El sida, un reto que no se puede eludir
Si la atención que una sociedad dedica a combatir al sida es un indicador de su vulnerabilidad, habrá que concluir que la nuestra es una de las más vulnerables
Hace 28 años, cuando en 1988 se reconoció al Virus de Inmunodeficiencia Humana (VIH) y su consecuencia, el Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida (SIDA), como el más grave problema de salud que tendría que afrontar la humanidad durante muchas décadas, se creó el Programa Conjunto de las Naciones Unidas sobre el VIH/sida (Onusida), con la Organización Mundial de la Salud (OMS). La fecha en que se adoptó esa resolución, el 1 de diciembre fue dedicada a llamar la atención de los Gobiernos del mundo, de las organizaciones de la sociedad, de cada una de las personas y especialmente de las más jóvenes, sobre la imperiosa necesidad de mantener permanentemente un estado de alerta para afrontar el mal.
Un elemento fundamental de las actividades que anualmente se organizan para ese efecto es la difusión y análisis de los datos estadísticos para evaluar con la mayor precisión posible el estado actual de la lucha contra la epidemia, en cada uno de los países del planeta. El propósito es que el análisis de esos datos sirva para hacer los ajustes necesarios en las políticas públicas y así identificar las mejores maneras de progresar en los resultados.
La importancia que se le asigna al buen manejo de los datos estadísticos se explica porque ésa es la mejor manera de que cada comunidad humana tenga una cabal idea del lugar que ocupa en el campo de batalla, elementos de juicio para evaluar cómo lo está haciendo, y capacidad para identificar sus aciertos y deficiencias, reforzar los planes de acción exitosos y hacer los ajustes necesarios en los que no lo son.
En ese contexto, sería necesario contar en el país con datos precisos y actualizados sobre las múltiples variables que configuran nuestra situación. Lamentablemente, eso no es posible porque una vez más nuestro país se destaca entre los que abordan con poca seriedad el asunto, lo que se refleja, entre muchas otras maneras, en la falta de información actualizada y fidedigna.
Pese a esa limitación, las pocas cifras disponibles son suficientes para confirmar que Bolivia sigue entre los países que dan más motivos para la preocupación, pues no se termina de dar al asunto la importancia que merece en la agenda de políticas públicas, lo que se refleja en el alarmante ritmo al que el VIH se está difundiendo entre nuestra población.
A juzgar por la escasa información disponible, el Estado boliviano sigue arrastrando muy graves deficiencias en las políticas preventivas, las relacionadas con la educación e información. Y aunque ese vacío ha sido llenado, por lo menos parcialmente, por instituciones privadas, no ha sido suficiente para compensar las deficiencias de las instituciones estatales, lo que se refleja en nuestras debilidades para evitar el continuo avance del mal.
En tales circunstancias, y como normalmente lo hacemos en esta fecha, corresponde exigir una vez más a quienes tienen en sus manos la salud del pueblo boliviano que dejen de incurrir en la omisión de sus deberes en el combate a esta enfermedad. Y si no pueden asumir la responsabilidad que les corresponde, por lo menos que no impidan que sean otras instituciones las que suplan esa carencia.



















