Líbranos, Señor, de ser Sri Lanka
Que los dioses nos libren de las ideas geniales y de las buenas intenciones.
Hoy leo un interesante artículo sobre Sri Lanka, el antiguo Ceilán, hermosa isla en el Océano Índico, nación verdaderamente milenaria y hoy, lamentablemente, escenario de serios conflictos sociales.
Creo que algunas cosas nos unen con esa isla, especialmente en nuestra configuración geográfica. Me dirán que no estamos rodeados de agua... Y sin embargo, nuestras montañas y cierto tormentoso océano de provincianismo nos separan bastante bien del resto de la humanidad. Somos nomás una isla.
Pero no quiero irritar a mis amigos etnofascistas, convencidos de ser el pueblo elegido, ni a nuestros chauvinistas ordinarios, seguros de que el universo entero "nos envidia" (seguramente porque acá bailamos morenada y hemos inventado la salteña). De verdad quiero hablar de Sri Lanka.
Leo que su presidente propuso una idea aparentemente genial en 2019: lograr que la agricultura de su país fuera totalmente "orgánica" o ecológica en un plazo de diez años.
Armado con esa noble intención (cosa rara en un político eso de cumplir una promesa electoral), asumió la drástica medida de prohibir la importación de abonos sintéticos y pesticidas.
Puso en práctica el sueño de muchos de esos loquitos que jamás han cultivado en algo más grande que una maceta, pero que tienen, eso sí, una visión clara (léase maniquea e idealizada) de la agricultura... como si producir alimentos fuera algo sencillo, "natural" y esencialmente ajeno a la tecnología.
Me dirán que la causa es excelente, es decir producir alimentos como en un pasado no tan remoto, antes de la química moderna y de los motores a combustión interna, cuando todo se hacía a mano, confiando en la "Madre Tierra" para que todo saliera bien... ¿Acaso no era el mejor de los mundos?
No, justamente, todo lo contrario.
En las sociedades anteriores a la Revolución Industrial, el 80% de la población vivía en el campo, produciendo apenas lo justo para subsistir y, con suerte, alimentar al resto. La Historia registra lo que sucedía cuando una cosecha era especialmente mala: hambrunas, conflictos, violencia... La gente no tiende a ser muy amable cuando no hay qué comer o cuando los precios de los alimentos suben demasiado.
Leo que en Sri Lanka, luego de la prohibición de agroquímicos, la producción de arroz, esencial en aquel país, cayó en 20%. Y es posible que hubiese caído aún más, si no fuera porque el gobierno retrocedió y permitió nuevamente su uso para algunos cultivos, en particular para aquellos que se exportan al mercado mundial, como el té, el caucho o el coco. Tarde, sin embargo, pues el daño ya estaba hecho...
¿Intento criticar las elucubraciones metafísicas de ciertos ecologistas y su ausencia casi total de racionalidad? Por supuesto, hay que combartirlos antes de que sigan haciendo daño en Bolivia, pero no se trata de eso solamente.
Creo que también vale la pena tener una visión menos romántica del campo. Es inevitable que éste se vacíe y que se pierdan formas de cultivo que ya no se adaptan al presente, así como prácticas culturales que sólo tenían sentido hace medio milenio. La pregunta es entonces, ¿cómo logramos producir más y más barato, no sólo para una población esencialmente urbana sino para el mundo? Volver al pasado no puede ser nunca una solución.
Finalmente, y sobre todo, conviene aprender la principal y más dolorosa lección de nuestros hermanos insulares: no le demos nunca demasiado poder a burócratas con ideas brillantes ni a activistas bienintencionados.
Columnas de ERNESTO BASCOPÉ


















