Día Internacional de la Mujer
El contraste entre los deseos y la realidad obliga a ensayar una mirada más serena, comprensiva y desapasionada sobre la real dimensión de un desafío ante el que los deseos y la voluntad no resultan suficientes
Hoy se conmemora en todo el mundo el “Día Internacional de la Mujer Trabajadora”. Es una jornada que desde 1975 fue institucionalizada por la Organización de Naciones Unidas con el expreso propósito de llamar la atención de los organismos internacionales, los Gobiernos del mundo y la sociedad en general, sobre las dificultades que año tras año, década tras década, continúan dificultando la construcción de un mundo menos hostil para la mitad de la humanidad.
En nuestro país, tal como ocurre también el 11 de octubre, día de la mujer boliviana, la jornada se presta para hacer una evaluación sobre los avances, estancamientos y retrocesos que se registran en el proceso que conduce hacia la equidad de género.
Al hacer el balance, lo primero que debe llamar la atención es que la causa de unas relaciones más justas y equitativas ha logrado más conquistas que durante los muchos milenios anteriores.
En efecto, apenas algo más de un siglo ha transcurrido desde que en un día como hoy, una huelga de trabajadoras textiles estadounidenses sentara las bases de un proceso ininterrumpido de conquistas que en muchos aspectos ya no hay puntos de comparación. Son tan profundos los cambios, que la presencia de mujeres en los principales escenarios económicos, políticos o culturales es ya tan habitual que a las nuevas generaciones les resulta difícil imaginar algo diferente.
Sin embargo, y sin desmerecer esos logros, una mirada a la agenda informativa internacional, nacional y local resulta suficiente para comprobar que los avances empalidecen cuando se los compara con lo mucho que falta por hacer. En todo el mundo –y Bolivia no es una excepción-- la causa de la equidad de género está lejos de llegar a la inmensa mayoría de las mujeres para las que las leyes y los discursos no han sido suficientes para transformar, por lo menos no en la medida de lo esperado, sus condiciones de vida cotidianas.
Los datos que dan cuenta de lo lejos que todavía estamos de una sociedad en la que ser mujer no sea una desventaja son abundantes. Indicadores como pobreza, violencia, analfabetismo, empleo, seguridad social, equidad salarial, entre muchos otros coinciden, sin excepción alguna, al señalar que las mujeres siempre llevan las de perder.
Esa paradójica relación entre los muchos éxitos y las no menos frustraciones de la causa femenina se manifiesta de muchas maneras. Se destaca, por una parte, la mayor independencia y libertad que les da a las mujeres la posibilidad de controlar su propia maternidad y la posibilidad de obtener sus propios ingresos económicos sin depender del rol proveedor masculino. Como contrapartida, sobresale la violencia de la que con creciente frecuencia y crueldad son víctimas las mujeres que se resisten a someterse pasivamente a las funciones heredadas.
Tan notable contraste indica que cambios tan profundos como los que están en curso en las relaciones entre hombres y mujeres son mucho más difíciles de lo que sería de desear. Lo que lejos de ser motivo de desaliento, debe dar lugar a una mirada más serena, comprensiva y desapasionada sobre la real dimensión de un desafío ante el que los deseos y la voluntad no resultan suficientes.




















