasaron a constituirse en un cáncer en tiempos de democracia. Su perfil y configuración es el mismo, no queda duda: ataque permanente a un enemigo común y toma de los órganos del Estado con el fin de eliminar toda posibilidad de independencia, separación de poderes e institucionalidad.
Esa radiografía fue calando hondo en electorados abrumados de tanto robo y pillaje. La máscara con la que se presentaron todos aquellos que gustaron después, de vivir gratis del Estado y de ser artífices de megaactos de corrupción, fue dando paso a masas de gentes abrumadas por un divorcio entre los supuestos revolucionarios y la realidad en las calles, la economía y la sociedad.
Ahí apareció Bolsonaro, por ejemplo. Su triunfo fue inapelable. Indiscutible en términos electorales. Con casi 58 millones de votos supo cosechar el descontento y hastío de la ciudadanía con el PT, Lula, Dilma y toda esa nomenclatura que destruyó el Brasil institucionalmente. Éstos, como todo populista, pensaron que el poder era eterno y que los votos que algún día les fueron favorables, iban a permanecer invariables ante la presencia de una misma faceta hipócrita y ladina: seguir mostrando una faz inocente y cándida.
Obviamente que el casi 56 por ciento del electorado que les fue adverso, demostró que ya no pudieron continuar con la farsa. Ahora toca que Bolsonaro ajuste su conducta a las reglas de un buen gobierno para todos, y respete al ciudadano y su punto de vista sin apasionamientos ni locuras. El Brasil merece un gobierno serio, no lo que fue el PT. Y no solo el Brasil. Todo país aspira a contar con gobernantes capaces de conducir el Estado e incapaces de hurtar y ser corruptos.
Si los brasileños decidieron democráticamente que Bolsonaro es la persona capaz de conducirlos por esa senda, lo menos que podemos hacer es respetar esa postura y dejar de lado posiciones de repudio espetadas en diversos escenarios por aquellos que se sienten ofendidos por lo que decidieron más de 57 millones de electores. ¡Una locura! Y la misma oportunidad habrá que dar a López Obrador en México, Duque en Colombia o Abdo en Paraguay.
El PRI mexicano por ejemplo, es el símil del PT brasileño; partido político plagado de corrupción, constituida –la corrupción– a estas alturas, en el cáncer de la democracia, y alimentada vía intravenosa a diario por la falta de institucionalidad, ineficiencia, despilfarro de dinero público, sobreprecios, intolerancia frente al oponente, ataque a la prensa libre y por un rosario de males a los que el populismo ha intentado transformar en cosa normal, diaria y común, utilizando como sostén a bases sumisas y anestesiadas o por el discurso sofista, o por la dádiva. Todo eso debe cambiar, y no solo en Brasil. La historia lo dirá.
El autor es abogado.
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