Las mujeres de Manitoba
Todo ocurrió mientras ellas dormían. La noche arrastraba sueños perturbadores, imágenes borrosas y violentas que dejaban marcas en cada cuerpo a la mañana siguiente: sangre, tierra, semen, pasto en las sábanas, barro en la ropa, rostros difusos de hombres y dolor, siempre dolor. Las largas y borrascosas noches se extendieron por años para más de una centena de mujeres menonitas, que fueron recurrentemente violadas en la comunidad Manitoba, mientras dormían inducidas -sin saberlo- por drogas somníferas que les inhibían la capacidad de resistirse a los ataques sexuales de los hombres de su misma comunidad. No fueron pesadillas, todo fue real.
En esta comunidad ubicada en Santa Cruz, entre los años 2005 a 2009, fueron abusadas entre 130 a 150 mujeres cuyas edades oscilaban entre tres a 65 años. En 2011 colaboré con la periodista Jean Friedman cuando se preparaba para escribir un reportaje sobre el juicio contra los nueve menonitas, que por años dispersaron drogas en aerosol durante la noche para inmovilizar e incapacitar a familias enteras y así abusar de decenas de mujeres en sus casas, en sus camas, arrastradas a los campos, atadas de manos y enmudecidas. Todos los acusados fueron hallados culpables y condenados a 25 años de prisión, a excepción del distribuidor de la droga que recibió una pena de 12 años.
Sin embargo, en 2019 Abram Peters Dyck —uno de los violadores seriales— fue beneficiado con detención domiciliara luego de pagar 25 mil dólares como soborno a un consorcio de jueces, abogados y otros hombres vinculados al sistema penitenciario, según confirmó el Ministro de Gobierno. Según declaraciones de Peters, otros cuatro violadores seriales menonitas también habrían pagado y estarían libres; y esos miles de dólares habrían procedido de sus iglesias en Estados Unidos, Canadá y México.
La liberación de este hombre se une a una nueva denuncia presentada por cinco familias en febrero de 2022 sobre otra ola de abusos sexuales a 12 mujeres menonitas, entre ellas 10 menores de edad, perpetrados en otras comunidades religiosas llamadas Belice y Las Piedras II, ubicadas en Santa Cruz. Esta querella ahora se encuentra en investigación, pero según los rumores apuntados por varios periodistas desde el escándalo de 2009 las violaciones nunca se detuvieron, si bien ya no fueron masivas. Los más que comunes casos de incesto que se filtraron al estallar el caso ni siquiera formaron parte de las denuncias formales.
Las jornadas de horror que en este momento deben estar viviendo las mujeres de Belice y Las Piedras II seguramente son muy similares a las condiciones oprobiosas a las que se enfrentaron las mujeres de Manitoba durante el juicio de 2011. En ese juicio conocí la expresión “imaginación femenina salvaje” con la que los líderes religiosos menonitas —hombres todos— descalificaron por años las denuncias de las mujeres, haciéndoles creer que ellas estaban incitadas por el demonio, o que su casa y familias habían sido poseídas por el diablo; lo que las condenaba al silencio ante la condena moral y religiosa de la comunidad. Dejó de ser un tema de “imaginación de mujeres” cuando encontraron a dos hombres en flagrancia intentando ingresar a una vivienda y cuando confesaron los crímenes.
Las mujeres sólo pudieron dar testimonio durante las pericias si eran autorizadas por sus esposos o padres; debían ser traducidas del Plattdeutsch o “bajo alemán” al castellano por ellos o traductores conocidos, pues las mujeres menonitas están prohibidas de aprender otro idioma. También están prohibidas de representarse legalmente, así que los denunciantes finales fueron sus esposos y/o padres. Ninguna mujer pudo denunciar directamente a sus perpetradores.
Los ministros de la comunidad les negaron atención psicológica porque —según ellos— cuando fueron abusadas “estaban dormidas”. Con los años muchas desarrollaron estrés postraumático, así como sus familias, al punto de tener que asegurar todos los puntos a acceso a sus casas con rejas y candados o contratar cuidadores no menonitas para que resguarden las propiedades durante la noche, algo nunca vivido en las comunidades.
A las mujeres de Manitoba también se les negó atención ginecológica integral, salvo los casos de brutales desgarros o serias infecciones producto de los abusos, incluido el parto de una mujer embarazada por su propio hermano, como declaró la periodista Mercedes Ibaibarriaga. Hay que subrayar que a las comunidades culturalmente se les ha negado aprender los nombres de sus órganos sexuales y reproductivos, así como cualquier forma de educación sexual, por lo que pocas mujeres pudieron describir las partes de su cuerpo violentadas y sólo atinaban decir que sentían dolor “ahí abajo”.
La dictadura moral de su religión incluso les ha impuesto una cláusula de perdón a los violadores, bajo el argumento de que si las mujeres víctimas no los perdonan, su dios no las perdonará a ellas; así como la cláusula de silencio comunitario sobre el tema que directamente impone “olvidar”. Frente a esto, debemos recordar, denunciar y enunciar estos crímenes que se escriben y sellan sobre los cuerpos de las mujeres.
Columnas de MARIELLE CAUTHIN


















