Elogio del bostezo
Ninguna crispación es buena. Los humores se atascan, la visión se entorpece, la respiración se acorta, se dejan caer las cosas. El bostezo, para Alain, era uno de los grandes remedios contra los males innecesarios y los conatos de rigidez que causan. “Todos han podido observar, decía, que el bostezo siempre es un signo favorable para ese tipo de enfermedades que se llaman nerviosas, en las que es el pensamiento el que está enfermo.” A diferencia de la risa, o los sollozos, llenos de ideas y pensamientos, el bostezo los desaloja a todos.
Alain escribió columnas toda su vida (se dice que unas 3.000) y es uno de esos escritores disimulados al fondo de la sala de lectura y del que casi no se escucha, aunque, cada tanto, una cita suya rasgue como una flecha la página en que aparece. Herido en la Primera Guerra Mundial y postrado sus últimos años, quiso “elevar la crónica a la metafísica” y así, esas pequeñas joyas que tiene, sobre temas aparentemente anodinos, cotidianos, infaltablemente tocan puntos hondos y comunes.
Pero es también una constante labor de zapa, en que sutilmente descree de todo, desmitifica lo hondo, muestra la vanidad de irritaciones y humores alelados; muchas veces acaba asegurando que sólo es uno mismo el que se lleva a extremos innecesarios. Que se es el propio causante de los males internos, el que se autoconvence de crispaciones y se empeña en su propia aflicción. Cada hombre como su propio, su peor, enemigo. En tales casos, nada como un buen bostezo, afirma, e incluso cree que éste puede ser inducido. “¿Pero qué medico creerá que es bueno recetar un bostezo cada hora?”, se pregunta con desanimado humor.
Y ningún médico nos recetaría, en efecto, esa mínima gimnástica del bostezo ante los acontecimientos actuales en Bolivia. Todo hace prever lo peor y cuando uno se entera, por ejemplo, de que un criminal como Nicolás Maduro podría venir, es presa de lo contrario que un bostezo: de la asqueada arcada.
Habría que aprender de Alain, sin embargo, a vivir sin naufragar por la propia ira, a no dejar de cultivar el propio jardín ante los desastres. De una forma u otra, no hay que dejarse secuestrar la propia vida por la comedia política y sus actos canallas. Que los noticiarios no invadan el espacio propio. Quien elige no echarse al ruedo político, queriendo incidir de alguna manera en cuanto pase, de ninguna manera es que se desentienda de nada. Se es un “espectador comprometido”, como bien dijo Aron, con un pie en el interés común y otro en sus propios asuntos de vida.
Ya habrá, sin duda, miles de razones para renegar, una vez y otra, en los meses que vengan. Ya lo sabemos de memoria, 14 años nos lo han enseñado. Mientras que el desastre se prepara, no hay por qué no darse una tregua, dejar la crispación.
También hay que hacerle caso, simplemente porque sí y contra todo, al Alain menos escéptico: “La esperanza hace nacer las razones de esperar y el buen presagio hace llegar la cosa.” Y si eso es mucho, hay que contentarse, por lo menos, con un bostezo.
El autor es escritor
Columnas de JUAN CRISTÓBAL MAC LEAN E.




















