Ni “cojuros” ni “q’orotones”
Las encuestas, incluso en tiempos de pandemia, parecen salteñas: picantes o dulces hay para todo gusto y bolsillo. La mayoría, puntos más o menos, informa que las elecciones de octubre se definirán entre Luis Arce en bajada y Carlos Mesa estable. El resto es relleno de incertidumbre.
Entre tanta ciencia aleatoria, la novedad del estudio de Mercados y Muestras para Página Siete señala que el voto indeciso (21%) y de Ninguno/Blanco/Nulo (11%) hace temer cualquier cosa en pleno desasosiego político. En teoría, ni la Presidenta que acaba de renunciar a su insensata candidatura (las boletas ya están impresas), ni el caudillo de Creemos, que subió del 6% al 8%, están descartados. Todavía tienen derecho a soñar, concederá Mesa, con otra silla. ¿Qué revelarán las cifras secretas?
El voto “oculto” (32%), para consuelo de quienes aborrecen el retorno del (Hu)Evo y su huevito, no es una proyección infalible asociada a una sigla específica. Es una decisión cautiva de las expectativas del resultado final: probabilidad sobre lo casi seguro. Al momento de sufragar –hasta en política hay lógica– los indecisos y los que no saben o no responden, van a votar por un ganador (Arce o Mesa), no por perdedores (Camacho, Chi Hyun Chung et tutti quanti que disputarán los votos despistados).
La segunda vuelta, coinciden las encuestas, garantiza la presidencia de Carlos Mesa, no su gobernabilidad. Vuelve la “democracia pactada”, escenario que espanta a la mayoría opositora al MAS. Pero la democracia es así. Requiere un proceso de negociación para obtener resultados aceptables donde todos, en conflicto, ganan si ceden algo. Lo preocupante sería que Arce, Mesa o cualquier otro, obtuviera más de dos tercios del electorado. El “proceso de cambio” enseñó que la concentración de poder en una persona siempre va a ser un peligro por la debilidad institucional del país.
La claridad de este escenario electoral empieza a ser empañada por candidatos que se sienten perdedores. La Presidenta, mérito tardío, optó por la sensatez. Ojalá que concluya bien lo que empezó bien y hasta ahora hizo mal: garantizar elecciones transparentes. (Ca)macho, que no quiere “bajarse” (y sería bueno que no lo hiciera), muestra su mezquindad y falta de madurez política. Respecto del gesto de Áñez: “no es un desprendimiento, es una derrota” dice. Y su concepto de democracia y buen gobierno se reduce a salir del “pactismo y la convivencia de la vieja política con el masismo”. Liquida, sin pensar, la esencia democrática y al 90% de los electores. Quedan él, su 8% y los nulos que a nadie interesan.
No basta vestir a lo jovenzuelo para “renovarse”. Tampoco persistir en la “unidad” antimasista en torno a sus ambiciones, argumento débil resquebrajado por los números que obtiene en cualquier encuesta. Ni siquiera el “matemático” podría ayudarle a inflar sus guarismos. Su gorrita apenas ayuda. Y menos el debate donde Carlos Mesa y Jorge Quiroga señorearán frente a palabras “desde el palco” o frases que van a ser recogidas por la antología de la estupidez: “Luis Arce adquirió alfombras voladoras con sobreprecio”, “Carlos Mesa con todos sus títulos y libros es un ignorante”, “El chinito no es boliviano”, “Tuto, pichón de la dictadura, es un matoncito de alasitas” o la serie ¿Dónde estaba Batman o XXX cuando yo “votaba” a Evo? Mejor olvidar esas mañas calculadas para consolidar una cultura democrática seria y no de farándula: falta mucho para el carnaval.
Los inteligentes y sufridos electores, otra vez abandonados a su propio sufragio, van a elegir calculando probabilidades. Indicarles por quién votar sería una grosera intromisión. El voto –me resisto a escuchar el canto de las sirenas de la política– es y debe ser discreto, íntimo y secreto: como un amante. Aconsejo no negociar el sentido común, sugerencia acaso innecesaria. Los bolivianos, en especial los cochabambinos del “Rocha river”, según el famoso y recordado Paulovich, no son “cojuros” aunque no saben lo que hacen. “Ni q’orotones porque eligen bien después de las elecciones”, terciará desde la punta izquierda mi amigo Licopodio Villazón que, pese a su maestría en la gambeta del quechuañol, es injustamente preterido por la Fama, esa “horrible plaga” (Libro IV, Eneida) de la que habla este “virgilio”. Vale.
El autor es economista y filósofo
Columnas de GUSTAVO V. GARCÍA





















