Samaipata: descanso en las alturas
//Texto: Alicia Cortés Soruco//
//Fotos: Andrés Maclean//
Protegido por las paredes montañosas, el valle se abre, escondido tras las dulces colinas que poco a poco se convierten en gigantes de piedra. Bajo un manto de niebla, el amanecer nos presenta a lo que los incas llamaron el “Descanso en las Alturas”: Samaipata.
Un pequeño pero acogedor pueblo rodeado de historia, misterio y belleza. Los ecos del distante pasado todavía rondan entre las nubes. Las antiguas ruinas duermen, imperturbables, soñando con sus épocas de gloria. El viento y la lluvia recuerdan a todos los que han pasado por sus dominios, desde los viejos emperadores hasta los más desprevenidos turistas, que retoman los pasos de ejércitos olvidados.
Desde sus más remotos inicios, la zona de Samaipata ha sido un puente entre mundos. Un punto de conexión entre los imperios de las alturas y las orgullosas culturas del trópico. Un hogar del intercambio y del comercio, ruta económica entre los dos niveles más extremos de nuestro territorio, donde las nieves eternas y los vientos altiplánicos conviven en armonía con el verdor y el sol tropical.
En este núcleo del mundo precolombino, la historia ha dejado atrás sus huellas: el Fuerte de Samaipata, Patrimonio Cultural de la Humanidad, una de las atracciones turísticas más importantes del país. Esta locación de historia viva es considerada la piedra tallada más grande del mundo y nos da una mirada fugaz a la vida de tres culturas: chané, inca y española. Con una vida que data del 300 d.C. (aproximadamente), el complejo del Fuerte de Samaipata encierra tanta belleza como misterio. Todavía es poco lo que sabemos de esta construcción, pero su imponente presencia se mantiene intacta, incluso después de más de 1.200 años.
Por otro lado, el clima ideal nos ofrece un espacio perfecto para olvidar los extremos de las ciudades y disfrutar del encanto rural que solo los pintorescos valles bolivianos nos ofrecen. Así como sus huellas arqueológicas, la riqueza natural de Samaipata parece ser eterna, llena de árboles siempre verdes cubiertos de niebla o bañados por la luz del sol que nos guían por caminos de tierra rojiza y húmeda.
Esta belleza típica, mezclada con el misterio de las antiguas ruinas circundantes han atraído a visitantes de todo tipo: jóvenes que viajan para disfrutar de días relajados y divertidos, adultos que buscan disfrutar de la larga historia y nostálgicos paisajes y extranjeros que encuentran en la zona un llamado espiritual o estético. Estos visitantes no siempre se quedan en esta categoría: muchos han hecho de Samaipata su hogar, estableciendo negocios, locales y tiendas de todo tipo.
Es poético, de cierta manera, que hoy Samaipata contenga esta amplia variedad de personas, culturas y emprendimientos. Que una vez más, sea un punto de encuentro entre pueblos de distintos lugares y que reciba visitas de todos lados. Desde sus inicios, esta zona ha sido una frontera entre mundos, un lugar de comercio e intercambio, tanto económico como cultural. Parece justo que, en nuestra era, lo siga siendo.
Sin embargo, paseando entre las construcciones coloniales del pueblo, protegidos por las cumbres y observados por el Fuerte, nos preguntamos cómo podemos hacer que esto siga un camino próspero. ¿Qué es lo que nos falta para hacer de Samaipata (o cualquier locación turística boliviana) un destino realmente único e inigualable? ¿Infraestructura, guías, servicios y más hoteles? ¿O es acaso que necesitamos transporte más directo al destino? ¿Marketing, tal vez?
Sí, necesitamos todo eso. Pero, esencialmente, necesitamos voluntad colectiva. Sí, el pueblo de Samaipata ha logrado un desarrollo increíble, cuidando sus zonas históricas y desarrollando una red de servicios turísticos de alta calidad. Sí, el público (tanto nacional como internacional) ha prestado atención y viaja constantemente a este bello destino. Sin embargo, el crecimiento es lento y todavía falta mucho camino hasta que Samaipata disfrute de los frutos que ha sembrado.
Después de todo lo que hemos aprendido en estos dos años, después de ver el poder del trabajo en conjunto y la importancia del turismo en el país, es momento de invertir seriamente en el desarrollo de las joyas turísticas bolivianas. No solo en el sentido de establecer negocios, sino también de invertir en lo nuestro, en optar por servicios bolivianos, en consumir productos locales y en visitar las maravillas que nos pertenecen, antes de conocer el resto del mundo.
Amar nuestra tierra es el camino hacia el desarrollo. Y es así como nosotros podemos construir a nuestro país. Aprendamos a disfrutar de lo nuestro, a enorgullecernos de nuestra historia y nuestra herencia, a apreciar la increíble riqueza cultural que tenemos. Porque es entre los caminos de antigua piedra tallada donde encontramos los cimientos de nuestra Bolivia, Una Gran Nación.




























