Estatuas, falos y cuadrados
Con muy pocas excepciones, las estatuas en espacios públicos representan simbolismos militares de dominación, de violencia y de poder. Consagran a los “ganadores” de las guerras, a genocidas “conquistadores” de territorios arrasados, a prosaicos esclavistas, a tiranos que medraron de sus cinco minutos de poder. La ecuación es simple: Si tienes poder = el poder se te sube a la cabeza = te levantas una estatua y mejor todavía si le haces una a tu mamá, abuelito, tío, consorte y amante.
¿Algunos (tórridos) ejemplos al respecto?
Cristóbal Colón transitó de aventurero viajero a vulgar esclavista con el “descubrimiento” de “Las Indias”. Incluso practicaba la tortura y el desmembramiento punitivo a los infortunados que caían en sus garras. Es cierto que, como en todo lo humano, este personaje es complejo y también luces tendrá. No obstante, ¿para qué divinizar y fundar monumentos a mortales escandalosa y contradictoriamente imperfectos?
Los más entusiastas en construirse estatuas son los gobernantes con algún grado de autoritarismo. Los sultanismos de Centroamérica y El Caribe eran propensos a realizar tal culto a la personalidad de los dictadores, que abundaban las efigies a sus figuras, allende de denominar a todo lo público con el nombre del mentado “benefactor”. El caso de Trujillo en República Dominicana rebasó los límites del patetismo porque hasta Santo Domingo pasó a llamarse “Ciudad Trujillo”. ¿Esta actitud no remite a caudillos locales de variadas épocas que babearon con “inmortalizar” sus “gallardas” siluetas en “mármol y en bronce” o con bautizar calles y avenidas? ¿O de hacerse museos?
Entonces, si casi siempre las estatuas públicas son un escueto símbolo de quién controla el poder o de quién alzó su espada sobre las cenizas de guerras y conquistas mezquinas, ¿por qué ciudadanos/as de a pie nos desgañitamos en defenderlas?
Por otra parte, los/as que se llenan la boca con el “cambio” desde las esferas del Gobierno, resultaron igual o peor de cultores de los imaginarios coloniales, militaristas y patriarcales adictos a estatuas y afines manifestaciones de poder. Así, se genera el patético fenómeno de que los abanderados/as de la “descolonización”, se “descolonizan” edificando falos más grandes, levantando museos con las pilchas personales de caudillos de turno, marchando al unísono de sus propios monótonos himnos militares, desgarrándose por los vacíos trapos de “nuevas” banderas. ¿Creen que “descolonizarse” trata de que los símbolos militares y patriarcales cambien de dueño y, en “su turno”, imponer los suyos, “más altos”, más rimbombantes? ¿De construir más gigantes, millonarias y aparatosas infraestructuras que nos recuerden quiénes son los nuevos patriarcas? ¿Los renovados caudillos? ¿Quién la tiene “más grande”? ¿No podía ser más enormemente cuadrada la suntuaria nueva sede del Legislativo? ¿No podía ser más vertical y fálica la mal llamada “Casa Grande del Pueblo”?
Entretanto, el real bien común, ese en el que bulle la vida y del que también nuestra propia existencia depende, sigue destruyéndose y/o –en el mejor de los casos– se abandona a su suerte. Trágico es constatar que para muchos bolivianos/as tienen más valor pedazos de concreto o de metal que no alimentan ni dan agua, ni aire, mientras miles de hectáreas de bosques y selvas se incineran, mientras los ríos, lagos y lagunas agonizan entre basura, mientras continúan matando árboles y áreas verdes y generalmente por responsabilidad y dolo de las mismas manos despóticas que, “casualmente”, erigen las típicas estatuas, los millonarios mamotretos y otras fálicas exhibiciones del coyuntural uso y abuso del poder.
La autora es socióloga
Columnas de ROCÍO ESTREMADOIRO RIOJA

















