Reemplacemos las estatuas por árboles
Generalmente, y con muy pocas excepciones, las estatuas en espacios públicos representan un simbolismo militar, de poder y de conquista. Suelen consagrar a los “ganadores” de las guerras, a genocidas “conquistadores” de territorios arrasados, a prosaicos esclavistas, a tiranos que medraron de sus cinco minutos de poder. La ecuación es simple: Si tienes poder = el poder se te sube a la cabeza = te levantas una estatua y mejor todavía si le haces una a tu mamá, abuelito, tío, esposa y amante.
¿Algunos (tórridos) ejemplos al respecto?
Primero vayamos a lo “clásico”. Cristóbal Colón transitó de aventurero viajero a vulgar esclavista con el “descubrimiento” de “Las Indias”. Y era un abusivo de mierda, ya que incluso practicaba la tortura y el desmembramiento punitivo. Isabel la Católica era monarca de un Estado expansionista a costa del genocidio y la esclavitud de otros pueblos. Adicionalmente, fue promotora de la “Santa” Inquisición, uno de los peores sistemas institucionalizados de persecución y sádico tormento a cualquiera que pensara. Es cierto que, como en todo lo humano, estos personajes son complejos y también luces tendrán. No obstante, siendo tan contradictoria y escandalosamente humanos imperfectos, ¿para qué divinizarlos y erigirles un monumento?
Ahora transcurramos a lo más burdo. Los más entusiastas en construirse estatuas son los gobernantes con algún grado de autoritarismo. Los sultanismos de Centroamérica y El Caribe (catalogados como los despotismos más duros en América Latina) eran propensos a realizar tal culto a la personalidad de los dictadores, que abundaban las efigies a sus figuras, allende de denominar a lo público con el rimbombante nombre del mentado “benefactor”. El caso de Trujillo, en República Dominicana, rebasó los límites del patetismo porque hasta Santo Domingo pasó a llamarse “Ciudad Trujillo”. ¿Esta actitud no remite a caudillos locales de variadas épocas que babearon con “inmortalizar” sus “gallardas” siluetas en “mármol y en bronce” o con bautizar calles y avenidas? ¿O de hacerse museos?
Entonces, si casi siempre las estatuas públicas son un escueto símbolo de quién controla el poder o de quién alzó su espada sobre las cenizas de guerras y conquistas mezquinas, ¿por qué nos desgañitamos tanto en defender a esos mamotretos?
Lo trágico es que mientras discutimos de estatuas, el bien común real y crucial, una vez más, se quema criminalmente, impunemente. Trágico es constatar que para muchos bolivianos/as tiene más valor un pedazo de concreto o de metal que no alimenta, ni da agua, ni aire, mientras miles de hectáreas de bosques y selvas se incineran y por responsabilidad y dolo de la mano criminal que, “casualmente”, suele erigir las estatuas. Quién sabe, por ahí mañana se inaugure la efigie de los incendiarios actuales para que acompañe a los polvorientos monumentos de los incendiarios de antes.
Por todo ello, aquí mi propuesta: ¿Qué pasaría si reemplazamos las estatuas no por otras estatuas, sino por árboles? ¿Que cada parque o plaza le haga homenaje a una especie de árbol y no a un tirano de turno? ¿Qué sería si los espacios públicos no conmemoraran a “conquistadores”, ni a “reyes”, ni a “héroes” de guerra y se engalanaran con nombres de árboles, pájaros, astros, flores?
Sé que debo sonar a una ingenua hippie soñadora. Pero si en cada esquina evitamos toparnos con una referencia militar y la sustituimos por una referencia hacia la belleza de la naturaleza, tal vez, posiblemente, dejemos de destruir, algún día, el verdadero bien común.
La autora es socióloga
Columnas de ROCÍO ESTREMADOIRO RIOJA

















