Bolivia, Paz y el vuelo del Fénix

Columna
BITÁCORA DEL BÚHO
Publicado el 13/11/2025

Desde tiempos antiguos, el mito del Fénix ha simbolizado la capacidad de renacer después de la destrucción. Esta ave de fuego, que arde hasta convertirse en cenizas para luego resurgir más fuerte y luminosa, encarna la esperanza eterna de los pueblos que no se rinden. Su historia no pertenece solo a la fantasía, sino al alma de las naciones que, una y otra vez, se reconstruyen desde la adversidad.

Bolivia, con su historia tejida de luchas, rupturas, dolor y renacimientos, puede verse reflejada en ese mismo espejo mítico. Cada crisis política, cada desafío social, cada fractura que parece consumirla, ha terminado también por despertar su capacidad de reinventarse. En las brasas de la dificultad, el pueblo boliviano ha sabido encontrar la chispa de la renovación: la voluntad de seguir construyendo futuro desde la memoria, la diversidad y la esperanza.

Así, como el Fénix que se alza majestuoso sobre sus propias cenizas, Bolivia continúa elevándose, recordándonos que el fuego no siempre destruye: a veces, purifica y da inicio a un nuevo amanecer.

Bolivia despierta de un largo ciclo político marcado por el dominio del MAS. Dos décadas de poder concentrado bajo un discurso de redención popular han dejado huellas profundas en la estructura del Estado y en la conciencia nacional. Lo que comenzó como una promesa de inclusión y justicia social terminó, con el tiempo, convertido en una maquinaria de control, corrupción y desgaste moral y una constante afrenta a la dignidad de la patria.

Rodrigo Paz asume el mando en medio de ese paisaje de ruinas. Su llegada no representa solo un cambio de gobierno, sino el inicio de una etapa de reconstrucción nacional. Sin embargo, la herencia del masismo es tan pesada que su liderazgo se pondrá a prueba en cada decisión. El nuevo presidente deberá enfrentar no solo los escombros materiales del modelo agotado, sino también los residuos mentales y éticos que veinte años de populismo dejaron incrustados en la vida pública.

El modelo económico del masismo se basó en la bonanza de los hidrocarburos y el control estatal de la riqueza. Durante los años de precios altos, el gobierno disfrutó de abundancia y gasto público, exuberante e insultante. Pero en lugar de aprovechar ese tiempo para diversificar la economía, consolidó una dependencia del Estado, un país de consumidores y no de productores.

Rodrigo Paz enfrenta hoy una economía agotada, con déficit fiscal crónico, reservas internacionales reducidas y un aparato estatal sobredimensionado.

Su primer reto debe ser devolver sostenibilidad y confianza: reducir el gasto improductivo, incentivar la inversión privada y modernizar la producción sin desproteger a los sectores más vulnerables.

No se trata de aplicar un dogma liberal ni de destruir los avances sociales, sino de reconstruir una economía libre que también sea justa, donde el trabajo vuelva a tener más valor que la dádiva y el mérito pese más que la afiliación política, el dedazo y el caudillo.

El masismo logró lo que parecía imposible: domesticar a las instituciones.

La justicia se convirtió en instrumento político, el Parlamento en eco del poder, y la prensa en territorio de sospecha o sumisión constantes. Durante veinte años, la independencia de los poderes fue sacrificada en nombre de la “estabilidad revolucionaria”.

Rodrigo Paz hereda un Estado colonizado por el partido y debe iniciar la tarea más delicada: devolverle su autonomía sin caer en la revancha.

Su gobierno deberá reconstruir el principio republicano de pesos y contrapesos, restablecer la meritocracia y despolitizar el aparato público.

Nada será más revolucionario que devolverle al país un Poder Judicial creíble, un Congreso deliberante y una administración pública que sirva a la ley, no al mandamás.

El masismo no solo dividió a las instituciones, sino también a las personas.

Su narrativa se construyó sobre la oposición constante: el pueblo contra la élite, el occidente contra el oriente, los leales contra los traidores. Ese discurso, sostenido durante dos décadas, fracturó la identidad nacional.

