Engatusamiento ideológico
Si algo se debe reconocer a la actual gestión de la política económica es su capacidad infinita de echarse flores haciendo un uso abusivo de la autocontemplación y de la propaganda. Los sacerdotes del régimen están locamente enamorados de los espejos. De sus espejos y resultados económicos. En las últimas semanas han salido coquetas publicaciones del oficialismo ensalzando 12 años de administración. Se deshacen en autopiropos y en engatusamiento ideológico. Para mayo, se organizan dos cultos, denominados seminarios internacionales, en los que los hermanos y compañeros hablarán sobre los milagros económicos del proceso de cambio. Por supuesto, son rituales sólo para convertidos y seguidores. Cero presencia de voces críticas.
Entre tanto, en la práctica, el nacional populismo está con serias abolladuras en su legitimidad. Sin duda ha perdido bases de credibilidad social y política por el desconocimiento de los resultados del 21F. La creación o relanzamiento de enemigos internos y externos es una estrategia cansada y menos efectiva. Son pocos los soportes racionales que habilitan las acciones del Gobierno. Por lo tanto, la estrategia es sobredimensionar los resultados económicos, negar hasta la muerte los problemas y culpar al imperio o a la derecha de los fracasos.
En el primer caso, los dueños del poder han desarrollado un curioso fetichismo por el Producto Interno Bruto (PIB). El fetichismo es una creencia política, económica o sexual que atribuye a los objetos o conceptos poderes sobrenaturales. Para la PIBocracia, el crecimiento promedio del 5 por ciento entre 2006 y 2017. Es el tótem a ser adorado. Frente a él, todos los devotos de la virgen del puño izquierdo en alto, los fieles sacerdotes del horizonte de los santos de los últimos días del capitalismo y otros exegetas de la revolución deliran ante las subidas y bajadas de la cifra encantada. La PIBocracia extractivista insiste en que desarrollo económico es sólo el crecimiento de esta variable. Casi nunca se habla de otros indicadores, como el bienestar, la salud, la educación, el medioambiente, la inseguridad, la felicidad, la productividad, las libertades ciudadanas y otras variables que muestran que, en realidad, el desarrollo integral y sostenible es una categoría multidimensional.
Asimismo, para convertir el desempeño económico en el centro de la política se niegan los problemas. En efecto, el déficit comercial por tres años consecutivos, el agujero fiscal que persiste por cinco años seguidos y que este año será superior al 8 por ciento del PIB, la pérdida de reservas internacionales y otras dificultades, en realidad, son aciertos y virtudes incomprendidas por los enemigos del modelo.
En el primer caso desde la cúspide del gobierno se afirma: “Bolivia registra un déficit comercial saludable”. Dada la asociación entre medicina y economía, equivaldría a decirle a una persona: “Qué bien te sentó esa diarrea, bajaste varios kilos. Velo por el lado amable, casi te vas en aguas, pero recuperaste el garbo”. Son males que hacen bien.
El sui géneris argumento del déficit comercial saludable es que estaríamos comprando más cosas de afuera para fortalecer la matriz productiva nacional. Por ejemplo, los bienes de capital aumentaron en 8,8 por ciento, entre 2016 y 2017. Los incrementos serían del 21,4 por ciento en la importación de bienes para la agricultura y 15,9 por ciento en bienes para la industria. El subtexto del argumento es que en el corto plazo perdemos plata, pero es para que el mercado local crezca. Si estas importaciones fueran para diversificar el aparato productivo y que después éste generara mayores ingresos de exportaciones, se podría aceptar esta explicación, pero viendo que los últimos años se consolidó el modelo primario exportador extractivista, esta justificación es falaz. Nos estamos desangrando y punto.
Otro argumento capcioso del oficialismo es que el déficit fiscal sería bueno para la economía boliviana. La justificación de este alegado supone que la inversión y el gasto público nos darán frutos en el mediano plazo. Las inversiones tendrán rentabilidad a futuro. Pero, observando el portafolio de los gastos de capital de los últimos 11 años, hay muchas dudas sobre si se camina en la dirección señalada o cuál es el beneficio de coliseos donde sólo juegan los ratones. ¿De aeropuertos adonde no llegan aviones? ¿De museos sin gente? ¿De edificios improductivos? ¿De carreteras que no conectan polos productivos? ¿o plantas petroquímicas sin gas ni mercados? ¿De empresa públicas sin insumos productivos? ¿De proyectos carreteros que destruirán la naturaleza?
Ahora bien, cuando ninguna de estas explicaciones funciona, está el trillado argumento de culpar de los males económicos a una conspiración del imperio y la derecha. ¿Espejito, espejito, quién tiene el modelo económico más bonito? ¡Tú gatito neorrevolucionario!
El autor es economista.
Columnas de GONZALO CHÁVEZ A.




















