Bichos y pandemia
Confieso que desde pequeña me fascinan los bichos, aludiendo al dulce denotativo en portugués que se refiere a “animales” y, en términos más poéticos, a los seres vivientes. Transité de una dañina contemplación de insectos a una menos nociva auscultación de aves. Finalmente, me dediqué al estudio del bicho más presuntuoso y destructivo del planeta. Para ese entonces, al estilo del Quijote, estaba irremediablemente trastornada con la lectura, no de novelas de caballería, sino de teoría social y afines.
No obstante, no he abandonado mi inclinación por las maravillas naturales y no hay minuto en que no quede hechizada por el infinito universo que nos rodea. A partir de esa perspectiva, a través de una visión humilde que permite la curiosidad sin pretensiones ni objetivos “utilitarios”, tengo la certeza de que el bicho humano, muy convenientemente, subestima a los demás seres vivos.
Por ende, moros y cristianos comparten el viejo mito del ser humano como “imagen y semejanza de Dios”, representación enquistada en buena parte de las interpretaciones religiosas, filosóficas y hasta en la ciencia, empezando por el clásico enfoque abrahámico, pasando por los que se desgañitan en demostrar, “científicamente”, lo que diferenciaría a humanos de otros bichos, y terminando con los que prefieren afirmar que ostentamos “genes extraterrestres” antes que admitir similitudes con las formas de vida en la Tierra.
En consecuencia, más allá de que las últimas investigaciones biológicas vislumbran asombrosas particularidades propias del mundo animal y vegetal, y mientras las ciencias sociales y humanas, poco a poco, van aceptando las semejanzas entre el comportamiento humano y el de otros animales, una mayoría de nuestros congéneres insiste en la supuesta “excepcionalidad” de la especie, como si tal cosa nos librara del carnal, mortal y efímero destino de todos los organismos (que, por cierto, hoy nos queda muy claro con esta pandemia).
Respecto a los seres vivos en general, y no sé con qué derecho, nos damos el lujo de despojarlos de conciencia, de razón e inclusive de sentimientos. Aseguramos que no manifiestan placer, amor, inquietudes, felicidad o angustia. Les amputamos la noción de sí mismos y la posibilidad de pensar, de comunicarse, de expresar empatía o de proyectar sueños.
Es cierto que, siguiendo el orden natural, está el matar para sobrevivir. Pero la humanidad, no solamente se remite a ello, sino que cree poseer la atribución de dirimir la existencia de los otros seres vivos, de encerrarlos, aplastarlos, mutilarlos, exhibirlos, modificarlos, esclavizarlos.
En ese marco, justificamos un patrón social petulante y desmedido de relacionamiento con el entorno, al concebir a la naturaleza únicamente para servirnos y generando un grado de “aprovechamiento” irresponsable e insostenible de la misma. Y allende de montar espantosos mataderos y granjas donde los animales se transforman en productos en serie, de extenuar la tierra, de arrasar con los árboles, de contaminar el agua, de ensuciar el aire y de propiciar la extinción de especies y de ecosistemas enteros, a pesar de todo, ese patrón no evita que, en algunos rincones del orbe, haya infinidad de gente que sufra de hambre.
Hace unos días salió en las redes sociales una noticia muy peculiar: Un hombre ubicó que “sus” enjaulados pajaritos son seres vivos que, más de paso, vuelan. Traumado con el propio encierro, decidió liberarlos.
De esa manera, así como el contexto lúgubre de las ciudades en cuarentena se llena de las libertarias hierbas silvestres para algarabía de abejas y picaflores, ojalá que las lecciones de la pandemia signifiquen el brote de un replanteamiento de nuestra relación y convivencia entre nosotros y otros seres vivos.
La autora es socióloga
Columnas de ROCÍO ESTREMADOIRO RIOJA





















