200 años divididos
En este bicentenario de la independencia estoy seguro que es poco lo que tenemos que celebrar. Más que festejar, creo, que debemos reflexionar sobre nuestra dramática realidad.
Nuestra historia no es muy feliz y podría ser resumida, como sostuve en una anterior columna, en cuatro palabras: odio, saqueo, corrupción y despilfarro.
Alentados por el odio y resentimiento, hemos vivido, casi siempre, étnica y regionalmente, enfrentados y divididos.
Como consecuencia de aquello y, sobre todo, como resultado de los últimos 20 años del régimen masista, el más nefasto de la historia, la conmemoración de los 200 años, nos encuentra aún más divididos.
El bicentenario nos encuentra también en la peor crisis, económica, política, social e institucional.
Para conocer mejor este triste presente y proyectar la construcción de un mejor futuro, es importante mirar el pasado y reflexionar.
Cuando analizamos Bolivia, ciertamente, no podemos dejar de tomar en cuenta a la colonia. Para los efectos de esta reflexión, sin embargo, nuestro punto de partida será la fundación.
En ese sentido, sobre la independencia y el nacimiento de Bolivia existe una marcada polémica. Hay versiones que sostienen, sobre todo las de la historia oficial, que se trató de una emancipación que propició, y tuvo como resultado, la liberación de la corona y la fundación de la República.
Sin la intención de reducir en absoluto, considero que el nacimiento de Bolivia no estuvo íntimamente ligado a la verdadera intención de fundar una república.
Asumiendo el riesgo de ser “excomulgado”, me atrevo a afirmar que fue más bien un pretexto.
En el fondo, lo que la élite criolla emancipada pretendía, fue, con la misma estructura de dominación colonial, apropiarse de toda la riqueza que se enviaba a España. Ahí está, nuestra primera gran mal formación.
A eso, debemos sumar otra, más terrible. Los “próceres criollos”, al fundar Bolivia excluyen a las grandes mayorías indígenas de su proyecto de república, al no reconocer sus derechos.
Tuvieron que transcurrir 127 años para que recién, en 1952, a través del voto universal, se les reconozca la ciudadanía. Esto, imprescindiblemente, debía suceder en la fundación.
Estos “próceres”, a quienes seguramente rendiremos grandes y pomposos homenajes, en ocasión de celebrar los 200 años de “independencia”, excluyeron al “indio” de su proyecto de país.
Vean bien, desde ahí Bolivia nace dividida. El resultado acumulado de todo esto es el antagonismo y la polarización que salen a flor de piel en momentos de crisis, cuando aparecen las dos Bolivias, expresadas en la confrontación de la tricolor con la wiphala que, dicho sea de paso, hoy está presente en casi todos los lugares, sobre todo en actos oficiales.
En estos 200 años, las élites, no tuvieron la capacidad ni la voluntad política de disipar este gran clivaje, que nos detiene y no nos permite avanzar.
Esta fractura no resuelta, entre “indio y blanco” amenaza permanentemente la viabilidad de país. Si no resolvemos este gran problema, con un proyecto nacional integrador, que nos permita un mínimo de cohesión, nuestro futuro es incierto.
Las élites políticas, en estos dos siglos, en mi clasificación arbitraria, de cuatro ciclos estatales, jamás se ocuparon de subsanar y poner fin a esta división.
En el primero, denominado Oligárquico Minero-Feudal, que tiene inicio en la fundación y que se prolonga hasta 1952, las élites políticas, al implementar un Estado excluyente, segregador y extremadamente racista, replican la estructura de dominación colonial. Reproducen, también, el “darwinismo social” que proclamaba la “superioridad del blanco y la inferioridad del indio”.
La nueva élite, que toma el poder con la revolución del 52, y que da inicio al segundo ciclo estatal, si bien realiza grandes transformaciones, al implementar el voto universal, otorgando la ciudadanía a todos y sin ninguna exclusión, no logra resolver, en el fondo, esta gran fractura.
Más allá de “liberarlos” e integrarlos a su proyecto de modernización, solo los utilizaron, política y electoralmente. El Movimiento Nacionalista Revolucionario, ganó varias elecciones con el famoso “voto campesino”. Obvio, serán siempre mayoría en el padrón electoral.
Luego, la nueva élite neoliberal, en el tercer ciclo que se inicia en 1985 con el Decreto 21060, si bien reconoce el carácter multicultural y multilingüe de Bolivia, en sus políticas no incluye al sujeto indígena. El fin de la exclusión social, la discriminación y el racismo, no estuvo en su horizonte.
El autor es profesor de la carrera de Ciencia Política de la UMSS
Columnas de ROLANDO TELLERÍA A.

















