Huellas de John Williams Evans en Caupolicán
Sir Martin Conway (1856-1937), empresario, crítico de arte, cartógrafo, montañista y socio de la Real Sociedad Geográfica de Londres (RSGL), organizó la primera exploración sobre geología petrolífera, entre otros objetivos, para Caupolicán que “despachó” en 1901, a cargo del geólogo John Williams Evans, otro socio de la RSGL. Caupolicán abarcaba gran parte de la cuenca del Río Beni, desde los contrafuertes andinos y serranías situadas al oeste del río, como curvas paralelas (el Chupite y el Bala, por ejemplo), hasta los llanos amazónicos.
Cabe advertir que Sir Conway conocía Bolivia. En 1898, visitó el país para escalar el Illimani y el Illampu, no obstante, tenía otros intereses con Bolivia muy distintos a su pasión deportiva como accionista de la Bolivian Syndicate, una compañía anglo-americana, constituida por iniciativa de Felix Aramayo para rescatar goma en las selvas del Acre, todavía bolivianas.
Conway, al “despachar” la misión Evans, ¿la costeaba con sus recursos?, o su labor, ¿sólo implicaba promover y mediar intereses como gestor de algún trust? Muchos historiadores, atribuyeron a la Royal Dutch Shell patrocinar las exploraciones pioneras de petróleo en Caupolicán, sin revelar, ni aportar pautas, sobre las jerarquías, bases morales, o el modus operandi, que caracterizaban la relación entre instituciones científicas y capitalistas; una cuestión, cuya clarificación, continúa pendiente.
Sin embargo, la pluralidad de objetivos que comprendía la misión Evans, como era usual en aquel tipo de trabajos, parece haber respondido a los intereses de actores muy diversos. Evans y su equipo debían estudiar la vialidad terrestre y fluvial para la salida de materias primas, las condiciones meteorológicas y medioambientales de la región, investigar sus recursos naturales atractivos para ellos y observar los hábitos y conductas de las tribus “salvajes”, sobre todo, aquellas reactivas a la presencia del “hombre blanco”.
En efecto, a los patrocinadores les interesaban tanto las riquezas del territorio como sus posibilidades para la colonización del “hombre civilizado”. En ese marco, la misión Evans tuvo como objetivo central trazar el primer mapa de Caupolicán. Priorizar el conocimiento geológico, sobre la determinación de la viabilidad económica del transporte, habría rayado en el absurdo desde la óptica racional del sujeto capitalista.
De todas formas, Evans recorrió los cauces de los ríos Tipuani, Kaka, Mapiri, Tuichi, Chupiamonas, y otras regiones, cuyo interés para la minería fósil sigue vigente, identificando formaciones paleozoicas con estratos de pizarra, areniscas, calizas y arcillas, o sea, apropiadas para albergar petróleo. Además, los fósiles que recogió coadyuvaron a distinguir los estratos de interés petrolífero; como también, los que recolectó el Barón Erland Nordensköild en 1904, otro asociado de la RSGL, por la zona de Apolo.
¿Dónde habrán ido a parar esas colecciones fosilíferas, como las muchas otras que recolectaron los geólogos al servicio de gobiernos o capitales colonialistas en esos tiempos?, ¿existirán archivos al respecto en nuestra cancillería?, ¿algún canciller, impulsó gestiones, tímidas siquiera, para repatriar aquellos patrimonios perdidos de nuestra historia natural? Pero, ¿qué importan unas piedras ante problemas urgentes, como el déficit energético? —replicaran muchos—, y bien, como en Caupolicán todavía no se produce petróleo, al menos para una escuela de geólogos podrían servir.
El autor es economista
Columnas de JUAN JOSÉ ANAYA GIORGIS

















