Carlos Medinaceli y “La Chaskañawi” (II)
El “atolondrado” Gamaliel Churata, peruano-boliviano como el Titicaca, y mentor de Gesta bárbara, otorga su testimonio: “Nuestra época fue de embriaguez decadentista, de humores verlainianos, de esquizofrenias alcohólicas. Hacer el bohemio poético en esos juveniles tiempos era lo más aristocrático y elegante que cabía a un mozo talentudo. Pues bien; eso había que frenarlo. Allí quisimos —pero no lo logramos sino en parte— inyectar licores primitivos en la sangre intoxicada: barbarie, es decir transparencia y salud mental y física. La bohemia nos hizo muchos impactos. Ese gran muchacho Carlos Medinaceli no pudo redimirse de ella y Bolivia perdió a uno de sus más grandes hombres” (Textos esenciales p. 178).
Derroche de inteligencia y talento, Gesta bárbara, el movimiento de sueños compartidos a cuatro mil metros de altura sobre el nivel de la mediocridad, significó mucho para Carlos Medinaceli. Fue el certificado de su nacimiento intelectual, su hogar y su universidad... Entre esos “bárbaros” —mezcla de “Raros” y “Noctámbulos”— afinó el arte de la buena lectura y ejerció el pensamiento crítico para mejorar su prosa. Aprendió, con el experimentado Churata, a organizar y administrar revistas culturales. Ebrios de ideas, luna y trago, los jóvenes bohemios no fueron “monjes” rumiando elucubraciones ajenas en el frío potosino. Tampoco guerreros de la libertad y la democracia: priorizaron el arte en una sociedad “filistea” e “inepta”. Se trataba, en palabras de un maduro Medinaceli, de un “modernismo esteticista”. Más que figuras románticas, esos rebeldes con causa, leyendo a Baudelaire y Poe, se atrevieron a ser ángeles caídos que trocaron sus alas por trajes manchados de vino, cigarro y soledad. Separados de la muchedumbre, y dominando tertulias, conferencias y “juegos florales”, sus escándalos y francachelas despertaron a la ciudad del cerro de plata. No les interesaba la fama pero hacían ruido. Literatura, mujeres, licor y chupi-uchus, Potosí, “orbe abreviado” —Hemingway no lo sabía— también era otra fiesta.
A partir del Potojsi (“gran estruendo”) de Gesta bárbara, la vida intelectual de Medinaceli se enriquece e independiza de las instituciones oficiales del saber. El magnífico autodidacta, enfrentado a la mediocridad de la universidad estatal, renuncia a concluir sus estudios universitarios. En palabras de su amigo Walter Dalence: “Cursó brillantemente tres años de la Facultad de Derecho, pero hastiado de su aridez se alejó de estas especulaciones para recrear su juventud con el claro son de las aguas del Tumusla”. Medinaceli huye de las aulas y se refugia en los libros. Hizo bien. ¿Qué podían enseñarle “catedráticos” que deturpaban la lengua de Cervantes? Carlos Medinaceli tenía demasiado talento para resignarse a un título de tinterillo. A huayraleva prefirió ser un “indocumentado” leído.
Sus necesidades económicas —no sólo de talento viven los escritores— lo obligaron a buscar refugio en el magisterio estatal. Burócratas pedagógicos lo destinaron a escuelas primarias (1917), al colegio Pichincha, a liceos de señoritas en La Paz y Potosí, y a la Escuela Nacional de Maestros en Sucre (1941-42). El albur de su destino magisterial es comprensible en un medio jerárquicamente opa. Mientras las medianías iban de embajadores, cónsules, secretarios de legación y “viajes de estudio” al exterior, Medinaceli ejerció y sufrió el “apostolado” del magisterio hasta su jubilación en 1944 con veinticinco años de servicio: “22 en educación y 3 en la administración” (Epistolario 354).
El resto de su vida casi no interesa: sus libros son su biografía. Deambuló entre Sucre, Potosí, La Paz y Tarija con breves visitas a Cochabamba. El poco tiempo que le dejaban sus labores docentes lo invertía en volver a su preferida “vida campesina” en Chequelte, una comunidad del cantón Vichacla del municipio de Santiago de Cotagaita. Allí lo imagino, en su escritorio de piedra, acariciando palabras y disfrutando trinos bajo el mismo molle coplero de “Porque van diez años que dejé mi tierra” (Octavio Campero Echazú).
Su muerte —escribo a mi pesar— parece el final de una novela de bajos fondos. Juan José Toro Montoya, respaldado por el certificado de defunción, comenta: “El médico que revisó su cadáver, Alfredo Lublin, lo encontró barbado y desnutrido.
Había fallecido en La Paz en la madrugada del 12 de mayo de 1949, cuando el invierno se anuncia feroz, pero el facultativo no se hizo demasiados problemas y puso las 06:00 como hora de la muerte. El diagnóstico revelaba que el alcohol lo había empujado a la muerte: insuficiencia hepática” (La Patria, 12 de mayo de 2019).
El alcohol y la docencia son adicciones enemigas del talento. Medinaceli sufrió ambas. Y, por su afición a la primera, apenas llegó a cumplir 51 años. ¿Chaupi punchaipi tutayarka? No. Ese breve tiempo fue suficiente para asegurar su inmortalidad.
Salo Flohr, el gran maestro internacional checoslovaco, asemejando el ajedrez al amor, explica que se trata de una pasión contagiosa a cualquier edad: “Les échecs, comme l’amour, sont contagieux à tout âge”. Así es la literatura, la infección de la palabra: un virus que no tiene vacuna. Carlos Medinaceli, “nostálgico y añorante”, vivió con esa pasión en cuerpo y alma, orgullo de quienes lo leen con fervor.
Más que sus necesidades económicas, la soledad y la indiferencia que sufrió en sus últimos años minaron su cuerpo y su escritura… reducida a notas que no deberían ser leídas. Revelan las pequeñas miserias a las que lo condenó una sociedad que desprecia libros y maestros. Queda, empero, el consuelo de que no sufrió la violencia estatal por su inteligencia. Alfonso Reyes, sobre la rivalidad entre las bibliotecas de Alejandría y Pérgamo, relata: “Cuando el pergamense Eumenes II intentó llevarse consigo al director de la biblioteca alejandrina, Aristófanes de Bizancio, Tolomeo V (Epifanes), para mejor resguardar a su sabio contra las tentaciones, lo mandó encarcelar...” (Libros y libreros en la Antigüedad).
Ni “monje” ni “guerrero”, Carlos Medinaceli murió como el escritor “bárbaro” que siempre fue. Lo arroparon el olvido, la ingratitud y la ignorancia que sólo es “magnífica” cuando desdeña la cultura. La crueldad terminó por sepultarlo. El día de su muerte, de acuerdo a Gamaliel Churata: “La Universidad negó sus salones para rendir honores al gran profesor de literatura boliviana; el Congreso, al representante nato de un gran pueblo: Potosí; tenía que ser el Burgomaestre de La Paz, de espíritu tan cristiano, quien hiciera de Cirineo y tomara la última cruz del sacrificio…” (“Prólogo a La Chaskañawi” 10). Bolivia, “país tan sólo en su agonía” (Gonzalo Vásquez Méndez), es una maravilla extraña con una sociedad de novela.
[Continuará]























