El oscuro objeto del disgusto
La repulsión que en Bolivia generan ciertos jueces y fiscales (un montón en realidad), si bien tiene muy bien identificados, con nombres propios y todo, a los objetos de su asco, no por ello, sin embargo, se limita nada más que a las personas concretas y coimeadas que, pública y orondamente cometen, a la vista de todos, verdaderas ruindades jurídicas. El problema es que tan peligrosos individuos, dignos de engrosar con sus nombres la historia de la infamia, no brotaron de la nada. Y aquí todo va tornándose más vago y más oscuro.
¿Es desde la universidad que se van gestando los futuros delincuentes jurídicos? ¿Es, en ese caso, la misma universidad la que ya se ha vuelto tan vergonzosa? Esta última pregunta volvió a plantearse a raíz de los tristes hechos de la UPEA, en El Alto (que no se hizo absolutamente nada por encarar seriamente) y están en el aire en la universidad de Cochabamba, a partir de los desastres que le infligió la nefasta rectoría del masista Ríos. Parece que no hay, a este paso, institución que en manos de un masista no se corrompa y se degrade (o véase lo que está pasando con los parques nacionales –entre otros).
Y vuelve la pregunta: ¿cómo emergen, se fabrican, se producen y forman alimañas tales como las que ahora mismo se enquistaron en el seno de la maquinaria jurídica boliviana? ¿Cuál es el nicho ecológico, por decirlo así, en que medran, roban, hacen daño, engrosan sus prontuarios, se arrastran y reproducen? En todo el continente no debe haber, en efecto, nada peor que un Palacio de Justicia boliviano (excepción hecha, naturalmente, de sus equivalentes venezolanos, cubanos y nicaragüenses, posiblemente peores aún).
Apenas nos hacemos preguntas de esta naturaleza, y que no deberían dejar dormir a los gobernantes –en caso de que los hubiera– las posibles respuestas se disparan en todo sentido y afectan un amplio espectro de instituciones, políticas y poderes, hasta el punto en que las causas y orígenes de tan pestilentes purulencias se hacen difusas, disimuladas por todas partes, parejas a un sinfín de instancias que se ven comprometidas. Para florecer, efectivamente, necesitan de un medio que las acoja, incluso las promueva. Dice mucho, en ese sentido, la reciente (y asquerosa) decisión que tomaron los “magistrados” o semejantes, para impedir que haya algún cambio o reforma de la “Ley”, como habían querido inicialmente. Pero mejor no, dijeron luego. Prefieren el aire de las cloacas.
Y si bien la “Justicia” boliviana siempre fue de lo peor, todos saben que el MAS, desde que impuso la “elección” de jueces masistas, acabó por hundirla totalmente en el lodazal.
Cualquier persona de la calle, por lo demás, sabe que es cierto todo lo que digo, y que no es necesario ser ni politólogo ni experto en asuntos jurídicos para detectar la inmundicia. Estas cosas las charlo con el taxista, el lustrabotas de la Plaza, el peluquero o mi casera del quiosco barrial y todos están furiosamente de acuerdo.
Ese disgusto, sin embargo, al pasar del nivel emotivo a uno más crítico y curioso, encuentra que el problema es más grande, harto más grande y que rebalsa, con mucho, las acciones de un puñado de canallas.
En los ámbitos “jurídicos” (todo hay que ponerlo hoy entre comillas) pasa lo mismo que con la corrupción. No en vano Gabriel Zaid, uno de sus estudiosos, dice: “La corrupción no es una caída o error del sistema: ella es el sistema”. Y si en alguna parte está enquistada la tal corrupción –otra cosa que todos saben muy bien– es justamente en la “Justicia” boliviana, esa verdadera Patria de la coima.
Mientras no se cambie y se reforme la dicha “Justicia”, todo seguirá siendo una porquería, como reza un verso de tango. Y, como ya acabamos de verlo, por nada quieren que se la toque. Así la quieren, así son.
El autor es escritor
Columnas de JUAN CRISTÓBAL MAC LEAN E.


















