Ciudadanía universal
El discurso sobre la “ciudadanía universal” nos hace entender la dura realidad del migrante; sin embargo, aunque suene muy pesimista, aquel concepto es todavía un ideal inalcanzable que no resolverá los problemas de la gente
Con la presencia de importantes personajes políticos se realizó en Cochabamba, los días 20 y 21 de este mes, la Conferencia Mundial de los Pueblos: “Por un mundo sin muros hacia la ciudadanía universal” que, como dice su nombre, tuvo como eje central de discusión la “ciudadanía universal”; en torno al cual se desarrollaron intensas horas de trabajo y se elaboraron interesantes discursos que, desde mi punto de vista, tienen dos componentes aparentemente opuestos entre sí, uno de utopía y otro de realismo.
La utopía y el realismo no son obligadamente dos factores que se excluyan mutuamente. Por ejemplo, Carlos Marx fue un acucioso científico que tuvo la virtud de quitar la máscara a la cruda realidad social en la que vivimos, pero al propio tiempo nos condujo a la hermosa, pero a la vez utópica idea del socialismo: un mundo de igualdad y de justicia social. Entonces, de ello deduzco que el hecho de describir y entender la realidad, no nos impide soñar con una posible solución, aunque ésta no sea la solución posible en la realidad. Considero que en la discusión sobre la “ciudadanía universal” se presentó este particular fenómeno, hubo utopía y también realismo.
De una parte, se ha intentado instalar en la conciencia colectiva la noción de que somos ciudadanos del mundo, todos hermanos entre sí, sin colores ni razas; de esta manera, los muros o las fronteras de los Estados serían monstruosos obstáculos o repugnantes creaciones artificiosas que impiden la hermandad de los pueblos. Parece que hemos olvidado el mundo donde vivimos, pero aún así las utopías son capaces de provocar acciones positivas y altruistas, a pesar de lo inalcanzable de los resultados propuestos.
De otra parte, el discurso sobre este problema hizo comprender que los grupos humanos migran hacia el extranjero principalmente por problemas económicos, extrema inseguridad, situaciones de guerra, hambre y miseria, buscando mejores condiciones de vida. En este empeño, el migrante atraviesa duras circunstancias de maltrato y discriminación, por su condición económica, características culturales, credo religioso, color de la piel u otras causas de distinta índole. Para agravar este problema, algunos Estados desarrollados del mundo han decidido cerrar sus fronteras al migrante, acabando con la ilusión de aquellos grupos humanos de alcanzar una mejor calidad de vida. Este es un asunto que merece especial atención en el ámbito de los derechos humanos y tendría que resolverse fundamentalmente por esa vía. Lamentablemente, aunque no sea de nuestro agrado, los muros y las fronteras de los Estados existen, y no desaparecerán de un día para otro.
La respuesta que se dio en la Conferencia Mundial de los Pueblos a esta cruda realidad, fue de hacer prevalecer la ciudadanía universal en un mundo sin muros ni fronteras.
Sin duda, la representación de Ecuador encabezó la discusión y el discurso sobre la “ciudadanía universal”, pues se trata de uno de los pocos países del mundo que reconoce como principio constitucional la “ciudadanía universal y la libre movilidad”, basado en el ideal de la progresiva extinción de la condición de extranjero, como elemento transformador de las relaciones desiguales entre los Estados. De este modo, se alcanzaría la pregonada “ciudadanía universal”. Para lograr este resultado se requeriría de una economía dolarizada o de moneda única, el libre visado para el ingreso de extranjeros, derecho al sufragio activo y pasivo, derecho a los programas sociales y otras medidas tendentes a igualar la condición del extranjero a la del nacional de cada Estado, sin distinción de ninguna naturaleza. En el papel, la solución parece fácil, en la conciencia, la solución suena atractiva, pero en la realidad ella está muy cerca de la utopía.
En un inicio, cuando Ecuador lanzó el principio de “ciudadanía universal y la libre movilidad”, abrió sus fronteras a los migrantes; de hecho es uno de los Estados con mayor población de refugiados de América Latina. Pero luego se supo que la cantidad de migrantes no se había incrementado significativamente respecto al periodo anterior, porque Ecuador retrocedió y empleó reglas tradicionales en cuestión migratoria. Aplicó legislación restrictiva en materia migratoria, hizo redadas u operativos para cazar a los indocumentados, la visa del turista costaba $us 450.- (uno de los más altos de la región), no concedió derechos políticos a los migrantes, sino tan solo ciertos beneficios en políticas públicas y derechos sociales. Es decir, hizo lo que hace todo el mundo. Sólo recientemente, este año, aprobó una nueva norma migratoria, la Ley Orgánica de Movilidad Humana (de la que podemos hablar en otro artículo).
Con todo, se evidencia que el discurso sobre la “ciudadanía universal” nos hace entender la dura realidad del migrante; sin embargo, aunque suene muy pesimista, aquel concepto es todavía un ideal inalcanzable que no resolverá los problemas del migrante. De momento es eso, un interesante discurso político que podrá oponerse a pseudos dictadorcillos como Trump y otros que en una perversa movida política decidieron hacerle la vida imposible a los extranjeros, sobre todo los del sur. Por supuesto, lo que se rescata de la Conferencia Mundial de los Pueblos es que es posible luchar en el ámbito de los Derechos Humanos por la dignidad del migrante.
El autor es doctor en Derecho y catedrático universitario.
Columnas de JUAN MARCOS TERRAZAS ROJAS





















