Los incendios de la politiquería
Sería un tanto interesante la historia de los incendios políticos. El más antiguo es sin duda el del siglo XIX cuando los pirómanos le metieron fuego al propio Palacio de Gobierno. Ocurrió en 1875 y desde entonces se llamaba Palacio Quemado al vetusto edificio. Ahora se levanta detrás de él una lujosa mansión vertical de 26 pisos, con su pista de helicóptero en la cima. Para disimular la ostentosa opulencia, han utilizado el eufemismo de “La casa grande del pueblo”. Ese pueblo, claro que no existe.
Otros hechos similares ocurrieron no por accidente o por la maldad de fantasmas invisibles, como parece; sino más bien fueron ejecutados con “premeditación, alevosía y ventaja”, incluso con permisividad oficial: “Si no queman, con qué van a vivir”. Los incendios de bosques ahora convertidos en desiertos de humo y ceniza, como los de la Chiquitanía, fueron provocados, pero no se sanciona a nadie. Quien sabe porque la serpiente no se muerde la cola.
Si la pátina del tiempo aún no ha invadido la memoria, debe recordarse que el 9 de enero de 2007 los cocaleros incendiaron la prefectura de Cochabamba. Al no poderlo sacar de otro modo, tendieron esa trampa de fuego a Reyes Villa, quien para huir tuvo que disfrazarse de policía.
También fue espectacular la actuación de Alicia, no esa del país de las maravillas, sino la otra, la del país de los incendios. Ella ordenó el repliegue de los policías que resguardaban el edificio: “Donde manda ministra, no puede mandar prefecto”, dijo. Pero así y todo fue sólo un fusible; cumplió su papel y se acogió al exilio dorado. A su vez, el escurridizo “Bombón” demostró ser más astuto y más inteligente que las bartolinas. Haciéndoles un gesto de desprecio, tomó las de Villadiego.
El otro atentado pirómano se produjo en El Alto, contra la alcaldesa Soledad. Fue el 17 de febrero de 2016. Era víspera de elecciones. Al observar lo que pasaba ya entonces, Simón Bolívar sentenció con certeza: “No hay buena fe en América ni entre las naciones ni entre los hombres. Los tratados son papeles; las elecciones, combates; la libertad, anarquía, y la vida un tormento”.
Ardió varias horas la alcaldía. Hubo 6 muertos. Los verde olivos cumplieron a cabalidad las instrucciones de sus superiores: sólo tardaron dos horas en llegar al lugar. Pero lo más original es que a la misma damnificada le atribuyeron la autoría del atentado. Y un alto funcionario, después de su eficaz actuación como otro fusible político, se retiró con toda parsimonia, tranquilo. Ahora debe de estar de embajador en alguna parte.
Los hechos o las conductas malas se contaminan con rapidez. El siniestro de la Chiquitanía se topó, creemos que por azar, con los incendios verbales de la politiquería. Actúan éstos como un turbión desenfrenado. Las lenguas viperinas de la guerra sucia y las otras de fuego están pasando, con lo de octubre, por su mejor momento. ¡Qué diestros habían sido los candidatos para decirse cosas!
Son mitómanos por definición. El que más miente, el que más promete cosas hasta absurdas, sólo ése tiene la posibilidad de ser “honorable” y ganarse una jugosa dieta en el sindicato legislativo. Lo único que debe hacer es levantar la mano de cuando en cuando. Realmente la tentación debe ser irresistible.
El autor es escritor
Columnas de DEMETRIO REYNOLDS





















