Pantallas
Vengo de meses de andar sumergida en incidencia política. Ello hace que mis grupos y mensajes de WhatsApp se hayan triplicado. Y eso que ya eran bastantes porque todo está ahí: trabajo, activismo, relaciones personales. Todo, pero todo.
Me pregunto cuántas horas del día me las pasaré pegada al celular.
Ahora me gano la vida también con una pantalla, mediante clases por Zoom y otras plataformas afines. Qué bien que ello represente la oportunidad de explorar recursos increíbles, al más puro estilo de las fantasías de ciencia ficción.
No obstante, extraño el barullo caótico y libertario de las aulas universitarias.
La vida privada, poco a poco, igualmente se va reduciendo a una pantalla. Hasta la tertulia hoy se ve recluida a un frío toque de vidrio en el que brindas con una imagen. Y claro que en esas condiciones es posible sentir amor, ternura, compañía, calor humano.
Empero, extraño los abrazos prolongados, los bailes de madrugada, la algarabía de compartir de una misma tutuma.
Hay que admitir que es maravilloso contar con un universo infinito de información a través de una pantalla, que hay bibliotecas enteras al alcance de la mano, música y cine para todos los gustos habidos y por haber, que hasta podemos situarnos en la constelación de Orión o ver nuestra casa desde el aire.
Y concedo que debería estar acostumbrada, porque escribo y al escribir me sumerjo en una pantalla y ahora mismo estoy… en una pantalla.
Sin embargo, me doy cuenta de que me olvido de la luz del sol.
Por ahí no nos percatamos, pero ya vivimos en “Black Mirror”. O, quién sabe, tal vez nos acercamos al terrible “Un mundo feliz” de Aldous Huxley. Lo cierto es que un virus, casi trillado detonador apocalíptico, nos está terminando de lanzar a un escenario donde nuestra efímera existencia transcurre a través de una pequeña pantalla.
Yo extraño la textura de las olas del mar.
La autora es socióloga
Columnas de ROCÍO ESTREMADOIRO RIOJA




















