Cambiar el diseño del Estado para liberar el desarrollo
Bolivia no es un país sin talento ni sin oportunidades; es un país atrapado en un aparato estatal que reproduce, día tras día, viejas lógicas autoritarias, incluso pese al cambio de partido político en el poder, se reproducen esos aspectos típicos del entendimiento de una forma de gobernar y un diseño estatal basado en la búsqueda de la hegemonía política.
Aquí la verdadera raíz del estancamiento, el problema del Estado y su relación con la sociedad boliviana, no solo se trata de trámites largos, normas confusas, funcionarios públicos prepotentes o instituciones lentas.
El problema es más profundo, hemos normalizado un Estado que exige obediencia, no resultados; que controla, pero no acompaña, que vigila, pero no facilita, un Estado que, en vez de servir, se sirve de la gente y una ciudadanía y organizaciones sociales que aceptan esa configuración a cambio de una dadiva política.
Entonces, tenemos un problema que parte de un elemento fundamental, el Estado boliviano, su burocracia y la incidencia de esto sobre el desarrollo, ya que si queremos hablar de desarrollo en serio, empecemos por desmontar y generar una reingeniería del Estado boliviano, ya que en las condiciones actuales, el Estado y la burocracia se han convertido en un obstáculo estructural para el desarrollo de la economía boliviana.
Para cambiar el Estado no basta digitalizar formularios, cerrar ministerios o cambiar autoridades, hay que desmontar las lógicas que lo sostienen, el modelo que reproduce todos los problemas y vicios políticos, el autoritarismo administrativo, la cultura del peguismo, la dependencia política, la arbitrariedad y el clientelismo.
La mayoría de los bolivianos vive de su propio esfuerzo. Emprendedores, productores, transportistas, artesanos, jóvenes que buscan oportunidades, todos ellos empujan al país hacia adelante mientras el Estado les jala hacia atrás. Por ejemplo, el año pasado la recaudación impositiva supuso 50 mil millones de bolivianos, cifra récord e histórica, de la casi el 100% se usó para pagar sueldos y salarios.
Es decir, se paga impuestos por actividades productivas, para financiar el sector no productivo y, además financiar un aparato público anclado en el pasado, que vuelve ilegal lo que debería ser normal, lento lo que debería ser simple, caro lo que debería ser accesible y criminaliza a los sectores productivos que al final del día son los que generan riqueza.
Por tanto, el paso para cambiar el sistema como señala el Gobierno, con capitalismo para todos, no es solo discursivo, implica un cambio mayor, el del modelo de Estado para dejar de reproducir autoritarismo y empezar a construir ciudadanía.
Aceptamos que este gobierno recién lleva menos de 15 días en funciones, pero ya chocó de frente con la misma maquinaria pública que ha frenado a todos los anteriores, esa estructura diseñada bajo una lógica política.
Si realmente se quiere ver un cambio se debe desmontar el Estado y su funcionamiento represor para pasar de un Estado obstaculizador a uno dinamizador, pero ello no pasa por cambiar de color y logos, sino que se necesita cambiar la forma en la que se reproduce el poder desde el Estado, porque el poder hegemónico estatal concentrado en el Ejecutivo y el desarrollo económico, son mutuamente excluyentes. Lo lanzo para el análisis.
El autor es sociólogo y analista de políticas públicas
Columnas de CÉSAR AUGUSTO CAMACHO SOLIZ

















