Vacío interior
Jesús Martínez Madrid
El vacío interior, que tanto abunda en nuestra sociedad, se suele notar de un modo especial durante los fines de semana. Mientras el trabajo llena casi todo el tiempo disponible no queda margen para las sensaciones de vacío; en cambio, al terminarse, afloran las frustraciones que estaban encubiertas. Aparece entonces la melancolía: síntoma de la incapacidad para afrontar los desafíos de la vida.
Y eso ocurre en cualquier edad, pero, sobre todo, a partir de la adolescencia, cuando las personas comienzan a interesarse por su identidad. Muchos padres creen que la frustración existencial es simplemente una fase pasajera, ignorando que puede ser algo más profundo y duradero.
Esa desazón expresa el vacío interior y para mitigarlo se recurre a evasiones perjudiciales y peligrosas: alcohol, drogas, ideologías radicales, actividades de mucho riesgo, etc. A menos que se tenga valor para estar a solas y encontrarse consigo mismo en un austero ambiente de silencio exterior e interior, desconectado de la ruidosa ilusión de las redes sociales, donde se manifiesta con plenitud la sustitución de lo consistente por lo banal.
Y allí están las ágoras virtuales que disfrazan el vacío interior con pulgares levantados, risas, sonrisas y corazoncitos que al acumularse dan satisfacciones ilusorias, importancias inútiles.
O permiten dar rienda suelta, desde el anonimato, a los sentimientos más sombríos, las envidias más primarias, las frustraciones más ásperas.
Sin embargo, pueden ser también un medio par a el crecimiento interior.
Felizmente.
Miembro del Foro Independiente de Opinión
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