Lo que está en juego
Hace algunas semanas parecía que el reclamo cruceño por la realización del censo en 2023 iba camino a la derrota por su aislamiento y que a nadie sino a Santa Cruz le interesa el esclarecimiento cierto de cuántos, dónde y cómo estamos los bolivianos; peor aún, que a los otros departamentos les interesa no saberlo. Hoy es evidente que no, la contundencia del paro cruceño y la tendencia a la suma de apoyos a su causa desde el interior así lo demuestran, pues no hace falta sino sentido común para comprender que el censo es el instrumento de diagnóstico más idóneo para la identificación de los retos del país y, sobre tal base, el diseño de las políticas y estrategias públicas destinadas a darles respuestas pertinentes. Hoy es evidente que el único interesado en no hacer el censo es el MAS, pues requiere impedir que se sepa “donde estamos parados” para mantenerse en el poder, a como dé lugar; mostrando nuevamente su exclusiva experticia: la combinación cínica de tonos amenazantes y melifluos, las convocatorias a diálogos distractivos, la persecución judicial y los actos violentos a cargo del lumpen a su servicio. Sí, quiere evitar que se confirme lo sabido: que la asignación de los recursos no corresponde a las necesidades reales, sino a la manipulación sectaria, que la migración campo-ciudad hace insostenible la sobrerrepresentación política rural sobre la urbana, que el padrón electoral contiene un bolsón de electores con pueblos fantasmas incluidos a ser usado a favor de la reproducción del poder para continuar en calidad de expropiador de la res publica, para medrar de lo que queda hasta el final, para entregar del todo el país al crimen transnacional organizado.
Con tal premisa se vislumbra sin mucha dificultad lo que está en juego. En principio, la posibilidad de poner al Estado y todos los actores económicos e institucionales a trabajar de consuno en la dirección correcta a fin de avanzar en la ruta de superación de los problemas y la satisfacción de las necesidades de la gente, al contrario de la depauperación sostenida que caracteriza a los regímenes del llamado “socialismo del siglo XXI”, condición para el sometimiento de las personas a sus designios por sus carencias materiales y morales. Sobre la base del diagnóstico emergente del censo se revelará, sin duda, no sólo el grado de presión demográfica creciente en dos o tres ciudades, sino en todas, y no sólo capitales de departamentos, que merece respuesta con la asignación de recursos. A la par, echará de frente el reto de diseño e implementación de políticas de equidad para los departamentos y municipios que acusen la terrible correlación pobreza-emigración.
También, y en especial, se juega la posibilidad de rescate de la democracia con todas sus cualidades porque nos encomendará la lucha por la limpieza del padrón que ha permanecido contaminado por la sumisión del órgano electoral a las órdenes del régimen, y el rediseño de la geografía electoral en busca de su legitimación basada en su coherencia con los resultados del censo, para eliminar la impostura de su simulación reponiendo la representación real que, por lo mismo, tenderá a la justicia.
Se añade que, en el fondo, se viene jugando algo inevitable: la ubicación del centro del poder político como efecto del devenir económico desde 1952. No en vano Santa Cruz se ha convertido en la “tierra prometida” a la cual llegan bolivianos de todos los departamentos (extranjeros también). Ésta es una constatación con base empírica, sin entrar en valoraciones acerca de la validez y/o los defectos de situación y las claves de su modelo de acumulación, que impacta sobre La Paz, la que a finales del siglo XIX se hizo de la sede de gobierno a través de una guerra llamada federal que paradójicamente consolidó en el país el centralismo secante que prevalece hasta hoy. Convocatoria a la intelectualidad paceña para asumir que el centro ya se movió y La Paz también debe moverse. En el medio, interpelación a El Alto, único punto económico de equilibro con Santa Cruz. Es aún incierto si se decidirá por su bien y el de Bolivia, o permanecerá atrapado por las minorías radicalizadas al servicio del desastre.
Siendo así, igualmente lanza el desafío al norte, ese Pando y Beni que de una vez tiene que ser presente dejando ya el cansino “hermoso futuro”, y al sur que ojalá reencuentre su unidad en un bloque diverso, fuerte, como bisagra del oriente y el occidente.
Mi compañero de lucha, colega y amigo fraterno, Alfonso Camacho Peña, era de quienes consideraban que Bolivia tiene como uno de sus rasgos identitarios y vitales la crisis. “El país se dirige todo el tiempo al precipicio. Cuando llega al borde, se detiene”, decía. Sí, el país es como un paracaidista adicto a la adrenalina que juega con la muerte en cada salto, apostando a que se abra su paracaídas. La cuestión es si tenemos puesto el paracaídas, si se abrirá y quién lo hará.
Por ahora, la certeza está en Santa Cruz y nosotros, con ella.
Columnas de GISELA DERPIC