Rodrigo Paz debe enfrentar el desafío de recomponer el tejido social, de unir a los bolivianos en torno a un proyecto común.

Su discurso deberá reemplazar la retórica del odio por la del encuentro, el resentimiento por la cooperación, la manipulación simbólica por la verdad histórica.

La reconciliación no se instaura por decreto, se construye con respeto y justicia: investigando los abusos, pero sin convertir el poder en venganza.

Quizá el daño más profundo que el masismo dejó no se encuentra únicamente en la economía ni en las leyes, sino en la moral pública, en la ética y la concertación hacia un mismo propósito.

Durante veinte años, se normalizó la corrupción, se justificó la mentira, se celebró la obediencia como virtud. El “proceso de cambio” terminó vaciado de ética, reducido a una retórica hueca que escondía el poder por el poder.

Rodrigo Paz enfrenta el reto más difícil: restaurar la confianza en la política como servicio.

Debe demostrar que se puede gobernar sin robar, debatir sin insultar, discrepar sin destruir.

Solo cuando el ciudadano crea de nuevo en la honestidad de sus líderes y de sus semejantes, Bolivia podrá mirar al futuro con dignidad y orgullo.

Como sostenía el poeta Octavio Paz: “La política no es una religión, en consecuencia, no puede salvar a los hombres. Tampoco es una filosofía, en consecuencia, no puede darle sabiduría a los hombres. La política revolucionaria, no puede hacer de los lobos corderos, no los ha hecho. Al contrario, ha convertido a los lobos en más lobos. La política no puede ofrecer una solución a los problemas más fundamentales de la condición humana”.

El masismo no fue solo un partido: fue una religión civil.

Sus símbolos, consignas y rituales moldearon la identidad nacional durante dos décadas.

Incluso derrotado en las urnas, su mito persiste: el del líder que “dio voz al pueblo”, el del Estado paternal que lo protege todo.

Rodrigo Paz deberá desmontar esa mitología sin negar sus luces, diferenciando la justicia social de la manipulación política, el orgullo nacional del sectarismo.

Su tarea simbólica será construir un nuevo relato que recupere el sentido de comunidad sin caer en la idolatría del poder.

Rodrigo Paz enfrenta una tarea titánica.

Veinte años de masismo dejaron al país exhausto: dividido, endeudado y desconfiado. Pero también más consciente de sus heridas y de la necesidad de cambio real.

Sus retos no se limitan a lo técnico; son espirituales, éticos y culturales.

Reconstruir no es solo levantar estructuras, sino recuperar la fe en lo posible.

Si Paz logra gobernar con decencia y verdad, si convierte la transparencia en práctica y no en discurso, entonces Bolivia podrá cerrar un ciclo oscuro y nefasto y abrir otro más luminoso. Como un renacimiento político, social, económico y cultural.

Porque después de veinte años de sometimiento, el mayor reto no es gobernar un país libre, sino enseñarle a vivir de nuevo en libertad y que eso se convierta en una constate institucionalizada y consolidada.

Bolivia enfrenta una etapa de reconstrucción compleja, donde los desafíos políticos, económicos, sociales y éticos están profundamente entrelazados. La figura de Rodrigo Paz representa la posibilidad de un resurgimiento similar al del ave Fénix, donde las cenizas de veinte años de masismo funesto se transforman en oportunidades para reconstruir la confianza, la cohesión social y la ética política. El renacimiento del país no dependerá únicamente de políticas públicas, sino de la capacidad de sus ciudadanos para aprender del pasado, reconciliar diferencias y construir un futuro sostenible y justo.

El mito del Fénix nos recuerda que toda destrucción encierra la promesa de un renacimiento. Bolivia, con su historia viva y su pueblo resiliente, es prueba de ello.

Su vuelo no termina, porque el fuego que alguna vez la consumió también es el que hoy la ilumina.

En cada amanecer, el país reafirma su destino: arder, renacer y seguir volando.

El autor es comunicador social

 

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