Cochabamba: de la memoria histórica al fin de los odoricos
Cada campaña electoral trae consigo su propio lenguaje, sus fórmulas mágicas y sus máximas repetidas hasta la náusea. Traigo esto a colación por aquella frase que aún resuena en la memoria: la consigna demagógica del inolvidable alcalde de la distópica ciudad de Sucupira, en la novela, El bienamado, Odorico Paraguaçu: “Dejemos los entretantos y pasemos a los finalmentes”.
Una frase que suena prometedora, progresista, que da la ilusión de movimiento, de cambio inmediato, de decisiones trascendentales. Pero, como toda demagogia, esconde la ausencia de concreción. Porque mientras la ciudadanía escucha, el político sigue leyendo su libreto, ajustando discursos, tomando fotos y dejando atrás la responsabilidad real.
Ese “finalmente” no suele llegar. Lo que sí queda, casi siempre, son los “entretantos”: obras postergadas, promesas recicladas, clientelismo disfrazado de gestión y la madre de todos los males, la corrupción. La frase se convierte en símbolo de la política oportunista: ruido de progreso sin sustancia, palabra que pretende llenar de significado lo que la acción demuestra vacío.
Odorico Paraguaçu, el arquetipo del político que aparece cuando necesita votos, representa la tentación de la ciudad por creer en soluciones rápidas, en eslóganes fáciles, en la ilusión de que la historia puede revertirse con frases bonitas.
Cochabamba no es una ciudad neutral ni dócil. Es una tierra forjada en conflicto, sacrificio y organización social.
¡Es una ciudad indomable!
En Cochabamba no nacen lilas de la tierra muerta. Nacen ulalas y jazmines de tierras fértiles con olor, todavía, a campiña y abundancia.
No es la tierra baldía, pero sí, mezcla recuerdos y anhelos que despierta
inertes raíces con lluvias primaverales.
Cochabamba, antes de ser escenario electoral, fue campo de batalla. Antes de ser plataforma política, fue trinchera. Recordarlo jamás será un ejercicio romántico, sino una obligación histórica, especialmente cuando se eligen gobernadores y alcaldes que pretenden administrar un legado que no les pertenece.
El 14 de septiembre de 1810, Cochabamba se levantó contra el dominio colonial y se convirtió en uno de los primeros territorios del Alto Perú en proclamar la independencia. Ese acto no fue improvisado ni aislado: fue el resultado de una estirpe social combativa, formada por campesinos, artesanos, mujeres, comerciantes y criollos que entendieron que la libertad no se delega, se conquista. La ciudad pagó caro ese atrevimiento.
Italo Calvino escribió que la ciudad no cuenta su pasado, lo contiene. Cochabamba lo contiene todo: las promesas incumplidas, los discursos reciclados, los nombres que se repiten y las mismas prácticas que se heredan de gestión en gestión. En las elecciones subnacionales —gobernadores y alcaldes— no se decide solo quién administra el poder local, sino si la ciudad vuelve a tolerar que ese poder sea usado como botín político.
Cochabamba vota siempre con una mezcla extraña de fe y cansancio. Fe, porque esta ciudad —valle, promesa, pan— se ha construido creyendo. Cansancio, porque esa fe ha sido explotada demasiadas veces por quienes aprendieron a pronunciar discursos como quien aprende un rezo vacío. Las elecciones subnacionales, las de gobernadores y alcaldes, no son un simple trámite democrático: son un espejo incómodo donde la ciudad se mira y se pregunta, una vez más, si esta vez será distinto.
La historia cochabambina no es ingenua. Es una historia de resistencia y paciencia. De tierra fértil y manos trabajadoras. De tradiciones que sobreviven más allá de los partidos y de una religiosidad que no siempre pasa por los templos, sino por la esperanza obstinada de que mañana puede ser mejor. La Llajta cree, pero no olvida. Y ese olvido selectivo que muchos políticos esperan nunca llega del todo.
Aquí, la política ha sido demasiado tiempo un oficio de promesas recicladas. Gobernadores que llegaron hablando de desarrollo y se fueron dejando excusas. Alcaldes que juraron amar la ciudad mientras aprendían a usarla como trampolín, como palanca, como escalón hacia algo “más grande”, como si Cochabamba fuera pequeña, boba, provisional, utilitaria. Como si no doliera.
