La manzana
Esta historia es verdad. Y quien quiera comprobarla no necesita un video, ni manipulado ni no manipulado.
En la plaza Colón, justo en la esquina con la México, trabaja Rogelio (nombre ficticio). Rogelio ofrece lustrarme los zapatos. Estaba esperando a un amigo y me digo a mí mismo: Y ¿por qué no? Es un trabajo digno. El cumple una función, yo tengo el zapato sucio listo para el lustrado.
Digo gracias, me siento en el asiento de lustrabotas, registrado, con todo en regla, su placa municipal y todo.
Tengo la opción de leer el periódico o hablar con él. Escojo hablar con Rogelio. Le pregunto del tiempo que trabaja ahí, etc.
Rogelio me cuenta que él vino de los Yungas, sus padres no podían mantenerlo. El no podía trabajar, tenía una pierna enferma con la polio, le había dado cuando tenía tres años. En los Yungas una señora caritativa, que visitaba Coroico, le sugirió a sus padres que ella se llevaría a Rogelio a Cochabamba para que le hicieran un tratamiento. Ella corría con los gastos, etc. Sus padres ante tal oferta no pudieron negarse. Agradecieron y enviaron a Rogelio con la señora.
Así llegó a Cochabamba. La señora cumplió su palabra. Llevó a Rogelio al médico, no pudieron hacer mucho, lo operaron dos veces, con algún éxito, pero sin solucionar la deformación. Sin embargo, la señora lo matriculó en un colegio que apoyaba a infantes con habilidades distintas. Estudió la primaria, la secundaria, se conoció con una chica que también tenía alguna habilidad distinta. Se enamoraron, ella se quedó embarazada, tuvieron dos hijos. Uno acababa de terminar economía, en la universidad. El otro estaba trabajando en Santa Cruz. Y Rogelio seguía trabajando para apoyar, ahora a sus nietos, por si tuvieran cualquier necesidad.
Me conmovió la historia. El trabajo era 5 bolivianos, le di 20. Era la feria del durazno, en la plaza vendían ese manjar, en unas bolsas de cinco kilos. Compré dos y le di una a Rogelio. Nos abrazamos y me fui a mi casa, con los zapatos brillando y con Rogelio en mi retina.
Pasaron tres años, volví a Cochabamba esta vez con mi hija de 11 años. Le había contado la historia de Rogelio. Además, le dije que, si estuviera Rogelio en su puesto, nos haríamos lustrar los zapatos.
Llegamos a las 10 de la mañana. Rogelio estaba armando su silla. Me acerqué; no me reconoció. Mi hija me miró con cara de “papá, te has inventado”.
—Rogelio —le dije—, ¿te acuerdas que nos comimos unos duraznos hace tres años? Le saltaron las lágrimas, nos abrazamos como los amigos íntimos en el reencuentro y lloramos lo nuestro. Yo por él y su memoria, él por mí, por lo mismo.
Mi hija también lloró por los dos. Nos limpiamos las lágrimas. Le presenté a mi hija. Me dijo que su nieta era un poco mayor, tenía 14 años ahora.
Acarició la cara de mi hija y me dio un beso.
Nos lustró los zapatos. Pagué 40 bolivianos. No quiso aceptar ni un peso. Le amenacé con nunca más volver. Aceptó el dinero y me dijo:
—No va a ser para mí, que sea para mi nieta como regalo de tu hija.
Volvimos a moquear. Nos abrazamos fuerte, muy fuerte.
Si Rogelio estuviera todavía trabajando ahí, ve y que te lustre los zapatos. Y si puedes regálale un beso y un abrazo de mi parte.
Menciona esta historia. Quizá no la recuerde, habla de los duraznos y recordará.
Y la manzana… feliz en su manzanero.
Columnas de CARLOS F. TORANZOS





















