Dictaduras de nueva cepa
Se solía creer, hasta tan solo ayer, que las dictaduras latinoamericanas ya eran cosa del pasado y habían sido, además, el exclusivo privilegio de la “bota militar”. Y se pensaba que ya no más, que ya pasaron, que la democracia ya llegó. Los militares de vuelta a sus cuarteles, urnas en vez de generales. Hubo un suspiro de alivio general, por todas partes; pero este duró lo que un soplido. Pues las dictaduras están de vuelta. Ahora con muchos votos y pocas botas. Y más insidiosas.
Cambiaron de embajada preferida (Washington por La Habana) a la hora de recibir las recomendaciones, órdenes, asesorías, instrucciones.
Por este lado, además, si antes se lucían charreteras, ahora se llevan sombreros, ponchos, Rolex –sin hablar de la gran colección exclusiva y en alpaca de los trajes de Evo. Si alguna revolución ha habido, en efecto, esta no fue más que vestimentaria. Otro ejemplo: se abjuró de la corbata y se favoreció el desaliño.
Las dictaduras de nueva cepa, en efecto, llevan otras modas y discursos, a más de que supieron atraer a recién estrenados actores, seducir o forzar poblaciones recitando, muy enardecidamente, actualizadísimas demagogias de la redención.
Así como las más recientes y nuevas cepas del virus (en sus variantes brasileña o sudafricana) son mucho más peligrosas, también lo son las nuevas cepas dictatoriales, tanto más difíciles de erradicar cuanto al poner su propia bota la disimulan bajo la forma de una abarca originaria –las modas cambian, ya lo dijimos.
No olvidemos que estas nuevas cepas, además, de todas formas pertenecen a un mismo virus. Con muy ligeras variantes, la cepa brasileña, más peligrosa, no deja de provocar la misma Covid. Las nuevas sepas dictatoriales, con todas las adaptaciones a sus nuevos entornos que se quiera, tampoco dejan de pertenecer a un tronco principal: el del totalitarismo.
Hoy mismo esto puede volver a verse, y con una claridad deslumbrante, gracias a ese grandioso libro que es Totalitarismos (tercer tomo de los Orígenes del totalitarismo) de Hanna Arendt, esa verdaderamente gran pensadora, de origen judío alemán y del siglo pasado. Y lo de ‘pensadora’, justamente, le viene muy bien, puesto que el hecho mismo de pensar, el acto de pensar, fueron algo sobre lo que buena parte de su obra no dejó de interrogarse. Ineludiblemente, esa interrogación también se dobló con el fenómeno, no menos inquietante, del no-pensar, de la ausencia de pensamiento, una de cuyas devastadoras consecuencias, precisamente, llega a ser, en el plano social, la destrucción de lo político y la genésis del totalitarismo, junto con “las variedades de nuevas dictaduras, sean o no totalitarias”.
Tal como las nuevas dictaduras latinoamericanas, añadiríamos ahora. En cuanto a la variante local de ese no-pensamiento, o ausencia de pensamiento, en casos como el boliviano, casi no es necesario decirlo, ésta se presenta como la estupidez extrema y a rajatabla, la que día a día debemos tragarnos los ciudadanos libres, a diferencia de los súbditos que las aplauden.
Tomaría una larga digresión contar las condiciones archivísticas y de producción del prodigioso libro de Arendt, que pese a haber sido terminado tan temprano (en 1949, apenas cuatro años después de acabada la guerra) explora y aclara, de una vez y para siempre, todos los resortes y entrañas de los totalitarismos, basándose en los casos del nazismo y el estalinismo.
Leer este libro hoy mismo, pese a que supuestamente está tan lejos en el tiempo y el espacio, resulta sorprendentemente actual y urgente. Página a página, párrafo a párrafo, se encuentran muchísimos detalles (nazis o estalinistas) fácilmente equiparables, aunque sea en chiquito, con aspectos del masismo o cualquiera de los movimientos de la izquierda reaccionaria internacional. De Castro a Evo, de AMLO a Kirchner, toditos quedan retratados en partes, reflejados en medidas ya descritas, denunciados y presentidos, anunciados. (Se califican como reaccionarias, por si acaso, a las izquierdas que se rehúsan a la prueba de la verdad, es decir a enfrentarse a la escalofriante realidad de los derechos humanos, la mega corrupción, el ecocidio, el etnocidio, etc, etc. –en Venezuela, Nicaragua, Cuba, Bolivia…).
Lo que quiso hacer Arendt y lo confiesa en las primeras líneas del prólogo, siendo por eso tan fácilmente universalizable, simplemente fue tratar de responder a preguntas como: “¿Qué ha sucedido? ¿Por qué sucedió? ¿Cómo ha podido suceder?”.
Escribió su gran libro (se imaginará cuán afectada, en tanto que judía, ante la enormidad de lo que acababa de ocurrir) sobre las cenizas, aún humeantes, del desastre absoluto que se había abatido, segando cientos de millones de vidas, en gran parte por la mera ausencia de pensamiento, con la consiguiente puesta a punto de formaciones totalitarias aberrantes. El libro está lleno de pequeños detalles, testimonios y citas, con miles de fuentes y se puede ver, con espantosa claridad, hasta el microcosmos interno que regía las barbaridades. Más de una vez, el lector se encuentra repitiendo: igual que aquí, igual que aquí…
El autor es escritor
Columnas de JUAN CRISTÓBAL MAC LEAN E.






















