Un tordo en mi ventana
Pues mira, te cuento que una tarde estival, con el calor de media tarde, cuando hasta los pájaros se duermen, yo estaba a punto de sentarme a almorzar.
Eran las tres de la tarde. Mi ventana se había quedado entreabierta y, al ir a cerrarla, vi un tordo casi desvanecido. El pobre no pudo salir por donde entró.
Cerré la ventana, cogí al tordo moribundo, lo mojé con agua fresca y le abrí el pico. Soplé y soplé hasta sentir que su pequeño corazón volvía a latir.
El tordo, entre asustado y desesperado por volar, me pegó un picotazo. Me dolió, pero sabía que si lo dejaba irse moriría y yo me sentiría un indolente.
Volví a refrescarlo con agua, ahora más fría. El tordo, ahora bautizado como Aurora, sintió que el agua le hacía bien. Abrí un poco más mi mano y ella, empujando con sus patas amarillas, arañó mi dedo pulgar y, viéndose libre, se sacudió en el plato que hacía de bañera. Se refrescó todo lo que pudo.
Me miró con cara de pregunta y yo le dije “Aurora, ahora canta”. Silbé, tratando de imitar su trino. Como respuesta, tuve un concierto de sonidos hermosos que salían por ese pico amarillo. Cada sonido era un nuevo trino mezclando ruidos y gorgoteos. “Aurora”, le dije riendo, “me has dado una lección musical, en premio y aplauso, te invito a comer conmigo”.
Puse mi comida en la mesa, y al mirlo un poco de migas de pan y agua en platito.
Ése fue mi comensal más hablador no paraba de mirarme y trinar. “¡Aurora, come por favor!”, dije. Aurora dio sendos picotazos al pan y bebió agua. Le dije “ahora yo dormiré la siesta y si tú quieres lo haces también”. Me senté en el sillón. Entrecerré los ojos y Aurora se posó en mi pierna, se acomodó y nos quedamos dormidos.
Una hora después desperté y Aurora se desperezó, trinó largo y fuerte. Volví a darle pan y agua. Abrí la ventana e invité, a mi bella visita, a irse si quisiera y era su deseo. A saltos, llegó a la ventana abierta me miró y emprendió vuelo.
“Adiós, Aurora”, le dije moviendo la mano en adiós. Salí a mi cita con el dentista y volví a casa después de cenar y tomar unas copas con los amigos.
Mencioné el tema del mirlo y nadie le dio importancia. Volví a casa y vi que mi ventana ¡estaba otra vez abierta! Me acusé de tonto y subí para cerrarla.
En el sillón estaba Aurora, con un gusanillo que lo tenía en el pico. “¡Aurora, has vuelto!”, dije, Aurora puso el gusanillo en la mesa y empezó otro trino. Esta vez totalmente distinto, cada trino era como una nota de lamento. Cuando terminó, me sentí triste. Acaricié a Aurora. Ella cogió el gusanillo ¡y me lo puso en la boca! Fingí comérmelo. Aurora no dejaba de mirarme, moviendo la cabeza de un lado a otro. Sentí que estaba controlando si me comí el gusanillo. Dije que el gusanillo no estaba muy bueno y se lo puse en el pico. Aurora voló sobre la nevera, la seguí y vi como depositaba el bicho el la hambrienta boca de una cría. “¡Aurora!”, grité, la felicite y quedé mirando al polluelo devorar mi gusanillo. Reí con lágrimas de alegría y vi como mi familia había crecido en un santiamén, de un olvidadizo egoísta, ¡a ser padre de un tordo y amante de su madre!



























