Feudos y parásitos
Hay una categoría muy interesante del mundo de las ciencias políticas: sultanismo. Se denominaron sultanismos a aquellos regímenes autoritarios y totalitarios que asolaron principalmente Centroamérica y El Caribe las primeras décadas del siglo XX. Los Trujillo, Batista, Somoza, Duvalier son harina de ese costal.
Un distintivo de los sultanismos era su carácter autocrático, personalista y caudillista, al punto que los dictadores administraban los Estados como su feudo, su propiedad. En ese entendido, asaltaban lo público para constituirlo cual empresa particular, colocaban en función pública a parientes, amigos y compadres y el culto a la personalidad de los déspotas iba al extremo de que hasta se cambiaban, en su “honor”, los nombres de calles, monumentos y otras expresiones del bien común. Trujillo, por ejemplo, trocó a Santo Domingo por “Ciudad Trujillo”.
Salvando las distancias, si revisamos la historia política boliviana constataremos que existe la tendencia a que los gobiernos de turno conciban los bienes públicos en el sentido de los sultanismos: un feudo del que se puede usufructuar mientras duren los cinco minutos de poder.
Pasando por el siglo XIX, con un Daza cuyo onomástico era declarado “feriado nacional” con ostentosas “celebraciones” que el erario público pagaba, llegando al siglo XX con un MNR que procuró eternizarse “apropiándose” de una revolución que no era suya o con un Banzer dictatorial que insertó los negociados agroindustriales de parientes y amigos como puntal de una economía desigual, corrupta e ineficiente. En el siglo XXI, en el marco de nuestra imperfecta democracia, todavía no nos libramos de ese lastre.
Remitámonos a los regímenes del MAS y al Gobierno “transitorio” actual. En el primer caso, suficiente indicador es el hecho de que con el presupuesto público se haya construido un museo en el que las pilchas personales de un individuo se exhibían como nada más y nada menos que “la síntesis histórica de la resistencia de los pueblos de América y el Caribe”. Con semejante antecedente, los remedos sultanistas fueron constantes: nepotismo y clientelismo en la función pública; proyectos de inversión estatal que brillan por su pésima planificación al responder a caprichos del poder; millonarios, mercantiles, superfluos, depredadores “gustitos” al estilo de los Juegos Suramericanos y el Dakar.
En el segundo caso, en pocos meses, la historia se repite: ¡solamente faltaba que el lujoso avión presidencial, adquirido en la megalomanía del Gobierno anterior, estos días sea usado para traer gente a fiestas privadas o pasear reinas de belleza! Y ojalá sería sólo ello. En una propensión muy similar a la vista en la dictadura de Banzer (y replicada por todos los gobiernos, incluidos los del MAS), otra vez nos vemos supeditados a los intereses de unos cuantos cuyos negocios parecen controlar los hilos del poder como si fuera su feudo: burguesía agroindustrial, especuladores de tierra, petroleros, grandes corporaciones.
Hoy, esos mismos intereses digitan la continuidad de una política favorable a los transgénicos. Es decir, ya ni siquiera se trata de millonarios caprichitos “inofensivos”, sino que se pone en juego la esencia del bien común: El equilibrio del ecosistema, la supervivencia de seres vivos que tienen la mala suerte de compartir el territorio con nosotros, la sobrevivencia digna de los pequeños productores agrícolas y campesinos, los alimentos que nos llevaremos a la boca.
Sé que estamos en una coyuntura difícil, que desuela una pandemia. Pero, a estas alturas, me pregunto qué será más peligroso: el famoso virus o los parásitos que suelen gobernar este país.
La autora es socióloga
Columnas de ROCÍO ESTREMADOIRO RIOJA



















