Agresiones invisibles
Muy a mi pesar, estoy en medio de una aglomeración de gente. De pronto, a escasos metros, observo algo absolutamente repulsivo: un enfermo se atreve a tocar a una jovencita aprovechando los vaivenes de la multitud. Y casi tan repelente es la sonrisa del degenerado, entre simiesca y retorcida.
Me apresuro a increpar al animal, pero la muchacha ha estampado ya su mano en la jeta del infeliz. Sorprendido por la reacción de su víctima, el tipo se queda quieto, aturdido. Parece que es la primera vez que alguien le recuerda las normas elementales de la civilización.
Lo zarandeo. No puedo evitar asco al tocar esa ropa grasienta y sentir su aliento infecto. La muchacha, con extraordinaria calma, me pide que me vaya, que no hace falta nada más. Con la mirada, me señala a la multitud...
En efecto, algunos rostros parecen salir de su sopor y miran con simpatía al degenerado. Éste, de pronto, se ha encogido y ha adoptado un aire de indefensión absoluta.
Comprendo a la muchacha. La turba defenderá al degenerado y preferirá acusarla a ella. Así es este país. Nos vamos rápido.
Cuento esto y mis amigas me dicen que deben lidiar todo el tiempo con esa clase de enfermos. Y tampoco les sorprende la reacción de la gente. Me aseguran que la primera reacción es siempre culpar a la mujer, no al agresor. Una cuestión cultural probablemente. Otra de nuestras sacrosantas tradiciones, sin duda.
Es, lamentablemente, el tipo de cosas que la mayoría de los hombres no comprendemos. Lo que me da algo de esperanza, por lo que me cuentan, es que cada vez menos mujeres toleran a estos degenerados. Ya no tienen miedo a responder con muy pertinentes sopapos. Confío en que pronto será la norma que estos infelices reciban su merecido. Espero también haya más gente dispuesta a aumentar la dosis de civilización que estas personas requieren. Esperemos que así sea.
Columnas de ERNESTO BASCOPÉ



