Hay una ironía amarga en cada campaña: todos dicen venir a servir, pero pocos saben quedarse. Todos hablan de progreso, pero callan cuando el progreso exige honestidad. Se abrazan a la ciudad en época electoral y la sueltan apenas el poder les pesa más que la conciencia. Cochabamba ha sido muchas veces la amante fiel de políticos infieles: siempre disponible, siempre esperando, siempre perdonando, siempre, siempre…
Sin embargo, esta ciudad no es solo víctima. También es memoria. Y en cada elección subnacional late una pregunta profunda: ¿seguiremos premiando al oportunismo con nuestro voto? ¿Seguiremos confundiendo carisma con compromiso, discurso con verdad, propaganda con amor?
Porque gobernar Cochabamba no es solo administrar cifras ni inaugurar obras con placas brillantes. Es entender su ritmo, su dignidad silenciosa, su fe cansada pero viva. Es caminar sus barrios sin escolta moral. Es saber que la corrupción no solo roba dinero: roba futuro, roba confianza, roba la posibilidad de creer sin cinismo.
A quienes aspiran a ser gobernadores o alcaldes habría que decirles algo simple, casi brutal: amen a Cochabamba o no la usen. No la conviertan en discurso, no la reduzcan a botín, no la traten como palanca para proyectos personales. Esta ciudad no necesita salvadores, necesita servidores. No necesita mesías de campaña, necesita gestores honestos, valientes y, sobre todo, decentes.
Cochabamba seguirá creyendo, porque creer es parte de su identidad. Pero ojalá esta vez crea con los ojos abiertos. Porque la esperanza no debería ser sinónimo de ingenuidad, y el voto no debería ser un acto de fe ciega, sino de memoria lúcida.
Hay algo profundamente ofensivo en el oportunismo político que se disfraza de vocación. En quienes descubren a Cochabamba solo cuando la necesitan. En quienes pronuncian su nombre con solemnidad electoral y lo olvidan cuando el poder ya no lo exige. Esos no gobiernan ciudades: las consumen.
Por eso, este no es un pedido amable a quienes serán electos. Es una exigencia. Amen a Cochabamba o aléjense de ella. Amarla implica quedarse cuando no hay cámaras. Implica renunciar a la mentira cómoda. Implica entender que la fe de esta ciudad no es un cheque en blanco, sino una deuda histórica que debe pagarse con honestidad.
La política, aquí, necesita menos épica y más ética. Menos salvadores y más servidores. Menos promesas y más vergüenza ante la corrupción pasada. Porque no se puede gobernar Cochabamba sin pedir perdón, aunque no se haya robado personalmente. El perdón es el primer acto de amor hacia una ciudad que fue utilizada demasiadas veces.
Cochabamba no pide milagros. Pide decencia. Pide que quienes la gobiernen, después del 22 de marzo, entiendan que su pasado no está detrás, sino dentro: escrito en sus calles, en sus casas, en su gente, en sus necesidades, en sus tradiciones y urgencias. Y que cada decisión futura quedará grabada, también, como una nueva línea en esa mano abierta.
Las elecciones pasarán, como siempre. Los discursos se olvidarán. Los nombres se borrarán. Pero la ciudad quedará. Observando. Recordando. Esperando —no ingenuamente, sino con la lucidez de quien ya sabe leer las manos de quienes prometen gobernarla.
“La ciudad no cuenta su pasado, dice Italo Calvino, lo contiene como las líneas de una mano, escrito en las esquinas de las calles, en las rejas de las ventanas, en los pasamanos de las escaleras, en las antenas de los pararrayos, en las astas de las banderas, cada segmento surcado a su vez por arañazos, muescas, incisiones, comas.”
Aunque resulte cansino y casi utópico; la Llajta necesita personas, no personajes, ciudadanos, no políticos multicolor ni multisigno. Necesita memoria histórica: más transparencia, más espíritu ciudadano, más conciencia ética y moral y menos traición, menos robo, menos odoricos que hablen como pericos, menos odoricos que condicionen el voto ciudadano, menos maquillaje y más profundidad para solucionar los verdaderos problemas de fondo de Cochabamba.
El autor es comunicador social
Columnas de RUDDY ORELLANA V.





















