La paz ¿descansa en paz? (Crónica de viaje)
“Era lo último que iba quedando de un pasado cuyo aniquilamiento no se consumaba, porque seguía aniquilándose indefinidamente, consumiéndose dentro de sí mismo, acabándose a cada minuto, pero sin acabar de acabarse jamás”. (Cien años de soledad.)
Al entrar a Colombia, como anota Gabriel García Márquez, citando a un novelista colombiano en una carta polémica firmada por intelectuales colombianos y enviada en 2001 al por entonces presidente del Gobierno español, José María Aznar, a propósito del despropósito de su Gobierno de pedirles visa de ingreso a la madre España, no tengo la impresión de llegar, sino la de volver. Esto se traduce en la interpretación de su esencia profunda como un país que, pese a las adversidades, sabe conservar su talante y su visión progresista, aun en tiempos agrestes en los que el azar sacude sentimientos pero que, por una extraña razón, también logra transformarlos en festejo, estimulados por un acordeón sublime que siempre evoca memorias y destinos, despedidas y llegadas. Así, como ese vallenato honroso que no vacila en narrar amores y desamores, o joropos, cumbias y bambucos llenos de dicha.
Mientras camino por las calles y avenidas de Medellín, desde donde escribo esta columna, corroboro esa impresión de volver. Y es que este país de más de 48 millones de habitantes, invita a compartir cultura, gastronomía, amabilidad, biodiversidad, ritmos, sensualidad y solidaridad, poniendo en medio, casi siempre, un tintico cargado de pasiones y alegatos diarios sobre la vida que ya es mucho decir.
Colombia es un país en el que confluyen paradojas y afinidades, es un completo relato de novela barroca, ese del que hablaba Álvaro Mutis, apostando a lo increíble, a lo contradictorio, pero también a lo real y semejante.
Su gente es echada pa’lante, berraca (luchadora) que no duda por un instante ser feliz, pese a las desventuras, los despropósitos y a los corazones que tantas veces reposaron en las manos, como en este presente en el que está en juego la paz planteada por su presidente, Juan Manuel Santos, sobre un conflicto que lleva más de medio siglo y las negociaciones en territorio cubano para que la narcoguerrilla de las FARC logre desarmarse, literalmente y así poner punto final a un conflicto que es lo último que queda de un pasado cuyo aniquilamiento no se consuma todavía. Tras un proceso de negociaciones marcado por diferencias y desacuerdos, por fin Santos no dijo nada, más bien sí, dijo algo, lo que se esperaba, que la tal firma de paz no se daría en fecha acordada.
Explicaciones y retórica, para justificar el mal inicio de la mesa de diálogo. Muchas concesiones y una hoja de ruta poco clara y sin explicaciones obligatorias a los colombianos de todo cuanto pasa y repasa en La Habana. La paz sí, vociferan los ciudadanos de esta Colombia abigarrada, pero no a cualquier precio, sobrepasando la dignidad de las víctimas y los familiares de éstas y los miles y miles de muertos que la narcoguerrilla carga sobre sus mochilas de guerra. Hay, o tiene que haber, una obligación moral de hacer justicia y de hacer cumplir los delitos que cometieron. El apretón de manos entre Santos y Timochenko, teniendo de por medio a Raúl Castro, parecía vislumbrar un camino con luz tenue, pero el tiempo pasó y las FARC seguían matando a vista y paciencia de un Presidente que callaba. ¿La paz? Se preguntan en estos lares y la respuesta es, ¡sí!, pero la de uno, mijo.
Lo cierto es que tarde o temprano se firmará, lo polémico está en cómo y bajo qué condiciones se lo hará. Muchas concesiones y pocas condiciones, las FARC saben que este es un momento propicio para acordar su desmovilización, pero también es justo que paguen por sus atrocidades, su inserción al terreno político es relativo, ya sucedió con el M19 y el tiempo se encargó de hacer justicia.
El desarme de las FARC debe ser la primera medida que predisponga a la confianza y credulidad de la paz. Lo otro sería dilatar el asunto e ingresar en un proceso de deterioro en la seguridad interna y democrática.
Fijar fechas exactas para firmar acuerdos siempre fue un craso error en materia de conflictos armados. Más aún cuando se trata del bienestar de una nación que lo único que espera de su Gobierno son garantías para vivir con tranquilidad.
El Gobierno colombiano ha exigido “una fecha fija, precisa y clara para que termine el proceso de desarme”. Las FARC, como siempre, mantendrán una discreción de doble filo, más ahora que también se anunció el inicio de negociaciones con el ELN.
Sentado en la Plaza Botero de Medellín, contemplo a su gente que lleva afán por cumplir obligaciones, al frente, admiro las esculturas robustas de Fernando Botero trabajadas en bronce: El Gato, La Cabeza, La Mano y, por fin, llega mi paz, mi tintico humeante y sin azúcar como se debe servir el mejor café del mundo.
El autor es comunicador social.
Columnas de RUDDY ORELLANA V.

















