La generalización de toda una generación
Cierta nomenclatura se cierne sobre las generaciones de manera popular. Se supone, arbitrariamente, que la edad o el año de nacimiento confieren mágicamente un estado psicográfico general; me refiero a todas las bondades y virtudes que se vierten sobre la generación millennial, o los centennials, o los baby boomers. Esta jerigonza reduccionista, propia de la mercadotecnia, ha evolucionado en una vertiente que pretende generalizar en la complejidad.
Según su cercanía o contacto con las bondades de la tecnología, una persona nacida en Bolivia después del 95, sería actualmente centennial, pero es probable que haya estado en su corta vida menos expuesto a la tecnología que un japonés nacido en los años 80. Esto derivaría en que ese japonés sea más centennial que el propio “centennial”. Como país, estamos cerca de la teoría que nos susurra al oído sueños del futuro, como el Internet de las Cosas o la Inteligencia Artificial, entre otros; pero lejos de la práctica.
No se puede aplicar una fórmula tal cual, reducir una generación de bolivianos nacidos entre 1981 y 1993, y pretender que compartan características con japoneses, finlandeses, chinos y australianos, y todos ellos entre sí, es procaz. El contexto y la cultura, el habitus, como diría Bordieu, los han configurado de maneras únicas e incomparables. La fórmula millennial a veces funciona como un ente moral, son ecologistas, dicen; a veces, como un ente progresista, son emprendedores, dicen; pero la mayor parte del tiempo, como un estertor de una generación homogénea que no existe.
Este tipo de generalización sólo nos aleja de la verdad. Nos pone en una zona confortable, donde el individuo se pierde ante su cercanía tecnológica. Este pequeño detalle hará que no comprendamos a la generación que viene, a la que no le queremos vender nada y por ello no la hemos nombrado aún
Columnas de CAMILO ALBARRACÍN ZELADA

















